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La casa era de construcción sólida. Constaba de dos pisos, con balcón corrido en el primero y tres ventanas en el superior. Un cuerpo más pequeño, adosado en la parte posterior, contenía las cuadras y el corral. Lindaba por detrás con una explanada, que servía de tendedero, hasta la liviana cuesta donde se iniciaba el declive de una colina plantada de pinos jóvenes. Frente a la fachada principal, con portada de medio punto, había una era circular. Desde ella bajaban en suave pendiente las tierras de cultivo. Establecía los límites naturales de la propiedad un asilvestrado cañaveral que corría entre morales y matas de baladre enano a lo largo de una torrentera, al otro lado de la cual se levantaba un pelado montículo. Sólo tres pinos se veían en su cumbre. Los árboles, altos y juntos, parecían haber sido plantados al tresbolillo. En los alrededores se les conocía como Las Tres Hermanas, nombre que había heredado la propiedad.
La comuna había empezado a funcionar a mediados de marzo de aquel año. Al principio la formaron cinco jóvenes y tres muchachas. Había también dos parejas, una de las cuales tenía un niño de corta edad. Salió mal. Las dos parejas no consiguieron integrarse, quizá porque sólo pensaban en defender su independencia frente a los compañeros. Se marcharon antes del mes. Por lo que respecta a los demás, también se cansaron. La comunicación espontánea no llegaba y, como nadie sabía cultivar el campo y los alimentos escaseaban, poco a poco se fueron largando todos.
Pepillo, que era el dueño de la finca, se quedó en ella con Cristina. Pusieron anuncios en la Prensa, sin grandes esperanzas. Hasta que un buen día apareció por allí el Xavi con dos amigas y un tipo muy raro que andaba siempre flipado.
El Xavi resultó un genio en lo tocante a organización. Separó la vivienda comunal de los dormitorios, creó un taller de artesanía, distribuyó el trabajo por rigurosos turnos de tres horas y saneó en lo posible la administración. También consiguió poner en marcha una pequeña granja de conejos, gallinas y ocas. Aunque con escasos resultados, llevó a cabo algunas experiencias de adaptabilidad, sensibilidad y comunicación. Tampoco los contactos sexuales del grupo alcanzaron gran éxito. Sin embargo, el código de convivencia que elaboró, y que dejaría escrito en una cartulina pegada a la pared, se fue imponiendo por sí mismo.
Olga había conocido al Xavi en el festival de Canet. Por aquellos días se había distanciado de Iván, al plantearle éste la disyuntiva separación o cama.
Aquella noche, sola en la playa entre tanta gente, fumó más de la cuenta. Estaba bastante excitada cuando el Xavi le pidió que le sacara la arena que se le había metido en un ojo. Estuvieron charlando hasta la salida del sol, y Olga aceptó con cierta desgana visitar con el Xavi la comuna de Vallvidriera. Unos pocos kilómetros antes de llegar, el Xavi paró la «Morini». «¿Te gustaría acostarte conmigo?», le preguntó sin bajar de la moto. Olga se encogió de hombros. «Si no tienes ganas, seguimos», dijo el Xavi. Pero Olga se había hecho el ánimo, entre otras cosas porque le pesaba su propia virginidad.
Fue una experiencia grata. El Xavi, que había comprendido el problema de Olga, supo cómo tratarla. Desde entonces, Olga había vuelto por allí varias veces. Incluso después de haber hecho las paces con Iván. Ahora, después de la expulsión del colegio y el choque con su madre, se pasaba la mayor parte del día en la comuna, donde iba a buscarla cada tarde su hermano Enrique.