8

Cuando volvió a Barcelona las calles estaban llenas de propaganda electoral. El Xavi paseó por las Ramblas de punta a cabo. Las encontró cambiadas. Atestadas de gente. Renovadas, alegres. La ilusión de la libertad se dejaba ver en la indumentaria informal del transeúnte, en el desenfado de sus gestos, en la desenvoltura de la relación, más directa que cuando él abandonó la ciudad. Los quioscos de Prensa abundaban en periódicos de izquierdas y las vistosas cubiertas de los libros reproducían rostros y símbolos revolucionarios. Se veían muchas biografías de personajes históricos hasta entonces silenciados. Mitos calumniados por el Régimen anterior, que miraban al curioso como diciendo: «Os han mentido. La verdad siempre acaba triunfando, y aquí estoy yo para demostrarlo.» La explosión de alegría que suele acompañar a la libertad alcanzaba a las plantas y a las flores, más vistosas que antes, mejor cuidadas. Únicamente los pájaros en sus jaulas, atónitos como siempre, no participaban en el optimismo general, como presos sin amnistía que eran.

En los puestos instalados a ambos lados del paseo, los partidos políticos prohibidos hasta entonces vendían libros, folletos, fotografías de sus líderes, pósters alegóricos, insignias en forma de broches de solapa o de llaveros. Las luces y el colorido de las banderas contribuían a alegrar el ambiente. Más abajo, al inicio de la Rambla de Santa Mónica, jóvenes vendedores ambulantes exponían al público su mercancía. En su afán por simplificar las cosas habían puesto un paño en el suelo —en algunas ocasiones ni siquiera eso—, sobre el que se veían los objetos más raros, artesanía por lo general. De pie, o sentados indolentemente en el suelo, ante la mercancía, se veían jóvenes barbados y greñudos muy en su papel. Es decir, distantes, con cierta gravedad en la mirada y el gesto comedido. Mezclados con ellos, quizá más inasequibles, las muchachas que les acompañaban daban la imagen de la nueva mujer liberada de prejuicios burgueses. Vestían casi todas holgados ropones de ropavejero. Faldamentas descoloridas y ceñidas camisolas, que resaltaban los pezones de los senos, alternaban con el vaquero deformado y sucio, el pantalón de pana acanalada de ancha culera, o la vieja americana del abuelo, la que se guarda en el arca para el carnaval. Abundaban los pelos afro, como una aureola de inocente perversidad sacralizada por la rebeldía interior, y las melenas cuidadosamente descuidadas. Rostros enfermizos, sin pintar, y miradas impávidas, recordaban al paseante la existencia de un proletariado femenino todavía sometido. Era una reivindicación silenciosa y elocuente. Algo que, si bien participaba en ocasiones de la pantomima y la afectación, adquiría un vigoroso contenido social cuando se comparaba con la burguesa vestida por Rabanne o con el maquillaje de la vieja ceñida en su lomé que cruzaba precipitadamente las Ramblas en dirección al Liceo, como si escapara avergonzada de su propio fantasma. Callada, directamente, la contrafigura comunicaba a la otra clase social, la de los privilegiados, la imagen verdadera que daba en un mundo de esclavos sin redimir. Recordaba a las mamás jóvenes que acompañaban a sus hijos en costosos cochecitos, empujados por la criada, a los veinticinco mil niños que se morían de hambre en el mundo todos los días. Más que reproche, la actitud suponía aleccionamiento. Y advertencia.

El Xavi se hacía estas reflexiones mientras paseaba arriba y abajo con las manos a la espalda. Llevaba un tejano desgastado, una camisola azul descolorida de algodón, de manga corta y cuello redondo, que olía a sobaquina. Calzaba grandes sandalias de cuero negro reblandecido por el sudor. Había engordado últimamente, por lo que sacaba una ridícula panza, de estómago, a la que saludaba alegremente cada vez que la veía reflejada en la luna de los escaparates. Por otra parte, el sol del mar había encendido la piel de su rostro, su calva josefina y la carnosa nariz, que parecía olfatear despreciativamente el final de aquella carnavalada, con la vuelta al sacrosanto hogar de jovencitas progres redimidas por la cuenta corriente de papá, y de los tipos estrafalarios que, pensó, no tardarían en «sentar cabeza» y vestirse como Dios manda. Es decir, disfrazándose de ucedistas, como en los carteles de propaganda electoral aparecía el Presidente Suárez, con la mirada «simpática» y la aséptica sonrisa de dentífrico. Tenía la seguridad de que pasaría así, y no quería que a él le sucediera igual. Por eso andaba siempre solo, comía en cualquier bar, dormitaba en una proletaria silla municipal hasta las tantas de la madrugada, cuando las Ramblas revelaban su verdadero rostro de alcohólicos, drogadictos, prostitutas en saldo de urgencia y liberados gays de los que cría el alba de resaca y vómito, que se besaban o se masturbaban en cualquier banco, en presencia de la gitanilla flaca y roñosa que les mira riendo con la mano metida en la entrepierna.

Una de aquellas noches, recordaba ahora el Xavi junto al fuego de la chimenea, sobrevino una gran tronada. El Xavi no se movió de su silla, en las Ramblas, cutirte empezó a diluviar. Sentía una especie de liberación mientras los fríos dedos de la lluvia acariciaban su cara, se metían por el cuello de la camiseta y bajaban resbalando entre las tetillas para remansarse en el vello del vientre. Con los ojos entornados y la boca abierta a fin de recoger las gotas de lluvia, el Xavi había vuelto la cara hacia las nubes. De pronto sintió que una mano hurgaba en el bolsillo de su pantalón. Rápido como el viento que barría el paseo central, el Xavi cogió la mano aleve y retorció su muñeca. Un grito de mujer aumentó su sorpresa. Junto a él, derribada en el suelo, vio a una adolescente que le miraba con ojos de espanto.

El Xavi bramó:

«-¿Qué te creías, pendón? Tienes que aprender que no todos los que duermen están dormidos. Te conviene saberlo para tu oficio.

»—Pensaba que estaba muerto, señor. Y como los muertos no necesitan el dinero...

»—Aquí no hay más muerta que tú. ¡Muerta de hambre! ¿Cuánto hace que no comes?

»—No me acuerdo.

»—Anda, vámonos de aquí. Ya está bien de ducha.»

El Xavi se había llevado a la jovencita al «Drugstore». Seguía abierto y atendía a una clientela fantasmal de extraños noctámbulos, a los que únicamente servía bebidas y frankfurts cargados de mostaza. Como salidos de las cloacas, aquellos personajes kafkianos se bamboleaban borrachos o medio locos en una especie de túnel que daba acceso a la pieza donde estaba la barra y, al lado, en una garita encristalada, d tipo que vendía los tickets de las consumiciones. Olía a diablos.

El Xavi pidió dos bocadillos y un bote de «Voll-Damm».

«-Toma. Come. Pero despacio.

»—¡No me da la gana!

»—Anda, mujer. Cómete eso.

»—¡Qué no! Que lo que usted quiere es aprovecharse de mí por un puerco boca ta. ¿Por qué se hacía el muerto si no para engañarme?

»—Pues coge eso y lárgate. Pero no comas a tragantona. Te sentaría como un tiro en la barriga.»

Se llamaba Teresa y no había cumplido aún los quince años. Escapada de casa. Hada pocos días que había llegado a Barcelona procedente de un pueblo de la provincia de Jaén.

«-Pero se me acabaron las mil quinientas —confesó—, y como mi amiga no aparece por ninguna parte, pues ya ve. ¡Ya ve qué panorama!

»—Vete a una Comisaría. Te pagarán el viaje de vuelta.

»—¿Quién, yo? ¡Ni pensarlo! Antes me muero de hambre aquí. O me pongo a lo que sea.»

El Xavi se encogió de hombros.

«-Haz lo que quieras. Yo me voy. Pero cuidado con esa gente. Es capaz de meterte una navaja en la barriga para ver lo que hay dentro.»

Al llegar a la puerta de su pensión el Xavi vio correr a Teresa hacia él. Sus ojos azules, hundidos, le miraban fijamente:

«-Si quieres, podemos hacerlo. Pero no sé mucho.

»—Anda, entra.»

Teresa no se creyó que el Xavi le cedía su cama hasta que no le vio enrollarse en el sillón y taparse con la manta. Se durmió en seguida. Al día siguiente le dijo que quería quedarse con él para siempre.

«-Y si no, al menos hasta que encuentre a mi amiga.

»—Eres una menor.

»—¿Y eso qué? Si le digo la verdad, ya estoy más que desvirgada.

»—El novio.

»—Qué va. MI padre. Hace más de un año que está parado. Y como se pasaba el día en casa amorrado a la botella, pues la tomó conmigo. Yo me defendía, pero un día me amarró como un Cristo a la cama. Abusó de mí. Luego, pues lo que pasa. Que una le iba tomando gusto. Por eso me escapé.»

El Xavi alquiló una habitación para Teresa. Ultimaba por aquellos días un negocio y le propuso trabajar a medias con él. Se trataba de vender en las Ramblas arbolillos de coral, caracoles marinos, estrellas de mar, conchas pulimentadas, que el Xavi compraba en algunos pueblos de la Costa Brava. Teresa aceptó y trabajaron juntos unas pocas semanas. Pero acabó yéndose con un tipo agitanado de grandes patillas, que aparecía dé vez en cuando por allí. El tipo conducía un ostentoso Dodge plateado, que aparcaba frente al Cosmos, y tenía todas las trazas del proxeneta en alza. El Xavi trabajó solo poco menos de un mes. Cuando alguien le enseñó el recorte de Prensa con la foto de Teresa, que había aparecido apuñalada en una pensión de Conde de Asalto, regaló la mercancía y se marchó a una comuna de Vallvidriera. Reorganizó aquello, y allí estuvo, hasta que conoció a Olga en el festival de Canet. Desde entonces era un hombre distinto.

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