2

Cubierto de espuma de gel, inmóvil en el fondo de la bañera, Yalito parecía un perro de, azúcar de los que se ven en los escaparates de las bombonerías. Fefa, su pensó que nadie habría imaginado que era un perro de carne y hueso a no ser por la expresión de su mirada, entre resignada y acusadora. «Haces que me sienta culpable desagradecido —murmuró—. Ponerte así cada vez que te baño, la verdad, no tiene ni pizca de gracia.» Fefa llevaba una bata acolchada color de rosa y se había subido las mangas hasta el codo. Estaba sola en el piso.

Como había entornado la puerta del baño, a fin de que Yalito no se enfriara, tardó en oír el teléfono. Se levantó trabajosamente del suelo. «Vaya, hombre, qué oportuno.» Luego miró con fijeza los ojos del caniche y le ordenó: «Tú, ahí quietecito. Sin moverte para nada. Y no te vayas a lamer la espuma. Que luego me coges cagarrinas. ¿Lo has oído?

Avanzaba por el corredor dispuesta a echarle la bronca al marido, convencida de que era él quien la llamaba. Pero al escuchar la voz de quien decía ser un inspector de Policía perdió el aliento. «Sí, sí. Es el domicilio de don Carlos Acosta, pero él no está en casa. ¿Le ha pasado algo?» Como se le había bajado la sangre a los pies se sentó en el brazo del sofá. La voz la tranquilizó. A su marido no le sucedía nada, aunque tenía que presentarse urgentemente en la Comisaría de Ventas para aclarar la situación de cierta persona.

Fefa se levantó de un salto. «No siga, que sé de quién se trata —dijo—. Pero no sé hasta qué punto...» Pensaba que la policía había detenido a su cuñado Alejandro, por lo que cambió de color al oír que se trataba de una mujer. «¿Una señora de unos setenta años? La verdad, inspector, no caigo.» Repetía lo que la voz le iba diciendo: «Si, un desgraciado accidente. A la salida de la autopista... Ya... María Dolores Llauder, que venía a Madrid a ver al médico y la acompañaba su hijo. Que es el fallecido... La madre quiere hablar con mi marido. ¿Cómo ha dicho que se llama? María Dolores Llauder...»

Al otro lado de la bocanada del «fortuna» que acababa de encender, Fefa vio a su marido. Lo enmarcaba la puerta del comedor. «Óigame, inspector. Mi marido acaba de llegar —dijo un poco excitada—. Es preferible que se lo explique todo a él. Un momento.»

A la muda pregunta de Carlos respondió pasándole el teléfono. —No sé qué lío se trae este hombre. El inspector. O quien sea —dijo en voz baja. Mientras ella atendía a Yalito en el baño, su marido aclaraba la cuestión. Sacó en limpio que el coche con matricula de Málaga en el que viajaba la señora Llauder y su hijo, éste al volante, desobedeció las señales de un control de la Guardia Civil, por lo que un guardia se había visto obligado a disparar. Había disparado al aire pero, al parecer, uno de los proyectiles había alcanzado en la cabeza al conductor, que ingresó cadáver en la Residencia Sanitaria Francisco Franco. La señora que lo acompañaba, al ser preguntada sobre si conocía a alguien en Madrid, contestó que deseaba comunicar con don Carlos Acosta.

Tras haber colgado, Carlos se acarició el fino bigotito blanco en un ademán habitual en él cuando se ponía nervioso. Entró en la sala de estar, ostentosamente amueblada, donde Fefa secaba al caniche.

—Éste ya lo ha cogido —dijo refiriéndose al perro, que no paraba de estornudar. Y preguntó—. ¿Quién es esa señora Llauder?

Carlos replicó que se trataba de una vieja historia.

—Vieja y demasiado larga para contártela ahora. He de irme en seguida al hospital.

Fefa sonrió con ironía. En los cuarenta años que llevaba de matrimonio habían sido muchos los nombres de mujer más o menos relacionados con el donjuán de su marido. Pero el nombre de María Dolores no le decía nada. Por supuesto que la edad de la desconocida la tranquilizaba. Sin embargo, pensó que tras el misterio se escondía algo.

Fulminó a su marido con la mirada, y dijo:

—No pretenderás que me quede así, en babia, sin saber de qué va todo eso. Una desconocida que tiene tu teléfono... Un enredo de no sé qué con un muerto de por medio... Y me sales con que es una vieja historia. ¡Qué cara tienes, hijo! Pero ¿no ves que aún estoy temblando?

Deposito a Yalito en su capazo y lo tapó, maternal, con una pequeña manta de felpa verde.

Luego murmuró mientras cruzaba la estancia:

—Mira, hijo, ¿sabes lo que te digo? Que hagas lo que te dé la gana. Yo ya estoy hasta la coronilla de tus enredos. Amoríos que, a tu edad, dan risa. ¿Lo entiendes? Dan risa. Así que haz lo que te parezca.

Carlos la siguió por el pasillo.

—Ya estamos otra vez —gritó—. Esa mujer tuvo que ver con mi difunto hermano Juan. Y el hijo que acaban de matarle es sobrino mió. Al menos, es lo que dice ella. Así que ya ves lo equivocada que estás.

De repente se enfureció. Caminaba nervioso por el comedor, donde habían entrado, despotricando contra el Gobierno Suárez y el vacío de poder que existía.

—¿De qué, en vida de Franco, pasar estas cosas? Así por las buenas matan a un hombre. Sin más. Y las explicaciones al maestro armero. Ya ves lo que dicen. Que han disparado al aire y una bala perdida... Y se comprende. A los pobres guardias los llevan fritos. Los matan en plena calle como si fueran perros. Nadie da con los asesinos. Se esfuman. ¿Hay quien entienda esto? Claro, los pobres están nerviosos. Tienen orden de disparar y disparan. ¡Tanto que disparan! Y además, dan en el blanco.

Se detuvo junto al balcón.

—A ver qué le dices ahora a esta infeliz, que además es roja perdida. ¿Cómo la convences de que son precisamente los suyos los que provocan? Los anarquistas, los comunistas, toda esa chusma. Y la ETA, el GRAPO. Esos muertos de hambre son los que en realidad han matado a su hijo. Porque te advierto que los guardias hacen muy bien dándole gusto al dedo. Yo haría mucho peor que ellos. Te lo juro.

Pasado el arrebato se serenó.

—Anda, dame la cartera militar —dijo poniendo cara de circunstancias—. Y la pistola.

Visiblemente afectada, Fefa repuso:

—A mí el inspector me ha hablado de un accidente. No me ha dicho que lo habían matado de un tiro.

Se acercó a su marido.

—¿Y dices que el difunto es sobrino tuyo?

—Lo dice esa mujer.

—Nunca me habías hablado de esto.

Carlos se encogió de hombros.

—Son viejas historias. De cuando la guerra.

—¿En qué año murió Juan?

—En el treinta y siete. Pero nunca he sabido cómo. Ni en qué bando luchaba a última hora.

—Entonces ahora tenía más de cincuenta años.

Fefa parpadeó. Empezaba a sentirse intrigada.

—¿Le hizo ese hijo en la guerra o antes?

—En la guerra. Pero el asunto venía de bastante antes. De cuando vivíamos en Valencia. El la conoció en el treinta. O el treinta y uno.

—Me dejas de piedra.

Carlos se sirvió un jerez seco. Estaba excitado.

—Anda —dijo a su mujer—, tráeme la documentación y la pistola. Tengo que irme.

—La documentación puedes necesitarla, Carlicos —repuso Fefa en tono convincente—, pero la pistola no te hace ninguna falta. Ten cabeza.

—Como quieras.

Cuando cruzó la callé en busca del coche lloviznaba.

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