7

Nunca en su vida había dejado de hacer algo. Desde que tenía uso de razón había estado ocupado constantemente. Estudiando, pensando^ leyendo. Tenía fama de niño ordenado, juicioso, con un gran sentido del amor propio. En los escolapios de Balmes fue siempre el número uno. En conducta, en los estudios, en piedad. «Es un hombrecito», decía su madre muy orgullosa. Cuando ingresó en la Facultad de Medicina ya iba precedido de una aureola de prestigio. Su padre le ayudaba. Especialmente en la selección bibliográfica de obras extranjeras, por lo que tuvo que perfeccionar el. inglés y el alemán. Se doctoró muy joven. Cum laude. Aquel mismo verano hizo un viaje por Europa. La muerte inesperada de su padre le obligó a volver antes de tiempo. En setiembre empezó a trabajar con el doctor Roquer. Por las tardes solamente. Las mañanas las dedicaba a estudiar en casa. O iba a la Central. O a la biblioteca de la Facultad. En los ratos libres leía Triunfo, Cuadernos para el Diálogo, Guadiana, Serra d'Or y otras revistas catalanas de prestigio.

Y aquella noche de noviembre, de repente, decidió dejarlo todo. «No he vivido —se confesó—. Soy un hombre artificial. De interiores. A veces pienso que estoy hecho de cemento y asfalto. Que mi alma es un neón. Desconozco la Naturaleza. Su fuerza.» El joven doctor Cañadas decidió convertirse él mismo en un ser vivo, un designio, una obra más en manos de la Naturaleza. Intuía que sus fuerzas sabrían modelarlo, hacer de él un ser auténtico capaz de sobrevivir ayudándose de su ingenio y de su habilidad.

El doctor Cañadas cogió una mochila y tomó el primer tren que salía de la estación de Francia. En el mas de la provincia de Tarragona donde fue a parar se deje la barba y se convirtió en el Xavi. Intimó con el Pere, que le enseñó a plantar patatas: a poner las cañas para que treparan por ellas las solemnes matas de las judías. Le enseñó también el modo de burlar el husmo de los puercos salvajes por la noche. A localizarlos en la oscuridad. A saber, según fuera el gruñido, si estaban embromados, o recelosos, o si hozaban en busca de raíces. Le enseñó a apuntar bajo la paletilla y a disparar con serenidad, acompañando el movimiento del punto de mira con la presión del dedo sobre el gatillo.

El Xavi, por su parte, observó con detenimiento muchos misterios de la Naturaleza. Cómo se abría la pipa del melón en el poroso lecho de estiércol y asomaba la almendra, húmeda y frágil, entre las dos celdillas de la caja, que parecían dos manos oferentes. Dos manos suspensas ante el milagro de la vida. Cómo se apresuraban las hormigas, con qué laborioso nerviosismo, cuando el tiempo amenazaba lluvia. Comprendió la orgía de sexualidad que vivía el árbol florido y el sorprendente hermafroditismo del maíz de altas pinocheras como banderolas al viento.

También por entonces asistió al descubrimiento del poder creador de sus manos. Si se las dirigía bien, eran capaces de fabricarlo todo con sólo la ayuda de unos útiles rudimentarios. Desde una flauta de caña con boquilla de saúco hasta el mango de una azadilla, la guita de esparto, con la que se hará el cestillo, o el chamizo bajo el que protegerse contra los fuertes calores del verano.

Cuando abandonó el más era otro hombre. Más tosco en su apariencia. Greñudo. Sus miembros habían ganado reciedumbre y su tórax se había ensanchado. Caminaba despacio, afirmando los pies en el suelo, mirando lejanías. Hacía más de un año que no había leído ni un periódico. Tampoco había visto la televisión ni oído la radio. No le interesaba nada del gregarismo humano. Su único interés se cifraba en la Naturaleza. Si el carmín de las nubes señalaba viento de poniente. Si el morado de la sierra anunciaba fríos secos. O la calma que había en la sábana de nubes bajas presagiaba nieve en la montaña.

Un día apareció en un pueblo de la Costa Brava. Ni siquiera le importaba el nombre. Desde el cuartucho que había alquilado veía el mar y un trozo del espigón del puerto. El espectáculo le subyugó. De atardecida y al alba, barcas verdes, azules, rojas, de todos los colores, evolucionaban en las tranquilas aguas de la bahía. Entraban o salían con el orgulloso tajamar hincado en la superficie azul y un airón de atrafagadas gaviotas sobre la popa, donde empezaba a abrirse la estela entre la seda blanca de la espuma producida por la hélice.

Decidió acercarse hasta el muelle. Era una tarde calma, y la piel del mar tenía cierta apariencia lipoidal. De las embarcaciones pesqueras trascendía un aroma intenso mezcla de brea, salitre y lejanías marinas. Los pescadores vestían anchos calzones de plástico, holgados chubasqueros y se tocaban con gorros de lana de vivos colores. Calzaban grandes botas de agua color plomo o salmón. Se veía gente saludable, de reda osamenta y sólida musculatura. Aunque sus movimientos parecían torpes, ponían de relieve su agilidad a la hora de trepar por una escala o de salvar el metro y medio que separaba la orla del canto del muelle. Las pesadas cajas de pescado eran trasladadas a brazo. Estaban llenas o mediadas, según los casos, de salmonetes muy rojos, vinzacios de blanco; de palayas y pescadillas de abultada panza plateada; de brillantes gambas, sepiones oscuros o encendidas cigalas. A veces aparecía un rape gigantesco, horrendo como un mal sueño. El animal enseñaba sus agudos dientes en una última mueca de ferocidad inútil. Entre sus ojos sin expresión se veía el señuelo que tantas víctimas había contribuido a atrapar. En otras ocasiones era un enorme rodaballo de ojos telescópicos y morro puntiagudo. O la feroz tintorera, de boca rasgada y piel de lija.

El Xavi observaba los movimientos de los pescadores. Mientras uno proyectaba el chorro de agua sobre la captura, los demás procedían a su clasificación. Luego alineaban el pescado en las cajas. Cuidadosa, amorosamente. Notó en sus miradas una cierta complacencia por la obra bien hecha. Voces broncas que bromean mientras se afana el brazo. El pito que se ofrece como quien da un pedazo de cordialidad.

El Xavi pensó que su propósito iba a resultar difícil, pero nada perdía intentándolo.

Se acercó tímidamente a un hombre vigoroso de mediana edad.

«-Perdone. ¿Sería posible trabajar en una barca de éstas?

»—¿Enrolarse?

»—Pues, sí,

»—Tendrá que ponerse a la cola. Hay mucha gente esperando. ¿Sabe? Aquí viene mucho castellano.

»—¿Qué me aconseja?

»—Usted no es de la mar. Quiero decir que no conoce el oficio.

»—No. He buceado. A veces. Y he navegado en motoras pequeñas. Marearme, no me mareo.

»—Algo es algo.

»—¿Entonces?

»—Yo que usted me acercaba a la Comandancia de Marina. Está ahí. Muy cerca.

»—De acuerdo. ¿Y qué posibilidad habría de navegar mientras? Así podría ver si el trabajo me va. Sin ganar nada, claro. Sólo sería por probar.

»—Espéreme en aquel bar de allí. Se llama "Los boquerones". Pregunte por Santiago, el patrón de Dos Amigos. Dentro de una hora ya estaré allí.»

Pocos meses después de haber embarcado, el Xavi era un marinero más en la tripulación y un pescador con cierta experiencia. Trabajaba a bordo de sol a sol y charlaba-de recalada en «Los boquerones» con Santiago y otros compañeros. Cuando se cansaba leía en su cuarto o escuchaba música. El nuevo trabajo tenía mucho encanto para el Xavi. Le gustaba ver la salida del sol cada mañana, cuando el cielo y la mar eran sólo una bruma grisácea, un insólito cosmos sin puntos de referencia. Y adentrarse entre el oleaje rumbo al caladero, con los blancos pueblecitos a su espalda inundados de sol. Mientras la barca faenaba, el Xavi solía estar a popa. Solo. Abstraído. Hasta que la maquinilla empezaba a chirriar. Entonces ponía manos a la obra, como sus compañeros, hasta que la corona vomitaba la pesca sobre cubierta. Era un trabajo duro, pero el Xavi se acostumbró a él. Lo mismo limpiaba, que seleccionaba la captura, que echaba una mano donde era menester. Un incidente a bordo fue causa de que desembarcara./

Aquella primavera, el Gobierno había legalizado el Partido Comunista, contra la opinión de algunos militares y los sectores más reaccionarios del país. La medida fue comentada a bordo, y como alguien preguntara al Xavi qué opinaba, éste dijo que no le interesaba la política. Añadió que se negaba a saber lo que estaba pasando. Más tarde, cuando empezó a hablarse de las elecciones a Cortes, el Xavi comprendió que sobraba. Aunque en pequeño, la embarcación era un calco exacto del mundo. Había un patrón, un motorista, estaban los marineros, y cada cual pensaba de forma distinta a la de los demás. Él que se negaba a integrarse, era el sujeto raro. El personaje molesto, que ofende porque se siente muy por encima de los demás. Sobraba.

Generaciones
titlepage.xhtml
sec_0001.xhtml
sec_0002.xhtml
sec_0003.xhtml
sec_0004.xhtml
sec_0005.xhtml
sec_0006.xhtml
sec_0007.xhtml
sec_0008.xhtml
sec_0009.xhtml
sec_0010.xhtml
sec_0011.xhtml
sec_0012.xhtml
sec_0013.xhtml
sec_0014.xhtml
sec_0015.xhtml
sec_0016.xhtml
sec_0017.xhtml
sec_0018.xhtml
sec_0019.xhtml
sec_0020.xhtml
sec_0021.xhtml
sec_0022.xhtml
sec_0023.xhtml
sec_0024.xhtml
sec_0025.xhtml
sec_0026.xhtml
sec_0027.xhtml
sec_0028.xhtml
sec_0029.xhtml
sec_0030.xhtml
sec_0031.xhtml
sec_0032.xhtml
sec_0033.xhtml
sec_0034.xhtml
sec_0035.xhtml
sec_0036.xhtml
sec_0037.xhtml
sec_0038.xhtml
sec_0039.xhtml
sec_0040.xhtml
sec_0041.xhtml
sec_0042.xhtml
sec_0043.xhtml
sec_0044.xhtml
sec_0045.xhtml
sec_0046.xhtml
sec_0047.xhtml
sec_0048.xhtml
sec_0049.xhtml
sec_0050.xhtml
sec_0051.xhtml
sec_0052.xhtml
sec_0053.xhtml
sec_0054.xhtml
sec_0055.xhtml
sec_0056.xhtml
sec_0057.xhtml
sec_0058.xhtml
sec_0059.xhtml
sec_0060.xhtml
sec_0061.xhtml
sec_0062.xhtml
sec_0063.xhtml
sec_0064.xhtml
sec_0065.xhtml
sec_0066.xhtml
sec_0067.xhtml
sec_0068.xhtml
sec_0069.xhtml
sec_0070.xhtml
sec_0071.xhtml
sec_0072.xhtml
sec_0073.xhtml
sec_0074.xhtml
sec_0075.xhtml
sec_0076.xhtml
sec_0077.xhtml
sec_0078.xhtml
sec_0079.xhtml
sec_0080.xhtml
sec_0081.xhtml
sec_0082.xhtml
sec_0083.xhtml
sec_0084.xhtml
sec_0085.xhtml
sec_0086.xhtml
sec_0087.xhtml
sec_0088.xhtml
sec_0089.xhtml
sec_0090.xhtml
sec_0091.xhtml
sec_0092.xhtml
sec_0093.xhtml
sec_0094.xhtml
sec_0095.xhtml
sec_0096.xhtml
sec_0097.xhtml
sec_0098.xhtml
sec_0099.xhtml
sec_0100.xhtml
sec_0101.xhtml
sec_0102.xhtml
sec_0103.xhtml
sec_0104.xhtml
sec_0105.xhtml
sec_0106.xhtml
sec_0107.xhtml
sec_0108.xhtml
sec_0109.xhtml
sec_0110.xhtml
sec_0111.xhtml
sec_0112.xhtml
sec_0113.xhtml
sec_0114.xhtml
sec_0115.xhtml
sec_0116.xhtml
sec_0117.xhtml
sec_0118.xhtml
sec_0119.xhtml
sec_0120.xhtml
sec_0121.xhtml
sec_0122.xhtml
sec_0123.xhtml
sec_0124.xhtml
sec_0125.xhtml
sec_0126.xhtml
sec_0127.xhtml
sec_0128.xhtml
sec_0129.xhtml
sec_0130.xhtml
sec_0131.xhtml
sec_0132.xhtml
sec_0133.xhtml
sec_0134.xhtml
sec_0135.xhtml
sec_0136.xhtml
sec_0137.xhtml
sec_0138.xhtml
sec_0139.xhtml
sec_0140.xhtml
sec_0141.xhtml
sec_0142.xhtml
sec_0143.xhtml
sec_0144.xhtml
sec_0145.xhtml
sec_0146.xhtml
sec_0147.xhtml
sec_0148.xhtml
sec_0149.xhtml
sec_0150.xhtml
sec_0151.xhtml
sec_0152.xhtml
sec_0153.xhtml
sec_0154.xhtml
sec_0155.xhtml
sec_0156.xhtml
sec_0157.xhtml
sec_0158.xhtml
sec_0159.xhtml
sec_0160.xhtml
sec_0161.xhtml
sec_0162.xhtml
sec_0163.xhtml
sec_0164.xhtml
sec_0165.xhtml
sec_0166.xhtml
sec_0167.xhtml
sec_0168.xhtml
sec_0169.xhtml
sec_0170.xhtml
sec_0171.xhtml
sec_0172.xhtml
sec_0173.xhtml
sec_0174.xhtml
sec_0175.xhtml
sec_0176.xhtml
sec_0177.xhtml
sec_0178.xhtml
sec_0179.xhtml
sec_0180.xhtml
sec_0181.xhtml
sec_0182.xhtml
sec_0183.xhtml
sec_0184.xhtml
sec_0185.xhtml
sec_0186.xhtml
sec_0187.xhtml
sec_0188.xhtml
sec_0189.xhtml
sec_0190.xhtml
sec_0191.xhtml
sec_0192.xhtml
sec_0193.xhtml
sec_0194.xhtml
sec_0195.xhtml
sec_0196.xhtml
sec_0197.xhtml
sec_0198.xhtml
sec_0199.xhtml
sec_0200.xhtml
sec_0201.xhtml
sec_0202.xhtml
sec_0203.xhtml
sec_0204.xhtml
sec_0205.xhtml
sec_0206.xhtml
sec_0207.xhtml
sec_0208.xhtml
sec_0209.xhtml
sec_0210.xhtml
sec_0211.xhtml
sec_0212.xhtml
sec_0213.xhtml
sec_0214.xhtml
sec_0215.xhtml
sec_0216.xhtml
sec_0217.xhtml
sec_0218.xhtml
sec_0219.xhtml
sec_0220.xhtml
sec_0221.xhtml
sec_0222.xhtml
sec_0223.xhtml
sec_0224.xhtml
sec_0225.xhtml
sec_0226.xhtml
sec_0227.xhtml
sec_0228.xhtml
sec_0229.xhtml
sec_0230.xhtml
sec_0231.xhtml
sec_0232.xhtml
sec_0233.xhtml
sec_0234.xhtml
sec_0235.xhtml
sec_0236.xhtml
sec_0237.xhtml
sec_0238.xhtml
sec_0239.xhtml
sec_0240.xhtml
sec_0241.xhtml
sec_0242.xhtml
sec_0243.xhtml
sec_0244.xhtml
sec_0245.xhtml
sec_0246.xhtml
sec_0247.xhtml
sec_0248.xhtml
sec_0249.xhtml
sec_0250.xhtml
sec_0251.xhtml
sec_0252.xhtml
sec_0253.xhtml
sec_0254.xhtml
sec_0255.xhtml
sec_0256.xhtml
sec_0257.xhtml
sec_0258.xhtml
sec_0259.xhtml
sec_0260.xhtml
sec_0261.xhtml
sec_0262.xhtml
sec_0263.xhtml
sec_0264.xhtml