II
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Alejandro Acosta recordaba los lejanos días en que, siendo aún para todos el pequeño Tito, había descubierto el secreto escondido en las hojas del calendario. Retenía en su memoria la fecha exacta del hallazgo: el 30 de noviembre de 1930. Ahora, más de medio siglo después, habían desaparecido todos menos su hermano Carlos, a quien apenas veía por distintas razones.
Alejandro había llegado a Barcelona mediada la década de los sesenta, cuando España presentaba su autarquía como ideal político y la defendía como fórmula para una sociedad estable. Llevó con él a su mujer, Elena, y los tres hijos habidos en el matrimonio, dos niñas y un varón, el mayor. Catorce años más tarde, el mayor, Alejandro, se había licenciado en Medicina; Marta, la pequeña, terminaba el COU, y la de en medio, Beatriz, se había casado con un acomodado industrial bastante mayor que ella.
Ahora era un escritor bastante conocido, ideológicamente vinculado con la izquierda, un tanto pesimista con la suerte del país y completamente escéptico en materia religiosa. Cultivado y sensible, procuraba creer en la bondad del género humano y sostenía donde se le presentaba que únicamente la reflexión profunda y el ejercicio del amor podrían sacar al mundo de su locura.