16

Sofía estaba divertidamente irritada consigo misma. Se le había ocurrido ponerse el modelo lila de seda natural, sin nada más debajo que una minibraga marrón, y sus pezones se levantaban escandalosamente erectos bajo la suavidad del tejido. Lo notó al ver su imagen reflejada en la dorada cornucopia que había junto a la puerta del salón, sobre la consola modernista. Lo atribuyó al roce de la tela y, un poco, al alcohol.

Había llegado dos horas antes con su hermano Luis Alfonso y su cuñada, Raquel, y se había tomado dos «martinis». Torroellas le hizo saber la admiración que sentía por ella con una mirada de experto. No hubo en ella insinuación alguna. Ni tan siquiera indicios de sorpresa por el extraordinario atractivo sensual que irradiaba de su persona. Sin embargo, aquella mirada indefinible del financiero expresaba tantas cosas, que Sofía se sintió desconcertada.

Mientras paseaba acompañada de Raquel entre los pequeños grupos que se habían formado en la rotonda, se decía a sí misma que tenía que estar muy alerta. Aquel mundo brillante no le abría sus puertas. Las dejaba entreabiertas, de forma que dependía de ella entrar sin llamar demasiado la atención y, una vez dentro, ganarse el puesto que le correspondía. Para ello tenía que usar la cabeza. Era misión suya, además, conservar intacta la dignidad del marido.

Se pararon delante de una cabeza de mujer, obra de dará. Estaba puesta sobre una columnilla jónica de madera de cerezo, sobriamente tallada en la cara anterior del plinto y en el collarín. La cabeza quedaba discretamente ladeada a la derecha y su escorzo dejaba entrever la rizosa cabellera, recogida en moño sobre la nuca, y parte de la espalda. Era una mujer joven y bella de facciones quizás idealizadas por el escultor, y en sus ojos vacíos parecía seguir viviendo el instante de melancolía que éste había captado en su modelo. Raquel dijo que aquella mujer había tenido suerte porque no había muerto del todo.

Observó:

—Aquí, en el pliegue de los labios, hay un no sé qué de desdén. ¿Lo ves?

Sofía se encogió de hombros.

—Las obras de arte, y especialmente las plásticas —dijo—, tienen la ventaja de ser interpretadas de mil formas distintas. Depende de la sensibilidad de cada cual. Ante ellas desfilan generaciones enteras y resulta difícil que dos personas coincidan plenamente en la apreciación. Enigmas. ¿No te parece?

—¡Ya salió la licenciada!

Raquel rió quizás un poco estrepitosamente. Era alta y tenía las facciones angulosas y el cutis de un moreno atabacado con ligeras escoriaciones en mitad del cuello. La boca, de labios finos y estirados, imprimía a su semblante una cierta dureza que desmentía en el trato la dulzura de su carácter. El oscuro pelo, peinado hacia atrás con raya en medio, minimizaba su cráneo. Resumía toda la delicadeza de su cuerpo en el cuello, delicado y largo, cuya curva inferior marcaba la prominencia de la barbilla. Llevaba puesto un tobillero granate, suelto, que dejaba la espalda al descubierto, un tanto descarnada.

Sofía quedó como extasiada al descubrir el óleo que colgaba en la pared, sobre la cabeza de Ciará.

—¡Es un Renoir! —exclamó juntando las manos.

La tela representaba una vieja estrafalaria muy acicalada, por las trazas una prostituta, apoyada en un sucia pared llena de desconchados. La mujer tenía los brazos trágicamente caídos a lo largo del cuerpo y sus ojos pintarrajeados expresaban todo o patetismo que produce el miedo a la muerte y el cansancio de la vida, cuando ambas cosas van unidas. Al fondo, perdiéndose en la niebla, la silueta vacilante de un hombre, apenas un manchón oscuro, imprimía a la obra un cierto sentido trascendente.

Raquel aventuró;

—¿Se podría calcular el dinero que tiene este hombre? A mí me parece que ni él mismo lo sabe.

—Ni creo que le importe demasiado.

Se mezclaron entre los grupitos de invitados. Pulcramente peinados y afeitados, silenciosos camareros ofrecían bebidas y canapés en bandejas de plata. Risas contenidas. Densas vaharadas de perfume. Retazos de conversación. Rostros que uno parece haber soñado y que de pronto aparecen reales entre las brillantes solapas de los esmóquines y los modelos de las señoras.

Sofía acercaba la cabeza a la de su cuñada y le preguntaba discretamente quién era este o aquel caballero, o si aquella jovencita con ojos de loca le recordaba a alguien. Raquel se encogía de hombros. «La he visto en alguna parte, pero ahora no caigo. Quizás en la televisión.»

Desde la puerta que daba acceso al comedor examinaron el alegre efecto plástico que ofrecía la mesa, puesta con manteles brocados de color ceniza y adornada, en el centro, con vistosos ramos de flores y una orlada yedra y pétalos de rosa. Tapizados de terciopelo verde botella, ribeteado en oro, los respaldos de las sillas se alineaban a ambos lados de la mesa discretamente separadas de ella.

Cuando se les unió Luis Alfonso, su hermana apretó su brazo.

—Tu mujer y yo —dijo reprimiendo la emoción—, acabamos de pasar al otro lado del espejo.

—Como Alicia, ¿no?

—¡Entramos en el País de las Maravillas! ¿Sabías que hay un Renoir ahí?

Sofía tenía los ojos brillantes y el rostro encendido. Se sentía gratamente mareada.

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