14

Contra lo que temía Carlos, su madre no había sufrido una de sus crisis nerviosas. La encontró muy serena despidiendo al doctor Barca y a su hijo, que había ido a ponerse a su disposición. Estaba con ellos Emerenciano Adell, que siguió a Carlos hasta el pasillo.

—¿Has entregado esa carta? —le preguntó.

—Sí.

—¿Y qué?

—Me ha dicho ese señor que había llamado a alguien por teléfono. Dice que si Juan no ha hecho nada malo lo soltarán en seguida.

—Pues yaya gracia. Aquí estamos todos con el alma en un hilo.

Emerenciano trató de quitar dramatismo al asunto bromeando con Marta y Pilar. Las dos tenían los ojos enrojecidos. Fueron después a ver a Tito.

Emerenciano sacó del bolsillo un estuche de cartón verdoso.

—Te he traído pastillas de goma —dijo—. Son de menta. Tomas una y la chupas hasta que se disuelva. No vayas a tragártela. Te refrescarán.

Rozó con la palma de la mano la frente del enfermo.

Cuando salieron de la alcoba, expresó su preocupación:

—No baja la fiebre.

Marta dijo preocupada:

—A mí me da miedo cuando lo veo así.

—Lo peor sería que se le complicara en difteria. Tú estate con él. Procura que no se destape.

Desde el comedor, Carlos escuchaba las palabras de su madre, que despedía al doctor Barca y al hijo en la puerta del piso. «Tiene usted mucha razón, doctor —decía—. Los hijos cuestan de criar. Dan disgustos. Muchas preocupaciones. Pero en cambio unen al matrimonio. Lo sueldan. Para mí son algo así como el motor de la vida.» Carlos, que ordenaba en el álbum de «Nestlé» unos cromos de «Las maravillas del mundo» para pegarlos más tarde, repitió en voz baja: «... el motor de la vida». La frase de su madre se le quedaría grabada para siempre. Pensó que también en su vida el único motor que contaba eran ellos. Juan, Tito, Marta, los padres. Todos ellos. Si llegará el caso, pensó, mataría a cualquiera que tratara de hacerles daño. Recordó la cara de uno de los policías que les habían visitado después de comer. Era bizco, de piel cetrina, y ceceaba un poco. Carlos juró que si a su hermano Juan llegaba a pasarle algo, buscaría al policía bizco y le daría su merecido. Sin poderlo evitar, sintió los ojos llenos de lágrimas. De repente, como si se hubiera enfadado consigo mismo, dio un puñetazo sobre la mesa y se fue corriendo a su cuarto.

Emerenciano miró a Pilar desconcertado.

—¿Qué le pasa a ese chico? —preguntó a la muchacha.

—Quiere mucho al señorito Juan.

Pilar bajó los ojos y se retiró a la cocina.

Sobraba casa, sobraba casa o faltaba la presencia de alguien. Emerenciano Adell, de pie en el comedor, donde lo habían dejado solo, se preguntaba qué poder misterioso unía a las lamillas. En no pocas ocasiones, viendo los problemas de su prima Beatriz, había comentado con su mujer lo tranquilos que estaban ellos sin hijos. Pero en aquel momento en que el hogar de los Acosta se sentía amenazado, comprendió lo solos que estaban los dos.

Marta, por su parte, no dejaba de pensar en lo que le había pasado aquella tarde. Preocupado por no haberla visto durante dos días, Diester, el sargento, había decidido pasearle la calle. Marta bajó al portal muy nerviosa y le dijo atropelladamente que se fuera. «Compréndalo. Mis padres no le conocen a usted. Ni yo.» Él repuso que era un hombre honrado que se ganaba bien la vida. «Si solamente se trata de eso, hablaré con su padre, señorita.» Cuando quiso saber la causa de su larga ausencia, Marta explicó que su hermano estaba en cama. «Son unas simples anginas, pero tenemos miedo a las complicaciones.» Luego añadió que lo que realmente les preocupaba era la desaparición de Juan. «Ni siquiera sabemos dónde está. Los dos policías que han venido no han querido decírnoslo.» Diéster repuso que él lo encontraría y salió precipitadamente del portal.

Ahora estaba allí, sentada al pie de la cama de Tito, pensando en la reacción de su madre cuando se enterara que había salido de casa para hablar con un extraño al que, además, había confiado ciertas intimidades de casa. Pero ella no había podido evitar que Diéster decidiera buscar a Juan. Tampoco estaba en ella el impedírselo. Y era precisamente su actitud desinteresada lo que empezaba a atraerle de él. Porque Diéster había dejado de ser «el sargento» para Marta. Ahora era, además, un muchacho noble, que se había interesado por la suerte de Juan sin que tan siquiera ella se lo insinuara.

Marta humedeció el paño de hilo y lo puso cuidadosamente sobre la frente de su hermano. Le pareció que sus ojos enfebrecidos le sonreían.

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