161. SAND A FLAUBERT
[Nohant, 12 de enero de 1876]
Mi querido Botija,
Querría escribirte todos los días; me falta tiempo. En fin, ahora tengo un rato libre; estamos sepultados por la nieve; es un tiempo que adoro: esta blancura es como una purificación general, y las diversiones dentro de casa son más íntimas y más dulces. ¿Se puede odiar el invierno en el campo? ¡La nieve es uno de los más bellos espectáculos del año!
Parece que no soy suficientemente clara en mis sermones; tengo eso en común con los ortodoxos, pero yo no lo soy; ni en la noción de la igualdad, ni en la de la autoridad, no tengo ideas fijas. Quizá piensas que quiero convertirte a una doctrina. Pero no, ni lo sueño. Cada uno tiene su punto de vista, y yo lo respeto. En pocas palabras, puedo resumir el mío: no colocarse detrás de un cristal opaco, que no refleja más que tu propia nariz. Ver tan lejos como sea posible, el bien, el mal, cerca, alrededor, por todas partes; percibir la gravitación incesante de todas las cosas tangibles hacia la necesidad del bien, de lo bueno, de lo verdadero, de lo bello.
No digo que la humanidad esté en camino hacia su cima. Confío en ello, a pesar de todo; pero no discuto sobre eso, es inútil, porque cada uno juzga según su visión personal, y es cierto que el aspecto general es ahora mismo bastante pobre y feo. Además, no tengo necesidad de estar segura de la salvación del planeta y de sus habitantes para creer en la necesidad del bien y de lo bello; si el planeta no sigue esa ley, perecerá; si los habitantes la rechazan, serán destruidos. Otros astros, otras almas tomarán el relevo, ¡qué se le va a hacer! En cuanto a mí, quiero gravitar, hasta mi último suspiro, no con la certeza ni la exigencia de encontrar en el más allá un buen lugar, sino porque mi único placer es mantenerme, con los míos, en el camino que asciende.
En otras palabras, huyo de la cloaca y busco lo seco y limpio, segura de que es la ley de mi existencia. Ser hombre es poca cosa; estamos todavía muy cerca del mono, del cual dicen que procedemos. Tal vez sea así; razón de más para alejarnos de él y poder llegar al menos a la altura de la verdad relativa que a nuestra raza le ha sido dado comprender; ¡ciertamente muy pobre, muy limitado, muy humilde! Pues bien, asumámoslo en la medida de lo posible y no suframos porque alguien nos lo quite.
Creo que estamos de acuerdo en esto; pero yo practico esta simple religión y tú no, porque te dejas abatir; tu corazón no se ha dejado penetrar por ella, por lo cual maldices la vida y deseas la muerte como un católico que aspira a la compensación, aunque ésta sea sólo el reposo eterno. Nadie puede estar seguro de esa compensación. La vida quizá es eterna, y en consecuencia el trabajo eterno. Si no es así, si el YO perece del todo, tengamos la decencia de haber hecho nuestra tarea, es nuestro deber; porque tenemos deberes evidentes hacia nosotros mismos y nuestros semejantes. Lo que destruyamos en nosotros, lo destruiremos en ellos. Nuestro abatimiento los abate, nuestras caídas los arrastran; debemos permanecer en pie para que ellos no caigan. El deseo de una muerte próxima, como el de una vida larga, es una debilidad, y quisiera que no la admitieras más como un derecho. Yo he creído tenerlo en otro tiempo; creía sin embargo lo que hoy pienso; pero no tenía fuerza y, como tú, decía: “No puedo hacer nada”. Me engañaba a mí misma. Uno lo puede todo. Uno tiene la fuerza que no creía tener, cuando uno desea ardientemente “ascender”, subir un escalón cada día, decirse: “El Flaubert de mañana tiene que ser superior al de ayer, y el de pasado mañana, más sólido y más lúcido aún”. En cuanto sientas el pie en el escalón, lo subirás enseguida. Entrarás poco a poco en la edad más feliz y más favorable de la vida: la vejez. Es en ella cuando el arte se manifiesta con toda su dulzura; mientras uno es joven, se manifiesta con angustia. Tú prefieres una frase bien hecha a toda la metafísica. A mí también me gusta ver resumido en unas cuantas palabras aquello que llena gruesos volúmenes; pero, esos volúmenes hay que haberlos comprendido a fondo (sea para admitirlos, sea para refutarlos) para encontrar el resumen sublime que es el arte literario en su más alta expresión; por eso no hay que despreciar los esfuerzos del espíritu humano para llegar a la verdad.
Te digo esto porque me parece que tienes una confianza excesiva en las palabras. En el fondo, tú lees, cavilas, trabajas más que yo y que muchos otros. Tú has adquirido una formación a la cual yo no llegaré jamás. Eres, pues, cien veces más rico que todos nosotros; eres rico y lloras como un pobre. ¿Cómo hacer caridad con un mendigo que tiene su jergón lleno de oro, pero que no se quiere nutrir más que de frases bien hechas y de palabras escogidas? Pero, diablos, hurga en tu jergón y come tu oro. Nútrete de las ideas y los sentimientos amasados en tu cabeza y en tu corazón; las palabras y las frases, la forma a la que tanta importancia das, saldrá sola de tu digestión. Tú la consideras un fin, no es más que un efecto. Las manifestaciones felices no salen más que de una emoción, y una emoción no sale sino de una convicción. Uno no puede sentirse fuertemente emocionado por algo en lo que no cree con ardor.
No digo que tú no creas, al contrario: toda tu vida de afecto, de protección y de bondad amable y simple, prueba que tú eres el más convencido de que existe. Pero, en cuanto hablas de literatura, ¡quieres, no sé por qué, ser otro hombre, uno que debe desaparecer, que se aniquila, que no está! ¡Qué manía! ¡Qué falsa regla de buen gusto! Nuestra obra no vale nunca más que por lo que valemos nosotros mismos.
¿Quién te habla de poner a tu persona en escena? Eso, en efecto, no vale nada, si no se hace realmente como un relato. Pero ¿retirar la propia alma de aquello que uno hace, qué fantasía enfermiza es ésa? Ocultar la propia opinión sobre los personajes que uno saca a escena, dejar en consecuencia al lector dudando sobre la opinión que debería tener, es querer no ser comprendido, y, desde ese momento, el lector te abandona; porque, si quiere entender la historia que le cuentas, es a condición de que le muestres claramente que éste es un personaje fuerte y aquél uno débil.
La educación sentimental fue un libro incomprendido, te lo he dicho más de una vez, y no me has escuchado. Le faltaba o bien un corto prólogo o, en cada ocasión, una expresión a propósito, ni que fuera un epíteto felizmente encontrado para condenar el mal, caracterizar el desfallecimiento, señalar el esfuerzo. Todos los personajes de ese libro son débiles y todo lo abortan, excepto lo que sigue sus malos instintos; he ahí el reproche que te hago, porque no se comprendió que tú querías precisamente retratar una sociedad deplorable, que fomenta esos malos instintos y arruina los nobles esfuerzos; siempre que no se nos comprende en absoluto, es culpa nuestra. Lo que el lector quiere, ante todo, es penetrar en nuestro pensamiento, y eso es lo que tú le niegas con altivez. Entonces cree que lo desprecias y que te quieres burlar de él. Yo te he comprendido porque te conocía. Si me hubiera llegado tu libro sin firma, lo habría encontrado bello pero extraño, y me preguntaría si eres un inmoral, un escéptico, un indiferente o un derrotado. Tú dices que debe ser así y que el señor Flaubert faltaría a las reglas del buen gusto si mostrara su pensamiento y el objetivo de su empresa literaria. Eso es falso, archi-falso. Desde el momento en que el señor Flaubert escribe bien y seriamente, uno se adhiere a su personalidad, uno quiere perderse o salvarse con él. Si lo dejas en la duda, ya no se interesa más por tu obra, la malinterpreta o la abandona.
Otras veces ya he combatido tu herejía favorita, que es que uno escribe para veinte personas inteligentes y que el resto da igual. Eso no es cierto, porque la falta de éxito te irrita y te afecta. Además, no hubo veinte críticas favorables a ese libro tan bien hecho y tan notable. No hay que escribir para veinte personas, ni para tres, ni para cien mil. Hay que escribir para todos aquellos que tienen sed de lectura y que pueden aprovechar una buena obra. Hay que ir directamente a la moralidad más elevada que uno encuentre en sí mismo y no hacerse el misterioso con el sentido moral y provechoso de su obra. Eso sucedió con Madame Bovary. Si una parte del público se exclamó escandalizada, la parte más sana y juiciosa vio una dura y desgarradora lección dada a la mujer sin conciencia y sin fe, a la vanidad, a la ambición, a la sinrazón. Unos la compadecían, otros la querían; pero la lección quedaba clara, y podría haberlo quedado más, y para todos, si hubieras querido, mostrando de antemano la opinión que tú tenías, y que debía tenerse, de la heroína, de su marido y de sus amantes.
Esa voluntad de pintar las cosas como son, las aventuras de la vida tal como se presentan a la vista, no está bien pensada, para mí. Pintad de forma realista o poética las cosas inertes, eso me da igual; pero, cuando uno aborda los movimientos del corazón humano, es otro asunto. No podéis abstraeros de esa contemplación; porque el hombre sois vosotros, es el lector. En cualquier caso, vuestro relato es una charla entre vosotros y él. Si le mostráis fríamente el mal sin mostrarle nunca el bien, se contraría. Se pregunta si es él el malvado o si lo sois vosotros. Trabajáis, sin embargo, para emocionarlo y captar su atención; no lo conseguiréis jamás si antes no os habéis emocionado vosotros mismos, o si lo disimuláis tan bien que os juzga indiferentes. Tiene razón: la suprema imparcialidad es una cosa antihumana y una novela debe ser humana ante todo. Si no lo es, le vale de bien poco estar bien escrita, bien compuesta y llena de detalles bien observados. Le falta la cualidad esencial: el interés.
El lector se desentiende igualmente de un libro donde todos los personajes son buenos sin matices y sin debilidades; enseguida se da cuenta de que eso tampoco es humano. Creo que el arte, este arte especial de la narración, no vale si no es por la oposición de los caracteres; pero, en su lucha, yo quiero ver triunfar el bien; que los hechos aplasten al hombre honesto, lo consiento, pero no que sea corrompido ni domesticado por ellos; debe subir al patíbulo sintiendo que es más feliz que sus verdugos.
15 de enero de 1876.
Hace tres días que te escribí esta carta y, todos los días, estoy a punto de tirarla al fuego; porque es larga y dispersa, y probablemente inútil. Las naturalezas opuestas en ciertos asuntos difícilmente se influyen y temo que no me entiendas mejor hoy que la otra vez. Te envío de cualquier modo estos garabatos para que veas que me preocupo por ti tanto como por mí misma.
Necesitas un éxito después de una mala época que te ha afectado profundamente; yo te digo dónde están las condiciones seguras para el éxito. Guarda tu culto por la forma; ocúpate ante todo del fondo. No tomes la verdadera virtud por un lugar común en la literatura. Dale su representación, haz pasar la honestidad y la fuerza a través de esos locos e idiotas de los que te gusta burlarte. Muestra lo que hay de sólido en el fondo de esos abortos intelectuales; en fin, deja de lado las convenciones realistas y regresa a la verdadera realidad, que presenta una mezcla de lo bello y lo feo, de lo apagado y lo brillante, pero donde la voluntad del bien encuentra a pesar de todo su lugar y su utilidad.
Un abrazo de todos nosotros.