22

El «Ritz» tenía encendidas las luces de la fachada principal. Las banderas izadas en sus mástiles colgaban empapadas. Había poca gente en el vestíbulo. En cambio, la pequeña rotonda desde la que se baja al comedor estaba abarrotada.

Alejandro y Eulalia se abrían paso entre los corrillos que se habían formado en ella, buscando caras conocidas.

—¿Sabes por dónde cae nuestra mesa? —preguntó él.

—Ni idea.

El salón resplandecía. En las mesas, casi todas ocupadas ya, la luz de las arañas incidía sobre el cristal arrancándole reflejos brillantes. Contrastando con la blancura de los manteles, el rojo de los claveles diseminados en el centro ponía una alegre nota de vida entre los severos trajes de etiqueta y los tonos suaves de los vestidos de las señoras. Cumplidos. Saludos. Sonrisas. Ahora son los dedos afilados de una matrona entrada en carnes los que reclaman la atención de Eulalia, mientras su dueña le envía una sonrisa. En seguida, es un brazo de hombre el que se levanta sobre las cabezas saludando a los recién llegados. La charla es animada en las mesas, entre los corrillos que cambian impresiones. A medida que avanzan hacia el fondo, donde está instalada la mesa de la presidencia, sube el tono de la conversación, el estallido de las risas.

El maitre que finalmente se decidió a atenderlos tomó el ticket y, tras consultar un complicado plano, les hizo volver atrás. Un personaje con cara de lechuza y enormes gafas de conchas, que terminaba de aparecer en lo alto de la escalinata, concitaba los comentarios de los asistentes. Al pasar junto un grupito, Alejandro escuchó una pregunta: «¿No es Emilio Romero?» El interlocutor replicó con rapidez: «¿Cuál de ellos?»

En la mesa que les había sido asignada esperaba Fernandito Pons con una impresionante morena a su lado. Fernandito estaba descolorido, y al hacer las presentaciones apenas si le salía la voz. Alejandro, que había tomado asiento entre él y la morena, le preguntó al oído.

—¿Cómo has dicho que se llama?

—En realidad no lo sé. Tiene un nombre tan raro. Es yugoslava. Pero, mira, está buena.

Forcadell, alerta como siempre, se dirigió a Alejandro sin haber saludado i los demás.

—¿Te has enterado, Acosta?

—No sé. Tú dirás de qué.

—El Times se va al carajo. Lo sé de muy buena tinta. Ahí tienes un magnífico artículo. «El gigante de la Prensa británica a punto de naufragar.» Yo que tú cogía el avión mañana mismo.

—Habrá que pensarlo.

Detrás de Forcadell, esperando, había una joven vestida con un poncho de vivos colores. Era menuda, cetrina, de ojos almendrados y pelo negro como el azabache, peinado en dos rodetes con raya en medio. Forcadell la presentó como Gracia del Santísimo, y añadió, que era peruana.

—Descendiente de un Virrey, ahí como la veis.

Fernandito deslizó al oído de Eulalia una de sus mordacidades:

—De un Virrey y de una llamita hembra, de esas que triscan por los Andes. Porque hay que ver la cara de inca que tiene la nena.

Eulalia se cubrió la cara con una mano para ocultar la risa. Se encontraba a gusto en aquel ambiente. Charlaba por los codos y disfrutaba descubriendo rostros conocidos, por lo que no dejaba de mirar en todas direcciones. De repente descubrió a una señora joven elegantemente vestida, que no le quitaba ojo. Eulalia fingía no verla, aunque cada vez que la miraba disimuladamente se sentía como taladrada por su mirada severa, insistente.

Se inclinó hacia Alejandro y le preguntó en voz baja:

—¿Quién es esa preciosidad? No deja de mirarme.

A él le dio un vuelco el corazón.

—¡Vaya!

Eulalia le puso una mano sobre el antebrazo.

—Te has puesto pálido. ¿Quién es?

—Beatriz. Mi hija mayor.

Se quitó los lentes y entornó los ojos.

—¿Con quién está?

—Pues, no lo sé. Es la primera vez que la veo. O al menos, que me fijo en ella.

Pero me parece que su pareja es ese joven calvo. El de la barba negra.

En aquel preciso instante hizo entrada el President. Le precedía su mujer, sonriente, llevando un ramo de rosas más grandes que ella. Aplausos discretos. Un «visca Catalunya», que naufraga en el silencio. Flashes. Reporteros que se arremolinan en torno al honorable. Detrás, muy serio, mirando a todos lados con expresión bobalicona, el alcalde Socías. De vez en cuando se inclinaba hada un personaje muy bajito para oír lo que decía. Cerrando la marcha, consellers y políticos catalanes: el inevitable Sentís, Barrera, Magín, el cachazudo López Raimundo. Forcadell se levantó y estrechó calurosamente la mano de Tarradellas.

En seguida que los primates se sentaron a la mesa presidencial empezó el movimiento de los camareros.

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