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Nunca en su vida había dejado de hacer algo. Desde que tenía uso de razón había estado ocupado constantemente. Estudiando, pensando^ leyendo. Tenía fama de niño ordenado, juicioso, con un gran sentido del amor propio. En los escolapios de Balmes fue siempre el número uno. En conducta, en los estudios, en piedad. «Es un hombrecito», decía su madre muy orgullosa. Cuando ingresó en la Facultad de Medicina ya iba precedido de una aureola de prestigio. Su padre le ayudaba. Especialmente en la selección bibliográfica de obras extranjeras, por lo que tuvo que perfeccionar el. inglés y el alemán. Se doctoró muy joven. Cum laude. Aquel mismo verano hizo un viaje por Europa. La muerte inesperada de su padre le obligó a volver antes de tiempo. En setiembre empezó a trabajar con el doctor Roquer. Por las tardes solamente. Las mañanas las dedicaba a estudiar en casa. O iba a la Central. O a la biblioteca de la Facultad. En los ratos libres leía Triunfo, Cuadernos para el Diálogo, Guadiana, Serra d'Or y otras revistas catalanas de prestigio.
Y aquella noche de noviembre, de repente, decidió dejarlo todo. «No he vivido —se confesó—. Soy un hombre artificial. De interiores. A veces pienso que estoy hecho de cemento y asfalto. Que mi alma es un neón. Desconozco la Naturaleza. Su fuerza.» El joven doctor Cañadas decidió convertirse él mismo en un ser vivo, un designio, una obra más en manos de la Naturaleza. Intuía que sus fuerzas sabrían modelarlo, hacer de él un ser auténtico capaz de sobrevivir ayudándose de su ingenio y de su habilidad.
El doctor Cañadas cogió una mochila y tomó el primer tren que salía de la estación de Francia. En el mas de la provincia de Tarragona donde fue a parar se deje la barba y se convirtió en el Xavi. Intimó con el Pere, que le enseñó a plantar patatas: a poner las cañas para que treparan por ellas las solemnes matas de las judías. Le enseñó también el modo de burlar el husmo de los puercos salvajes por la noche. A localizarlos en la oscuridad. A saber, según fuera el gruñido, si estaban embromados, o recelosos, o si hozaban en busca de raíces. Le enseñó a apuntar bajo la paletilla y a disparar con serenidad, acompañando el movimiento del punto de mira con la presión del dedo sobre el gatillo.
El Xavi, por su parte, observó con detenimiento muchos misterios de la Naturaleza. Cómo se abría la pipa del melón en el poroso lecho de estiércol y asomaba la almendra, húmeda y frágil, entre las dos celdillas de la caja, que parecían dos manos oferentes. Dos manos suspensas ante el milagro de la vida. Cómo se apresuraban las hormigas, con qué laborioso nerviosismo, cuando el tiempo amenazaba lluvia. Comprendió la orgía de sexualidad que vivía el árbol florido y el sorprendente hermafroditismo del maíz de altas pinocheras como banderolas al viento.
También por entonces asistió al descubrimiento del poder creador de sus manos. Si se las dirigía bien, eran capaces de fabricarlo todo con sólo la ayuda de unos útiles rudimentarios. Desde una flauta de caña con boquilla de saúco hasta el mango de una azadilla, la guita de esparto, con la que se hará el cestillo, o el chamizo bajo el que protegerse contra los fuertes calores del verano.
Cuando abandonó el más era otro hombre. Más tosco en su apariencia. Greñudo. Sus miembros habían ganado reciedumbre y su tórax se había ensanchado. Caminaba despacio, afirmando los pies en el suelo, mirando lejanías. Hacía más de un año que no había leído ni un periódico. Tampoco había visto la televisión ni oído la radio. No le interesaba nada del gregarismo humano. Su único interés se cifraba en la Naturaleza. Si el carmín de las nubes señalaba viento de poniente. Si el morado de la sierra anunciaba fríos secos. O la calma que había en la sábana de nubes bajas presagiaba nieve en la montaña.
Un día apareció en un pueblo de la Costa Brava. Ni siquiera le importaba el nombre. Desde el cuartucho que había alquilado veía el mar y un trozo del espigón del puerto. El espectáculo le subyugó. De atardecida y al alba, barcas verdes, azules, rojas, de todos los colores, evolucionaban en las tranquilas aguas de la bahía. Entraban o salían con el orgulloso tajamar hincado en la superficie azul y un airón de atrafagadas gaviotas sobre la popa, donde empezaba a abrirse la estela entre la seda blanca de la espuma producida por la hélice.
Decidió acercarse hasta el muelle. Era una tarde calma, y la piel del mar tenía cierta apariencia lipoidal. De las embarcaciones pesqueras trascendía un aroma intenso mezcla de brea, salitre y lejanías marinas. Los pescadores vestían anchos calzones de plástico, holgados chubasqueros y se tocaban con gorros de lana de vivos colores. Calzaban grandes botas de agua color plomo o salmón. Se veía gente saludable, de reda osamenta y sólida musculatura. Aunque sus movimientos parecían torpes, ponían de relieve su agilidad a la hora de trepar por una escala o de salvar el metro y medio que separaba la orla del canto del muelle. Las pesadas cajas de pescado eran trasladadas a brazo. Estaban llenas o mediadas, según los casos, de salmonetes muy rojos, vinzacios de blanco; de palayas y pescadillas de abultada panza plateada; de brillantes gambas, sepiones oscuros o encendidas cigalas. A veces aparecía un rape gigantesco, horrendo como un mal sueño. El animal enseñaba sus agudos dientes en una última mueca de ferocidad inútil. Entre sus ojos sin expresión se veía el señuelo que tantas víctimas había contribuido a atrapar. En otras ocasiones era un enorme rodaballo de ojos telescópicos y morro puntiagudo. O la feroz tintorera, de boca rasgada y piel de lija.
El Xavi observaba los movimientos de los pescadores. Mientras uno proyectaba el chorro de agua sobre la captura, los demás procedían a su clasificación. Luego alineaban el pescado en las cajas. Cuidadosa, amorosamente. Notó en sus miradas una cierta complacencia por la obra bien hecha. Voces broncas que bromean mientras se afana el brazo. El pito que se ofrece como quien da un pedazo de cordialidad.
El Xavi pensó que su propósito iba a resultar difícil, pero nada perdía intentándolo.
Se acercó tímidamente a un hombre vigoroso de mediana edad.
«-Perdone. ¿Sería posible trabajar en una barca de éstas?
»—¿Enrolarse?
»—Pues, sí,
»—Tendrá que ponerse a la cola. Hay mucha gente esperando. ¿Sabe? Aquí viene mucho castellano.
»—¿Qué me aconseja?
»—Usted no es de la mar. Quiero decir que no conoce el oficio.
»—No. He buceado. A veces. Y he navegado en motoras pequeñas. Marearme, no me mareo.
»—Algo es algo.
»—¿Entonces?
»—Yo que usted me acercaba a la Comandancia de Marina. Está ahí. Muy cerca.
»—De acuerdo. ¿Y qué posibilidad habría de navegar mientras? Así podría ver si el trabajo me va. Sin ganar nada, claro. Sólo sería por probar.
»—Espéreme en aquel bar de allí. Se llama "Los boquerones". Pregunte por Santiago, el patrón de Dos Amigos. Dentro de una hora ya estaré allí.»
Pocos meses después de haber embarcado, el Xavi era un marinero más en la tripulación y un pescador con cierta experiencia. Trabajaba a bordo de sol a sol y charlaba-de recalada en «Los boquerones» con Santiago y otros compañeros. Cuando se cansaba leía en su cuarto o escuchaba música. El nuevo trabajo tenía mucho encanto para el Xavi. Le gustaba ver la salida del sol cada mañana, cuando el cielo y la mar eran sólo una bruma grisácea, un insólito cosmos sin puntos de referencia. Y adentrarse entre el oleaje rumbo al caladero, con los blancos pueblecitos a su espalda inundados de sol. Mientras la barca faenaba, el Xavi solía estar a popa. Solo. Abstraído. Hasta que la maquinilla empezaba a chirriar. Entonces ponía manos a la obra, como sus compañeros, hasta que la corona vomitaba la pesca sobre cubierta. Era un trabajo duro, pero el Xavi se acostumbró a él. Lo mismo limpiaba, que seleccionaba la captura, que echaba una mano donde era menester. Un incidente a bordo fue causa de que desembarcara./
Aquella primavera, el Gobierno había legalizado el Partido Comunista, contra la opinión de algunos militares y los sectores más reaccionarios del país. La medida fue comentada a bordo, y como alguien preguntara al Xavi qué opinaba, éste dijo que no le interesaba la política. Añadió que se negaba a saber lo que estaba pasando. Más tarde, cuando empezó a hablarse de las elecciones a Cortes, el Xavi comprendió que sobraba. Aunque en pequeño, la embarcación era un calco exacto del mundo. Había un patrón, un motorista, estaban los marineros, y cada cual pensaba de forma distinta a la de los demás. Él que se negaba a integrarse, era el sujeto raro. El personaje molesto, que ofende porque se siente muy por encima de los demás. Sobraba.