8. SAND A FLAUBERT
[París, 13-14 de noviembre de 1866]
Noche del martes al miércoles
[…] He estado dos días enferma. Ya estoy recuperada. Su carta me aporta bienestar. Responderé a todas las preguntas, tal como usted ha respondido a las mías. ¿No es una suerte poderse contar toda la vida? Es bastante menos complicado de lo que creen los burgueses, y los misterios que uno puede revelar al amigo son siempre lo contrario de lo que suponen los indiferentes.
He sido muy feliz durante los ocho días junto a usted. Ninguna inquietud, un buen nido, un bello paisaje, unos corazones afectuosos, y su hermoso y franco rostro que tiene algo de paternal. La edad no importa, se siente en usted una protección de bondad infinita, y una tarde en que llamó a su madre hija mía, me vinieron las lágrimas a los ojos. Me costó marcharme, pero la verdad es que le impedía trabajar. Y además, además… una enfermedad de mi vejez es no poder estarme quieta en un sitio. Tengo miedo de atarme demasiado y de cansar. Los viejos deben ser de una discreción extrema. De lejos, puedo decirle cuánto lo amo sin miedo a hacerme pesada. Es usted uno de los raros que se mantienen impresionables, sinceros, amantes del arte, no corrompidos por la ambición, no embriagados por el éxito. Ciertamente, usted tendrá siempre veinticinco años ante todas esas ideas que han envejecido, según pretenden los seniles jóvenes de este tiempo. Creo que lo de esos jóvenes es ante todo una pose, pero no deja de ser estúpida. Si es impotencia, es aún peor. Son hombres de letras en vez de hombres.
Ánimo con la novela.[26][27] Me pareció exquisita; pero es curioso: hay toda una parte de usted que no se revela ni se traiciona en lo que hace, algo que probablemente usted mismo ignora. Acabará saliendo, estoy segura.
Le envío un tierno abrazo, y lo mismo a su mamá, y a su simpática sobrina. […]
[sin firma]