14. SAND A FLAUBERT
[Palaiseau, 30 de noviembre de 1866]
Habría mucho que decir sobre todo esto, mi compañero. Mi Renacuajo —llamo así al novio en cuestión— se reserva para su novia. Ella le ha dicho: esperemos a que hayas resuelto tu trabajo, y él trabaja. Ella le ha dicho: guardemos nuestra pureza el uno para el otro, y él se guarda. No es el espiritualismo católico el que lo asfixia, sino que se hace una alta idea del amor, y ¿por qué aconsejarle que la pierda, si él compromete su conciencia y su mérito en conservarla?
Hay un equilibrio que la naturaleza, nuestra soberana, coloca en nuestros instintos, y ella misma limita rápidamente nuestros apetitos. Las grandes naturalezas no son las más robustas. Ninguna educación, por lógica que sea, nos hace desarrollarnos en todos los sentidos. De cualquier manera, somos reprimidos, y hacemos crecer nuestras raíces y nuestras ramas donde y como podemos. También los grandes artistas enferman a menudo y muchos de ellos han sido débiles. Y aquellos a los que el deseo hace fuertes, se agotan deprisa. En general, creo que nosotros, los que trabajamos con el cerebro, tenemos alegrías y penas muy intensas. El campesino, que faena rudamente noche y día con la tierra y con su mujer, no es una naturaleza fuerte. Su cerebro es de los más débiles. ¿Desarrollarse en todos los sentidos, dice usted? ¡No a la vez, ni sin reposo, está claro! Aquellos que se jactan de hacerlo, exageran un poco, o si es verdad que lo hacen todo a la vez, todo es incompleto. Si el amor es para ellos un mero plato caliente y el arte un simple medio de vida, les irá bien; pero si sienten el placer inmenso, cercano al infinito, y el trabajo ardiente, cercano al entusiasmo, no lo alternan como la vigilia y el sueño. No creo en esos donjuanes que son a la vez Byron. Don Juan no hizo poemas y Byron, según dicen, no hacía muy bien el amor. Debió de conocer alguna vez —se pueden contar con los dedos de una mano esas emociones en toda una vida— el éxtasis completo del corazón, el espíritu y los sentidos; lo suficiente como para ser uno de los grandes poetas del amor. A los instrumentos de nuestra vibración no les hace falta más. El viento incesante de los pequeños apetitos los destrozaría. Trate de hacer algún día una novela en que el artista (el verdadero) sea el héroe; verá con qué vigor enorme, pero delicado y contenido, lo observa todo con mirada atenta, curiosa y tranquila y cómo su atracción por las cosas que examina y penetra será distinta y seria. Verá también cómo se teme a sí mismo, cómo sabe que no puede dejarse ir sin aniquilarse, y cómo un profundo pudor de los tesoros de su alma le impide desparramarlos y malgastarlos. El artista es un personaje interesantísimo, que yo no he osado nunca hacer realmente. No me siento digna de tocar esa figura demasiado bella y demasiado complicada. Es apuntar demasiado alto, para una simple mujer. Pero a usted puede tentarlo alguna vez, y seguro que valdrá la pena. ¿Dónde está el modelo? No lo sé. No he conocido a fondo a ningún artista sin alguna mancha, quiero decir que no tenga un lado algo tendero. Usted, que posiblemente no tenga esa mancha, podría tomarse como modelo. Yo la tengo. Me gustan las clasificaciones, soy algo pedagoga. Me gusta coser y limpiar para los niños, soy algo sirvienta. Tengo distracciones, soy algo idiota. Y, al fin y al cabo, no me gustaría la perfección. La aprecio y no la sabría expresar. Pero también podrían encontrársele algunos fallos a su naturaleza: ¿cuáles? Algún día lo investigaremos. No es su tema de ahora mismo y no debo distraerlo. No sea usted tan cruel consigo mismo, siga adelante, y cuando el soplo lo haya creado todo, ya reconducirá el tono general y sacrificará aquello que no debería estar según el primer plan. ¿No puede ser así? Yo creo que sí. Lo que usted hace parece tan fácil, de tal abundancia, es un exceso perpetuo. No comprendo su angustia.
Buenas noches, querido hermano. Besos a todos. He regresado a mi soledad de Palaiseau. La amo. Vuelvo a París el lunes.
Un fuerte abrazo. Trabaje mucho.