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En su cuarto de la pensión Natalia acentuó el maquillaje de sus ojos y se soltó él pelo. Rubio y muy fino, como una lámina de oro. Luego se puso un tobillero azul azafata y veló su enorme escote con un chal color hueso sembrado de minúsculas estrellas doradas. Frente al espejo se mordió los labios, sin pintar, y se observó detenidamente. Era un esplendor. Un metro ochenta, caderas y senos abundantes, cuello fino y cara infantil, expresiva, de labios carnosos y naricita ligeramente levantada.
Aquel mismo día cumplía los veinte años y pronto haría uno que estaba en España. Lo de Natalia^ había sido un pronto. Cuando terminó sus estudios de enseñanza secundaria en su ciudad natal, Estocolmo, expresó a sus padres el deseo de celebrarlo con un viaje por Europa. El padre, químico en una importante empresa de industrias lácteas, le compró un deportivo rojo y la madre organizó una cena de despedida con las amistades. Al día siguiente Natalia se sentó al volante y se dirigió al puerto. Atravesó Europa de Norte a Sur parándose donde le parecía. Pero como estaba acostumbrada a vivir bien, y el viaje se alargaba, se quedó sin dinero en Niza. Habló con el dueño del hotel donde se hospedaba, y éste le ofreció un puesto de trabajo en una cafetería de la Promenade des Anglais. Empezaba la temporada turística, por lo que Natalia pudo ahorrar unos francos y la posibilidad de seguir viaje hasta España.
En Barcelona tuvo el primer contratiempo. Se había instalado en el «Hotel Oriente» en las Ramblas, donde conoció a un hombre de mediana edad que decía ser industrial. Salieron varías veces, hasta que finalmente decidieron instalarse en la habitación de él, más amplia, con lo que Natalia se ahorraba el gasto de la suya. Pero el industrial desapareció y Natalia resolvió hacerse cargo de las facturas del hotel a fin de evitar problemas con la Policía. Como se había vuelto a quedar sin dinero, cerró el coche en un garaje y tomó el primer tren hacia el Sur en la estación de Francia. En Marbella, donde decidió quedarse, lo pasó bastante mal. Al principio solamente. Porque más tarde, según hacía amistades, se iba despejando su horizonte. En realidad, Natalia no hacía más que dejarse invitar y asistir a alguna fiesta. Cuando se interesaba por un hombre, se acostaba con él. A cambio de esto, recibía regalos, algún dinero o dejaba que la ayudaran a pagar la pensión.
El verano anterior había trabajado como profesora de esquí náutico. Las mil pesetas-hora que cobraba le habían permitido hacer unos ahorros y aumentar el vestuario. Pero como se le había metido en la cabeza hacer un viaje a Extremo Oriente, decidió alternar en un pub de lujo. Era un trabajo sencillo que hacía, además, cuando quería. A cambio de él, el dueño del establecimiento le cedía el cincuenta por dentó del descorche y otro porcentaje, mínimo, del resto de las consumiciones. Los beneficios extra, «fuera de las horas de oficina», como decía Natalia, eran suyos en su totalidad.
Ahora, tras haber cambiado impresiones con el recepcionista pelirrojo, taconeaba con paso decidido hacia el bar del hotel. Miradas rapaces medían al centímetro el cuerpo de Natalia mientras atravesaba el hall, con la vista al frente y el paso decidido de quien sabe dónde va. Al bajar la estrecha escalera de caracol, con apliques de bronce en la pared, de los que emanaba una discreta luz rosada, con grabados originales de la serie La tauromaquia, de Goya, y un espejo al final, ligeramente inclinado sobre el marco de la puerta, Natalia experimentaba una curiosidad casi morbosa. Como siempre que acudía a una cita con un partenaire desconocido, se despertaba la niña que había en su interior. Ella atribuía esta ansiedad a las visitas que se anunciaban en su casa con algún tiempo de antelación. Natalia se imaginaba cómo sería el compañero de estudios de papá, o el matrimonio recién conocido en el último viaje, y no podía pegar ojo en toda la noche. Después venía la decepción. Pero en este caso tenía tres puntos de referencia nada despreciables. Se trataba de un señor mayor de aspecto agradable, persona importante y militar de alta graduación.
Cuando pisó la alfombra del bar, notó que la sangre le subía a la cara.