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La madre del Xavi abrió la puerta del piso y abrazó a su hijo.
—¿Cómo tú por aquí a estas horas? —pregúntole después—. Son las tres de la mañana.
El Xavi no contestó. Siguió pasillo adelante y encendió las luces del comedor. Estaba abismado contemplando el óleo de Mir que había sobre el trinchante. Como si lo viera por primera vez.
Su madre le preguntó con timidez:
—¿Te quedas a dormir?
Sin volver la cabeza, el Xavi repuso lacónicamente:
—Me quedo para siempre.
Un par de horas antes había ido a la comuna y había metido en el taxi a Nena, que no hacía más que protestar. Entre Cristina y él la habían trasladado al ascensor. Pero Nena se negaba a entrar en aquella casa, en la que había vegetado durante más de treinta años. Gruñía amenazadoramente delante del cadáver de Olga, que yacía envuelta en una sábana sobre su cama de colegiala. El Xavi y Cristina se habían marchado en seguida de allí. Ella a la comuna, con su Pepillo, y él a casa de la madre.
A medida que entraba en las distintas habitaciones, el Xavi iba encendiendo las luces. Las miraba como había hecho con el cuadro de Mir, como si las estuviera viendo por primera vez, y seguía silencioso en aquella especie de visita de inspección. Su madre iba detrás. Silenciosa también, sin atreverse a respirar.
Cuando entró en el despacho de la consulta utilizado durante tantos años por su padre, el Xavi miró las orlas. Sonrió con cierta tristeza al ver las caras de los compañeros. Luego dijo como ensimismado:
—Habrá que arreglar esto. Modernizarlo.
Oyó a su espalda la voz de la madre.
—Dios ha escuchado mis plegarias.
—¿Tus plegarias?
—Yo le pido hace mucho tiempo que abra tus ojos a la verdad, hijo mío. Que haga un milagro. Cualquier cosa. Que pase algo en tu vida capaz de hacerte sentar esa cabeza. Se lo pido todas las noches.
—Pues ya te ha escuchado tu buen Dios. Dentro de un rato te vas a misa a darle las gracias.
Se volvió.
—¿Y qué hay de aquella nena que te gustaba tanto para mí?
Los párpados de la madre del Xavi aletearon como arrugadas alas de mariposa.
—¿Quién, Mónica?
—No sé ni cómo se llama. Podríamos casarnos.
—Pero si Moniqueta se ha casado. Tiene dos niños ya.
El Xavi arrugó la nariz.
—¡Lástima! Me buscas otra. Un médico tiene que ser casado. Siempre te lo he oído decir.
Avanzó hacia la madre y la abrazó. El Xavi cerró los ojos. Procuraba tragarse a tirones la bola de pena que obstruía su garganta.