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Alejandro replicó:
—Sobre todo, la muerte. Y eso es precisamente lo que los españoles queremos evitar. Que nuestras vidas estén en manos de salvadores obcecados. De sátrapas como los que, por desgracia, tanto abundan por el mundo. Si no, que se lo pregunten a los chilenos, a los argentinos, a los ugandeses. Queremos hablar en voz alta. Respetar la opinión de los demás, hacer una sociedad nueva, más justa. Abandonar las ideas cerriles, las que no sirven, y que se disfrazan con nombres tan sonoros como los de tradición, Historia con mayúscula o valores espirituales. Queremos hacer ciudadanos. Simplemente eso. Y acabar con los borregos de una vez. Hay que procurar que todo el mundo tenga un trabajo y que lo haga con ilusión. Somos simples gusanos. Venimos a vivir una temporada más o menos corta, y hemos de iluminar esos días de vida con la luz del amor, de la convivencia, del respeto, de la cultura. Avanzar, simplemente eso, es tener cada día más los más y cada día menos los menos. Hasta que desaparezca la explotación del hombre por el hombre.
Carlos levantó la voz.
—¡Estás haciendo demagogia! La única realidad que yo conozco, y que tú no quieres ver porque siempre has estado en las nubes, es que el que tiene dos quiere cuatro y que, cuando consigue los cuatro, sueña con los ocho. Aunque para ello tenga que atropellar a los demás. Y si tú vas a pedir ahora bonitamente que el que ha conseguido su dinero, cada cual en su medida, renuncie a él para repartirlo con los demás, que siempre son los vagos y los fracasados, es que no conoces a los hombres. Y déjate de hacer una sociedad nueva y de utopías. La sociedad es como es desde que el mundo es mundo. Y lo demás es demagogia. ¿Cómo vive Carrillo? ¿Sabes lo que cuesta cada corbata suya, y por lo visto tiene un montón? ¿Cuánto gana Tamames? ¿Qué le cuestan sus famosos cruceros? Todos vosotros, los que hacéis demagogia en las revistas, los que escribís libro contra Franco y arremetéis contra todo lo que sea honrado y español, ¿cuánto cobráis? ¿No es verdad que la mayoría de vosotros se está forrando a cambio de artículos que no son más que memeces, en los que azuzáis a los infelices, aplaudís sus huelgas, los paros, las manifestaciones? ¿Es democracia sacar tías despelotadas, o es negocio cochino, pornografía pura? ¿Qué enseñáis a vuestros hijos pequeños, el Ripalda para que hagan la comunión, o el culo de la puercas que se prestan a vuestro juego para embolsarse unos duros que apestan? ¿Y los columnistas progres, muchos de los cuales se han hecho con el franquismo, cuánto se embolsan al mes? ¿Y los políticos? ¿Qué pretenden los políticos? Sean del color que sean. Lo mismo que el banquero que especula con el dinero de los demás. Lo mismo que el ganapán, que está cobrando el subsidio de paro y trabaja para un empresario a bajo coste que no paga a la Seguridad Social. ¡Quieren dinero! ¿Qué te crees, que con la democracia se habrán terminado las estafas en los Bancos, en el Seguro de Enfermedad, en los Ayuntamientos, donde sea? Los demócratas seguirán estafando, tanto o más que los franquistas, porque son hombres. No son ángeles, hermano.
Tenía los ojos inyectados en sangre. Se le había enronquecido la voz.
—¡Dinero! Eso es lo que busca la gente. ¡Mucho dinero! Y ésa ha sido la gran habilidad de las derechas en el momento del tránsito. Evitar la revolución y dejar que poco a poco se vayan enfangando los patriarcas de la libertad. Me sobran dedos en una mano para contar los que se libran. La ambición y la vanidad son la esencia de la condición humana. Aquí y en Moscú. Ahora y siempre. Pon en la cuenta corriente más radical de los ceneteros mil millones de pesetas, y verás a dónde manda a la Federica. ¡Dáselos a ella! Al pueblo, a ese pueblo que vosotros defendéis desde las revistas «de denuncia», al pueblo no le engañamos nosotros, porque sabe lo que exigimos de él. Trabajo y más trabajo para que las empresas crezcan y los ricos sean más ricos. Más poderosos. Le pasáis con razones y le obligáis a comprar lo que publicáis, porque leyéndoos parece que se vengan un poco de los que han triunfado en la vida. Pero ni les enseñáis nada, ni les resolvéis nada, ni les descubrís vuestras verdaderas intenciones, que son las mismas de los especuladores de las derechas. ¡Qué coño me vienes tú ahora con el pueblo!
Por eso está desengañado. Por eso os abandona. Y, mira lo que digo, tendréis una Constitución atea y marxista. Una Constitución que han hecho unos cuantos vivos, ambiciosos como Suárez. Pero tontos. Porque no se han dado cuenta aún de que están siendo utilizados por nosotros. Y cuando tengáis esa Constitución, poco a poco volverán todos los de antes. ¡Todos! Y los que despotrican ahora, se harán de derechas porque habrán hecho dinero. Y no hay que darle más vueltas. ¡Hasta Dios quiere dinero!
De pronto pareció serenarse.
—Yo me acuerdo cada día más de la pobre mamá —dijo—. Cuando terminó la guerra, ya estaba ella enferma, tuvimos una larga conversación. Le preocupabas tú, ¿Qué tenías? ¿Unos quince años?
—Dieciséis.
—A ti, en la guerra, te llenaron la cabeza de pájaros aquellos bestias, en los que siempre has visto a los parias de la tierra. La «famélica legión» que dice la Internacional. Yo lo comprendo.
—Vi más tarde a sus viudas, a sus hijos. Medio pueblo estaba de luto. En el Reformatorio de Alicante fusilaban, y eso bien lo sabes tu, a miles de personas. Estaban sin trabajo, porque nadie quería darles un empleo. Humillados. Aquello no eran personas. Eran sombras. Estaban amedrentados con la justicia de Franco, y la mayoría de ellos eran inocentes.
—Son las consecuencias de una guerra civil. Ni más ni menos. Si hubieran ganado ellos, habrían hecho lo mismo con nosotros. O peor. Pero no es eso lo que iba a decirte. Mamá estaba preocupada por ti porque dudabas de todo. De los curas...
—Tenía mis motivos.
—Está bien. De nosotros, los que os habíamos ganado la guerra...
—Perdona, pero tú a mí no me has ganado ninguna guerra. Mi guerra es mía y el único que puede ganarla o perderla soy yo.
—Déjame terminar. Mamá me dijo que no te dejara nunca. Que hiciera de padre. Tú nunca has tenido los consejos de una persona mayor, con la cabeza bien sentada sobre los hombros, que dijera por dónde tenías que ir. Papá, navegando mientras vivió. Luego, la guerra. Después, yo tenía mi trabajo. Te has criado solo. Flotando. Tus pies no tocaban tierra. Ni entonces ni ahora. Leías. Sí, eso tengo que reconocerlo. Estudiaste, además, Filosofía . Como si eso sirviera para algo. Recuerda que te dije que hicieras Medicina. Los médicos ganan fortunas y gozan de una gran consideración social.
—No me interesan las fortunas ni mucho menos la consideración social. Siempre me he pasado esas cosas por donde tú sabes. ¡Y termina de una vez! Tengo trabajo.
Carlos se levantó. Estaba muy nervioso.
—Ya me voy, hombre. Pero antes quiero decirte que le prometí a mamá no dejarte. Le prometí, y yo cumplo las promesas. Insistir, tener contigo toda la paciencia de Job. Por eso me expongo a que me eches de tu casa.
—|No seas histrión! Nadie te echa.
—Bueno. Lo que sea. Por última vez, Alejandro. Reflexiona sobre tu situación con esa mujer. Piensa en Elena. Va a necesitarte. Y tú a ella. Regulariza tu vida. ¡Hazlo por la memoria de mamá, hombre! La pobre se moriría de vergüenza si abriera los ojos. Eso de arrejuntarse es una moda pasajera. Ahora ya ha envejecido. ¿A que no ves separarse a tantos matrimonios como hace dos o tres años? Yo sólo te pido, y no por mí, bien lo sabe Dios, sino por tu familia y la memoria sagrada de mamá, te pido que dejes a esa Eulalia. Poco a poco. Sin que se produzca el escándalo, que es lo peor. O ella pueda verse humillada. Recapacita.
Había cogido la gabardina y se dirigía hacia la puerta.
—¡Ah, otra cosa! Quisiera que vinieras con toda la familia a una cena que doy en la «Parrilla del Ritz» antes de irme. Es en honor de Pepe, que como sabes asciende a comandante. Vendrá también Elena. ¿Qué me contestas?
Alejandro asintió.
—Tu hijo se merece ese sacrificio por mi parte. Iré.
Alejandro ayudó a su hermano a ponerse la trinchera. Luego lo acompañó al ascensor. Carlos lo abrazó emocionado.
—Reflexiona, hermano. Usa la cabeza —le dijo palmeando su espalda.
Ya en el ascensor, le preguntó:
—¿Qué ha sido ese viaje tan repentino a Málaga? La verdad es que me sorprendió encontrarte en aquel hotel de la carretera.
Rió, y en su cara asomó el pícaro de siempre.
—Yo me imagino que tendrá algo que ver con esa Lolita, la miliciana. Ya verás cómo no te la puedes quitar de encima. A mí me pasó lo mismo en Málaga, cuando estuve de Gobernador.
Alejandro repuso lacónicamente:
—Lolita ha muerto.
Por un instante el rostro de Carlos se demudó«
—No lo sabía. Palabra.
Su hermano sonrió con tristeza.
—Hay muchas cosas que tú no sabes.