19

A la luz de la palmatoria, la cara de la madre del Xavi era una máscara de cera. Sólo los ojos, oscuros y hundidos, parecían tener vida en ella.

—¿Aquí es donde vives, hijo? —exclamó.

El Xavi tiró un montón de chismes que había sobre el asiento de una silla y la puso junto a la chimenea, donde humeaban unos tizones.

—Siéntate.

Un sonajero de plástico rodó hasta los pies de la madre del Xavi, que se quedó mirándolo con una expresión mezcla de sorpresa y de espanto. Era esférico, pintado de rojo, y tenía un mango largo color hueso.

—¿Hay niños?

El Xavi se encogió de hombros.

—Es de la Nena.

Con el chisme aquel en la mano, la madre del Xavi miraba la vieja mesa arrimada a la pared. Estaba llena de libros y de los objetos más extraños, entre los que se vela una caja de chinchetas, la cánula de un irrigador, un despertador viejo medio desmontado y una caja de compresas. Enroscada en una de las patas había una piel seca de naranja, como si fuera una serpiente surrealista. En el lugar de la cabeza, alguien había enganchado allí con alfileres la sonrisa bigotuda de Groucho Marx.

Por entre uno de los huecos que dejaban entre sí los troncos apilados junto a la chimenea, dos ojillos redondos miraban con curiosidad a la madre del Xavi, que exclamó:

—No me digas también que tienes tatas, Xavier. ¡Eso sí que no lo soporto!

—No es ninguna rata. Es Feo. Un pato. Es el cabeza de familia. Las ratas están detrás de ti. En la alacena. Tiene unos agujeros que dan a las cuadras.

Sonrió a su madre, y la ayudó a sentarse. Luego tiró un puñado de hojas secas sobre las brasas y un par de troncos. Inmediatamente la casa se llenó de humo.

La madre del Xavi tosió.

—¿No os ahogáis aquí, hijo mío?

—Aquí, no. Nos ahogamos fuera. Precisamente donde vosotros respiráis más a gusto.

Ella se había sentado y tenía el sonajero sobre la falda. Veía las conejeras amontonadas en un rincón, las latas vacías de fabada y de tomate, los mil chismes desparramados por el suelo, los pósters de la pared, un pequeño cocodrilo disecado que colgaba del techo, con un letrero en la boca que rezaba «yo soy el camino y la paz», y se preguntaba cómo era posible que su hijo fuera feliz allí. Que se sintiera a gusto, con lo comodón que había sido siempre. Le parecía estar viéndolo, con sus pantaloncitos largos del primer traje de hombre. Tan aseado, tan pulcro, con aquella expresión de niño juicioso en la cara. Y más tarde, cuando estudiaba en la Facultad, sentado a su mesa de trabajo. Ella había empapelado el antedespacho de su marido, se había gastado una fortuna en las estanterías, pero estaba satisfecha porque el hijo respondía a sus sacrificios. Y ahora estaba allí, en aquella especie de pocilga, entre cueva de ladrones y antro de perversión. ¿Qué había sucedido? Cursar una carrera de Medicina, hacer una especialidad y arrojarlo todo por la borda sin más, era algo que no tenía sentido. Como en tantas ocasiones, se preguntó una vez más si no sería ella la responsable del cambio.

Sonrió al oír las palabras del hijo:

—Lo que no tengo es descafeinado, mamá. Dicen que no deja dormir.

—Mira, qué novedad. Yo creía que era al revés.

—Pues, no. El remordimiento, por no haber tomado café de verdad, le quita el sueño al más pintado.

Se había servido el café en un tazón desconchado y lo tomaba acuclillado en el suelo. Entre soplido y soplido sonreía a la madre.

Ella agitó el sonajero.

—¿Y esto?

—Te he dicho que es de Nena. ¿Quieres conocerla?

La madre del Xavi se derrumbó. Sostenía en una mano el bolso y en la otra el sonajero, y su barbilla temblaba.

—Hijo, por favor. Deja ya de jugar conmigo. ¿Has olvidado que eres lo único que tengo en el mundo?

—Todo el mundo es tuyo.

El Xavi tomó el cabo de vela y entró seguido de su madre en la habitación donde dormía con la Nena. Las sombras bailoteaban silenciosas en las paredes, se levantaban y caían como monstruos heridos. De las vigas, llenas de telarañas, colgaban unos cuantos melones sujetos con guitas de cáñamo. Olía a fruta podrida, a humanidad, a orín fuerte de persona mayor. Dos camas de cuerpo y medio, separadas por una mesa de noche que era una reliquia, ocupaban casi todo el espacio de la habitación. Una, la primera según se entraba, tenía las ropas revueltas. En la que había junto a la pared, al fondo, se veía el bulto de una persona, de la que apenas se distinguía la coronilla.

La madre del Xavi murmuró al oído de su hijo:

—¿Y la nena? ¿Dónde la tenéis?

El Xavi le guiñó.

—Ahí. Está dormida. No conviene que se nos despierte, por si la arma.

En aquel momento Nena se volvió. La madre del Xavi pensó que iba a darle algo al ver aquella cabeza diminuta y medio pelada, al ver los brillantes ojos redondos, ¿n pestañas, que le miraban fijamente. Gamo si hubiera intuido la presencia de una rival Nena lanzó un aullido y se sentó en la cama. Llevaba un viejo jersey gris de algodón abrochado hasta el cuello y con las mangas a medio brazo. La cara fofa, achocolatada del sol, tenía las mejillas hundidas y los carrillos flojos y temblorosos. De sus labios pálidos y deformes, salía un hilillo de voz semejante a un quejido.

El Xavi avanzó hacia ella con la vela en la mano.

—No es nada, Blancanieves. No pasa absolutamente nada. Te presento a mi madre. Es esa señora del abrigo negro con ese cuello de piel que tú te comerías ahora mismo para desayunar.

Volvió la cara hacia la puerta y dijo:

—Mamá, ésta es Nena. Como ves está enfermita. Necesita a alguien que le recuerde que es un ser humano, y su Xavi se ha prestado a la broma.

Se sentó en la cama.

—¿Te has hecho pipí? Claro que sí. Si ella es la mar de lista. Mi Nena. Sabe hacer pipí, caca. De todo.

La enferma le sonreía y agitaba los brazos en un movimiento torpe, descontrolado. Le colgaban las manos, como si las tuviera rotas por las muñecas.

—Y si durmieras un rato más? El Xavi tiene que marcharse. Tiene que cumplir con un deber de ciudadanía. ¿Tú sabes lo que es eso? Yo tampoco. Pero da igual.

De pronto Nena se tumbó y dejó caer una mano sobre el vientre del Xavi.

—¡Ah, pillina! —exclamó éste. Y se desabrochó la camisa.

Los dedos torpes de la enferma rascaban nerviosamente el abultado vientre de él.

—Conque quieres dormir. Bueno, pues. Adelante. A ver qué te canto hoy. Ya sé.

El Xavi levantó la cabeza hacia d envigado y empezó a cantar con voz suave y entonada:

Baixant de la Font del Gat,

una nota, una nota.

Baixant de la Font del Gat,

una noia i un soldat.

La madre del Xavi miraba al hijo como si lo estuviera viendo por primera vez. AI fondo del cuartucho, iluminado por la luz de la vela, parecía como transfigurado mientras cantaba dulcemente y acariciaba la repulsiva cabeza de la enferma. Por un momento pensó que estaba en presencia de un santo, una especie de anacoreta de los que se retiraban al desierto. O un iluminado de los que consagran su vida a consolar al que sufre. Sintió un nudo en la garganta y los ojos se le llenaron de lágrimas. Empezó a comprender. Su hijo era un ejemplo sencillo del consuelo que el amor puede proporcionar a la Humanidad cuando se entrega humildemente, sin apelar a doctrinas solemnes. Sin necesidad de sermones, ni de parábolas, el Xavi demostraba que lo que hacia el estaba al alcance de cualquiera, porque d amor era consustancial a la naturaleza humana. Decía, además, que lo realmente difícil, lo incomprensible, por absurdo y antihumano, era instalarse en d cómodo sillón de una clínica lujosa, rodeado de enfermeras monas, y mercadear con d dolor del que sufre.

Cuando la Nena dejó de gemir, el Xavi la arropó y se levantó de la cama. Llevaba la vela encendida en la mano, y el resplandor de la llama parecía que su barba, la crespa cabellera, toda su cabeza, ardiera en una extraña llamarada de apasionamiento.

Al llegar junto a su madre, comentó:

—Ya ves. Le gusta rascarme la barriga. Manías.

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