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Cerraba la tarde cuando salió del colegio. En el pino más grande del jardín, el que crecía detrás del edificio, los gorriones chillaban disputándose la querencia. El cielo, limpio de nubes, tenía la tonalidad violácea que adquiere en el otoño mediterráneo y que, en los espíritus sensibles, como el de Olga, suele propiciar una cierta melancolía. Distantes y jubilosos, llegaban hasta ella los gritos y las risas de las compañeras, que se desperdigaban por la calle en pequeños grupos de dos o tres. Olía a tierra mojada. A lluvia reciente.
Olga caminó en silencio. Iba abrazada a sus libros de texto, que había tenido buen cuidado en recoger antes de salir del aula. Sobre el brazo derecho llevaba un guardapolvo lila, bajo el que asomaba el mango de una raqueta de tenis.
Al doblar la primera esquina entró en el snack donde solía comer»
—Ponme un cubata, Andrés —dijo a un muchacho robusto con la cara llena de nódulos amoratados—. Y dame pelas para el teléfono. Apúntalo.
Después que hubo llamado se sentó ante una mesa de tabla rectangular que había delante de uno de los ventanales. De la escarcela que llevaba colgada al cuello sacó un paquete de «ducados» y el «Bic». Prendió, dejando que el humo de la primera bocanada calara hasta el vértice de los pulmones.
Se sentía relajada y cerró los ojos. Al segundo trago estaba más animada. La ginebra se le había pegado al paladar dejándole un gusto metálico y perfumado. Olga no pensaba en nada. Prefería no pensar. Miraba distraídamente a la calle, por la que circulaba muy de tarde en tarde algún vehículo. Cuando reconoció el motor de la «Derbi» que se acercaba petardeando apuró la bebida y salió a la acera. La moto se detuvo un momento y Olga rozó con los labios la mejilla del joven que la conducía. Se acomodó con los trastos detrás. En seguida salieron zumbando.
Luces, luminosos, destellos. Coches y más coches. Todo desfilaba rápidamente hacia atrás antes de que la retina tuviera tiempo de fijarlo. Caras, gestos, actitudes, se congelaban en su mente como se congelan las imágenes del cine o del televisor.
Bajaron por el Ensanche hasta las Ramblas. Al llegar cerca de la calle Pelayo, el joven conductor paró. Dejaron la moto en una acera y caminaron un rato. Frente al edificio de La Vanguardia, Olga se paró un momento.
Miró a su acompañante y le sonrió.
—Vamos —dijo resuelta.
—¿A dónde?
—Ahora lo verás.
En la sección Anuncios por palabras del diario, Olga tomó un impreso del montón que había en los escritorios empotrados a la pared. Cogió el bolígrafo y escribió con letra nerviosa: «Cambio madre en buen uso por bocata de anchoas con salsa romesco. Olga.» Puso debajo el número de teléfono de su casa y enseñó el texto a su acompañante.
—¿Tanta hambre tienes? —se limitó a comentar éste.
Ella abrió la mano derecha.
—Dame cien pelas, Iván. Sé bueno.
Pagó la inserción y salió, seguida de Iván, que había cargado con los libros y la raqueta.
Bajaron en silencio por Canaletas. Al llegar a una de las bocacalles torcieron y entraron en un hotelucho de mala muerte. Olga subió alegremente la sucia escalera. En su mano derecha tintineaba la llave de la habitación, sujeta a la placa de cobre por una cadenita dorada.
En seguida que entró encendió la luz del techo y se quitó el suéter y los jeans. Como no usaba sostén se quedó en minibragas negras.
—Estos puñeteros no encienden la calefacción ni a la de tres —dijo.
Se puso el guardapolvo lila sobre su propia desnudez.
—Hoy vas a violar a una tímida colegiala —dijo riendo—. Tú serías el dragón de San Jorge, símbolo del pecado. ¿No te hace ilusión?
Iván se encogió de hombros en la cama, donde se había sentado.
—Estás como una cabra —dijo. Y empezó a quitarse las botas.
Olga se acercó a él, que le preguntó:
—¿Te sigues acostando con el Xavi?
—La tímida doncella se acuesta con el dragón de San Jorge, con San Jorge y con la madre que lo parió.
Tomó la cabeza de Iván y la apretó con fuerza sobre el vientre. De sus labios entreabiertos salían menudos gritos guturales mezclados con palabras ininteligibles.