17

Beatriz dijo después de comer:

—Tenemos que hacer un grupo para enviárselo a papá. A bordo lleva únicamente una instantánea ampliada. Y habéis crecido mucho desde que la hicimos.

Carlos protestó. Dijo que los grupos siempre salían mal.

—A mí me dan ganas de reír al ver las caras de la gente. Todos mirando al pajarito.

Estaban sentados a la mesa. Todos menos Juan, que se había marchado con el bocado en la boca. Pilar miraba a Carlos de hurtadillas. La noche anterior, aprovechando un descuido de Beatriz, se había arrojado sobre ella y había besado torpemente sus labios. Ella esperaba algo más, pero Carlos la soltó en seguida. Luego, poniendo voz de hombre, le había dicho al oído: «¿Quién te va a hacer madre a ti?» Y se había escabullido de la cocina.

Marta se levantó.

—Me voy —dijo. Y añadió tomando el monedero—. Si queréis algo de la calle ahora estáis a tiempo.

Beatriz echó el último vistazo al atuendo de la hija.

Aventuró:

—¿Esa falda no es demasiado corta? Aunque creáis lo contrario no favorece. Las rodillas son feas.

—¡Mamá!

En el azul claro del délo había reventado la primavera. Borrachas de luz, las golondrinas lo rayaban de negro en todas direcciones. Otras, de rigurosa etiqueta, parloteaban en los cables eléctricos o en los salientes de las fachadas. El aire que se respiraba tenía la fragancia ligeramente espesada que trasciende el primer calor.

Marta taconeaba por la acera fingiéndose indiferente a las miradas de loe hombres. Llevaba un vestido crema de falda plisada unos dedos sobre la rodilla. La falda se abría al caminar y ceñía sus muslos, como si Marta vadeara un río de aguas remansadas. A cada paso suyo, pasos largos, resueltos, sus senos brincaban en las copas del sostén en un silencioso clamor, más excitante aún por lo que de aprisionamiento forzoso proclamaban.

La ciudad, en pleno período electoral, bullía de gente. Carteles de propaganda empapelaban las paredes, los quioscos, los pedestales de las estatuas. A aquellas horas de la tarde había más tráfico rodado que de ordinario. Muchos de los vehículos que llenaban las calzadas eran portadores de banderas y de emblemas. Marta reprimió una carcajada al ver el aparatoso lazo tricolor que llevaba entre las orejas un asnillo retozón cargado con la aguadera. El burrillo parecía ser consciente de la expectación que despertaba y trotaba alegre con la cabeza levantada y el belfo sonriente.

En las primeras calles del centro, Marta vio fuertes retenes estratégicamente apostados en las esquinas. Eran casi todas tropas montadas de Asalto y de la Guardia Civil. Aunque sabía lo que tenía que comprar, visitó varios establecimientos de modas de la calle de San Vicente. Miraba absorta los escaparates, comparaba calidades y precios, se informaba del detalle preciso en el interior. Al salir de un establecimiento de tejidos se encontró con Diéster. Vestía de uniforme y estaba plantado en mitad de la acera con las piernas separadas y las manos a la espalda.

Marta se turbó. Saludó con una media sonrisa y siguió su camino pegada a la pared.

—¿Es todo lo que tiene que decirme, señorita? —dijo Diéster siguiéndola.

Marta le rogó que la dejara estar. Luego dijo que agradecía mucho el interés que se había tomado en el asunto de su hermano, pero que el favor no le daba derecho a abordarla en mitad de la calle.

—Así que, por favor, váyase. Quedemos como buenos amigos. Pero márchese. ¡Se lo suplico!

Las facciones de Diéster se habían puesto rígidas. Mientras le hablaba, ella observó su piel morena, atezada. Tenía los ojos negros, ligeramente hundidos, y su expresión era de reproche.

—Quiero que me conteste a una sola pregunta —repuso él—, y en seguida me marcharé. ¿Dónde se ha metido estas dos semanas? Pregunté por usted a su portera y no quiso soltar prenda. ¿También fue cosa suya?

Ella se llevó la mano a los labios.

—¿Que ha preguntado por mí a la portera?

—Lo hice. ¿Está prohibido? A su casa entraban y salían todos como siempre. Menos usted. ¿Huye de mí? Porque si es así, me marcho en seguida.

Marta empezó a caminar. Iba despacio, con la cabeza inclinada, mirando al suelo.

—No es eso exactamente —murmuró.

—Entonces qué es.

—Mi hermano pequeño salió muy débil de las anginas. Estuvimos los dos en Godella, en una casa de campo que tienen mis tíos. A ver si se reponía. Yo fui con él, porque mis tíos son demasiado mayores para aguantar crios.

—¿Y ha estado allí casi tres semanas?

—Llegamos hace unos días.

El sargento le cortó el paso.

—¿Y usted no se ha parado a pensar en mi preocupación?

—No tiene por qué preocuparse por mí.

—¡Qué más quisiera yo! Pero usted se me ha metido aquí —Diéster se golpeó la frente con los nudillos—. La tengo siempre ahí. ¿Sabe?

Le temblaban los labios y sus ojos parpadeaban nerviosamente. Marta le miró como si le estuviera viendo por primera vez. Ya no le importaba que algún conocido la viera hablando con un sargento de la Guardia de Asalto en mitad de la calle. Incluso olvidó el miedo a la madre.

—Pero...

—¿Pero qué?

—Que no puede ser. ¡Compréndalo!

Siguieron en silencio, hasta que Diéster propuso entrar en una horchatería que haba enfrente de ellos.

—Será un momento —dijo—. Sé que en la calle no está bien hablar. Podrían verla. Y no quisiera causarle disgustos en casa.

Accedió, entre halagada y confusa. Había a la derecha de la puerta un alto mostrador de madera pintada de blanco. Sobresalían de él las asas de latón de dos heladeras gigantescas. El resto del mobiliario lo formaban unas mesas de hierro forjado con tablero de mármol blanco y unas sillas plegables, blancas también, puestas alrededor. En la pared del fondo había un calendario de propaganda del arroz Sos y, sobre él, un espejo apaisado sin marco con una foto ovalada en el centro de Ricardo Zamora.

Cuando tomaron asiento, Diéster retiró su silla de la de Marta a una distancia prudencial. Una mujer entrada en carnes, de rostro fresco y mirar descarado, les sirvió dos altos vasos de horchata.

Diéster pidió a Marta que le escuchara. Dijo que habla nacido en una aldea de la provincia de Zamora, pronto haría treinta años. Que había pasado su infancia allí con tres hermanos, entre campesinos pobres.

—Cuando el tiempo era malo, no teníamos nada que llevarnos a la boca. O bien poca cosa.

Siguió diciendo que su padre, en vista de que a él se le daban bien los libros, le dejaba ir a la escuela del pueblo.

—Estaba a seis kilómetros. Y a veces había que hacerlo con nieve hasta la cintura.

Aprendió lo indispensable y, más tarde, se preparó en Zamora para ingresar en la Guardia de Asalto.

—Me metí en esto porque era mi única salida. Pero yo seguí con los libros y me hice cabo. Esto fue estando destinado en Morón. Más tarde me enviaron al Norte, cerca de Oviedo. Allí me preparé para los exámenes de suboficial. Aprobé, y me destinaron aquí.

Hizo una pausa. Luego añadió:

—Trato de decirle que sé lo que es padecer. Y que al acercarme a usted no me mueven caprichos, sino sentimientos.

Marta se encogió de hombros.

—Me parece muy bien. Pero ya me dirá usted qué pinto yo en todo eso.

—Mucho. Usted tiene clase. Es una señorita, pero no una señoritinga. Yo distingo entre las dos cosas. Luego, es usted capaz de ilusionar a un hombre. De empujarle en la vida para darle todo lo que usted merece.

Diéster bajó la vista hacia su gorra azul. Marta examinó sus manos fuertes, nervudas, cruzadas de gruesas venas, con el brillante vello asomando por las bocamangas.

—Lo que me gusta usted, como mujer, eso no creo conveniente decírselo por ahora. Con ser lo primero, en realidad es lo último. No sé si me entiende.

Alzó los ojos hacia ella.

—Si soy poco para usted, o para su familia, dígamelo. Pero no permita que me ilusione en balde.

Marta no contestó.

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