PRÓLOGO

Éste es uno de los libros más bellos que conozco. Y muy posiblemente la correspondencia más bella que haya leído nunca. ¿Posiblemente? Me lo pregunto al pensar en las Cartas a un joven poeta de Rainer Maria Rilke, en su belleza soberana, depurada, casi milagrosa. Pero ¿forman realmente una correspondencia? Por su origen, sin duda. Pero ¿acaso en su desarrollo, en su contenido, en su esencia? Sólo se oye la voz de Rilke, fraternal, ciertamente, pero también altiva y solitaria: es como un monólogo sublime, que sólo hubiera consentido, excepcionalmente, dirigirse a alguien en concreto para hablar a todos. Nada de eso hay aquí. Las cartas que se intercambiaron George Sand y Gustave Flaubert (aunque pudieran sospechar que otros, más tarde, las leerían) no se dirigen más que a ellos dos: constituyen, durante trece años (se conocieron tarde), una verdadera correspondencia, con todos los riesgos que ello supone, las interrupciones, las reanudaciones, los relatos, las confidencias, los sobreentendidos, los guiños, las discusiones, los conflictos tal vez, y sobre todo, entre dos escritores de valor desigual y de ideologías opuestas, esa mezcla tan rara de afecto y de admiración, de complicidad y de asombro, de generosidad y de humor, de ternura y de lucidez. El más talentoso de los dos supo reconocer en seguida que el talento no lo es todo, que ni siquiera es lo esencial.

Esta correspondencia no goza, ni siquiera en Francia, de toda la notoriedad que merece. Es un libro para los happy few, que uno sólo recomienda a quien lo merece. ¿Literatura? Sin duda, pero también mucho más. Es la historia de un encuentro, de una amistad, entre un hombre y una mujer a quienes todo separa, como un diálogo improbable y fecundo, donde cada uno de los dos protagonistas encuentra, sólo gracias al otro, su verdad más alta, la más necesaria, la más íntima, la más universal. Un hombre, una mujer: él misógino o misántropo a conciencia, gruñón, pesimista, decididamente apolítico, socialmente más bien conservador (no ama ni a los burgueses ni al pueblo), en definitiva, alguien que no cree más que en el arte —es un prosista de genio— y desprecia todo lo demás; ella humanista, feminista, progresista, incluso utópica o socialista, que ama menos el arte que la vida y menos el genio que la humanidad.

Lo bello es que cada uno de los dos percibe la superioridad del otro, y aún lo ama más. George Sand sabe perfectamente que Flaubert es un escritor más grande que ella, que escribe mejor, que apunta más alto, en literatura, con una exigencia de la cual ella se sabe y se ve incapaz. Flaubert, inversamente, no deja de constatar la superioridad humana de George Sand: ella vive mejor que él, cosa nada difícil, ama mejor, siente mejor, actúa mejor… Ella es una mujer muy vital, él es un gran artista. Literariamente, están en las antípodas. Él no se compromete más que con la forma; ella con el fondo. Él desconfía de las ideas, y más aún de los ideales; para Sand, las ideas son las armas para defender los ideales. Él no quiere aparecer en absoluto en sus libros; ella se presente en todos los suyos. Él escribe con dificultad, lenta, laboriosamente; ella hace gala de una facilidad y una abundancia casi exageradas. Él trabaja para la eternidad; ella para sus contemporáneos. Él practica una suerte de desolación literaria; ella cultiva más bien la consolación (son las palabras que ella misma utiliza: «Tú, con toda seguridad, vas a hacer la desolación, y yo la consolación»). Él no apunta más que a lo verdadero y lo bello; ella los ve ambos al servicio del bien y lo justo. Nuestra época, cínica o desengañada, juzgará a Flaubert como un individuo más lúcido, y reprochará a George Sand su ingenuidad, su optimismo, sus buenos sentimientos. Pero él es demasiado inteligente, demasiado culto, demasiado lúcido, de hecho, como para no percibir los límites de su propio esteticismo, y demasiado generoso, demasiado sensible, aun a su pesar, como para no estar impresionado por la humanidad radiante e incansable de aquélla a quien llama su «querida y amada maestra» y que a su vez lo bautiza como su «querido viejo trovador». En cuanto a ella, no se deja engañar ni por «la sacrosanta literatura» de su amigo, ni por sus propias ideas. Ella vive como puede, como quiere, devotamente dedicada a los que ama, más todavía que a su obra, siempre ocupada, siempre atenta (sí: a la vez activa y contemplativa, es su marca, su singularidad, su genio personal), maravillosamente viva, maravillosamente profunda y fuerte, sutil y simple. «Una gran sabiduría nos salva», dice ella, lo cual no es una doctrina, sino la vida misma, el amor mismo («hay que apresurarse a amar»), sin la cual todo el resto no es sino literatura, en efecto, y resulta irrisorio. Es la sabiduría del viento («deja, pues, al viento correr un poco entre tus cuerdas»), la misma de Montaigne, la única.

El más idealista de los dos no es ella, como podría parecer. El “realismo” de Flaubert —una palabra, por otra parte, que aborrecía— no tiene sentido si no está al servicio de un ideal estético casi religioso (eso que él mismo denomina su «misticismo estético»). En cambio, el idealismo de George Sand está abierto a la realidad, tanto natural como social, a la vida material, a lo cotidiano, a su familia, a sus amigos, a la humanidad. ¿Qué tienen en común, pues, los dos amigos? Una cierta distancia respecto del ego; pero en él a favor exclusivamente del arte, al menos es lo que desearía («¿qué importa el señor Gustave Flaubert?»); en ella en una unidad más profunda con todo lo que vive y muere («No hay nada más interesante, en mi vida, que los demás»). La inteligencia, en los dos casos, se debe al encuentro con lo real. Pero la de Flaubert siempre se subleva; la de Sand es más abierta, más apacible, más serena. Él brama; ella sonríe.

Ella tiene diecisiete años más que él. Quizá eso explique que él la trate de “usted” todo el tiempo, mientras que ella lo tutea al cabo de pocos años. Pero todo, en su correspondencia, indica que hay algo más que esa diferencia de edad: Flaubert, que no comparte las ideas de George Sand, siente sin embargo la superioridad, ciertamente no literaria pero sí humana y espiritual, de su querida vieja amiga. Ella morirá cuatro años antes que él. «Había que conocerla como yo la he conocido —escribirá entonces— para saber todo lo que había de femenino en ese gran hombre, la inmensidad de ternura que se hallaba en ese genio. Ella permanecerá como una de las luminarias de Francia, y una gloria única». Los dos se quisieron amigablemente, pero también con ternura y pasión, y supieron encontrar las palabras, a lo largo de trece años, para decírselo. ¡Qué calidez, qué vivacidad, qué libertad de tono y estilo! Porque también eran dos grandes escritores, y por ello este libro singular alcanza lo universal. ¿Qué nos enseña? Que hay algo más importante que la literatura, que es la vida misma, y el amor a la vida, y el amor a los vivos. Eso le da la razón a George Sand, y me gusta que Flaubert, sin reconocerlo explícitamente, no lo contradiga. La literatura no ha salvado nunca a nadie. Los grandes escritores lo saben, y eso los salva.

André Comte-Sponville

París, diciembre de 2009.

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