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Estaban todos. Paco Umbral. Llegado de Madrid con su eterna bufanda. Ninfas, locas, yokis, jais, julais, maromos, bujarras y demás ralea, se descolgaban de la punta que arrastraba por el suelo para recordar a los presentes que el ingenio mesetario sigue vivo. Manolo Vázquez miraba. Estaba de pie, apartado del mundanal ruido, solo, con las manos a la espalda y el «ducados» en la boca, como pidiendo el Daumier que inmortalizara su figura rechoncha de menestral venido a menos. Candel con Maruja. El llevaba puesta la sonrisa que se trajera un día del Rincón de Ademuz y ella las gafas de sol en el pelo. Una cabeza sobre las demás, Álvarez-Solís charlaba animadamente con un Semillosa siempre alerta. Y Auroreta Claramunt, más frágil y transparente que en la caja loca. Y Josefina de Silva, con la anarquía en sus ojos claros y una brizna de desencanto en los labios. Estaban los pequeños clanes editoriales de siempre. Y reporteros. Y columnistas. Y fotógrafos. Y la señora de abono que se ahorrará la cena porque ha picado demasiado en el buffet y tiene las dos últimas croquetas empinadas en la boca del estómago.

Estaban todos y más. Una novelista argentina de edad indefinida, a la que nadie había visto nunca, enseñaba sus dientes de perla en una linda sonrisa peliculera heredada de María Montez. Como era muy original, hablaba de la Madre Patria. Había formado corro a su alrededor, y sus componentes se miraban con santa paciencia esperando que cortara el rollo empezado hace más de medio siglo por don Ramiro de Maeztu. Detrás del corro, Carlos Barral con un atormentado vaso de güisqui en la mano. Miraba el espectáculo como si todo aquello fuera ajeno a él. Tiró de su ensimismamiento la jovencita disfrazada de cíngara que se le acercó masticando deportivamente.

Un joven periodista de carrillos brasilados y barba negra, un matorral, bebía «chinchón» seco con una estudiante de periodismo de largos remos enfundados en téjanos de mercadillo. El periodista abrazó a Alejandro y presentó a su acompañante.

—No te he visto saludar al honorable —dijo sonriendo.

Alejandro se encogió de hombros.

—No tenemos riada que decirnos el honorable y yo.

—¿Por qué?

—El honorable es monárquico. Y yo soy republicano de toda la vida.

La estudiante afirmó que el President no era monárquico ni republicano. Que era única y exclusivamente el President de la Generalitat de Catalunya. Lo dijo con mucho énfasis, y con marcado acento catalán, y Alejandro fingió no haberlo oído.

Los invitados hablaban a gritos. De política, de señoras, de las debilidades ajenas. La altura del diapasón había llegado al máximo. De repente la batahola disminuyó hasta quedar convertida en un susurro. Era que el President abandonaba la sala. A su lado, protegiéndole de la avalancha humana, Forcadell sonreía enigmático.

—Dicen que ése busca una Conselleria —susurró el joven periodista al oído de

Alejandro.

—¿Quién?

—Forcadell, ¿no lo ves?

—Ya.

—Pero, ¿es cierto o no?

—Y yo qué sé.

—Algo sabrás. Hablabas con él hace un rato.

—Hablaba con él como hablo contigo ahora. Sencillamente, porque uno tiene que hablar con alguien. Y si quieres buscarle tres pies al gato, allá tú. Es tu problema.

Forcadell había publicado algunas novelas en catalán al final de los años sesenta, y su trayectoria política despertaba cierta curiosidad entre los escritores porque nadie sabía en qué corral trataba de cantar el gallo.

El periodista hizo un guiño malicioso.

—Ese Forcadell —dijo— es de los de perdiz o no comerla. Ya verás como no me equivoco.

Un bigotudo personaje tocado con un gorro de astracán, que le daba una vaga apariencia de gran duque ruso en el exilio, levantó el brazo desde un corro llamando la atención de Alejandro. El personaje, obeso y cordial, llevaba un bastón con el puño de hueso y un fino cigarro puro en los labios.

—Que ha llamado a casa tu mujer —dijo a Alejandro—. Dice que es algo urgente.

—¿Algo urgente?

—No sé más. Dice que te pongas en contacto con ella.

El personaje se alejó apresuradamente hacia un corro formado por personas de mediana edad. En el centro, tres ninfas jovencísimas con largos tobilleros abiertos hasta la cintura brindaban con champán.

—¿Quiénes son? —preguntó la estudiante a Alejandro.

—No lo sé. Ni creo que lo sepa nadie. En las presentaciones cinco estrellas nunca sabe uno qué sorpresa le espera. Unas veces te regalan libros saldados, otras te perfuman con «Nenuco» y otras, como hoy, aparece un ganado espléndido. Supongo que será por si algún importante quiere pasar la noche en amable compañía. Ellas se dejan querer por unos cuantos verdes, y el genio de turno se olvida de la mascarada que vive.

—Es una nueva profesión —dijo el joven periodista—. Las llaman «girl-party». O «girl-coctail».

—Conozco a un tipo —terció Alejandro encendiendo un «ducados»—, al que lo jodieron.

Rió.

—Bien jodido. Agarró una cogorza por la noche y al día siguiente por la mañana, cuando se despertó en el hotel, se encontró en la cama con un delicadísimo travestí. Salió por piernas, el tío, porque el travestí estaba empalmado. ¡Y tenía un aparato así de grande!

Salieron del hotel entre algunos grupos de rezagados. Alejandro se negó a ir con la pareja en el «seiscientos» de ella.

—Quiero que me dé el aire —dijo tras haber rozado con los labios las mejillas de la jovencita.

Generaciones
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