50. FLAUBERT A SAND
[Croisset, 23-24 de febrero de 1869]
Noche del martes
¿Lo que creo yo, querida maestra? ¿Si hay que exaltar o reprimir la sensibilidad de los niños? Me parece que no hay que tener ninguna idea preconcebida sobre el particular. Hay que hacer según se inclinen ellos hacia lo mucho, o lo poco. No se cambia el fondo, por otra parte. Hay naturalezas tiernas y naturalezas secas, irremediablemente. Nada debería haberme endurecido tanto como haber sido criado en un hospital, y haber jugado, de niño, en un anfiteatro de disección. Sin embargo, nadie es más impresionable que yo respecto a los dolores físicos. Es verdad que soy hijo de un hombre que era extremadamente humano, sensible en el buen sentido de la palabra. La visión de un perro que sufría humedecía sus ojos. No por ello hacía peor sus operaciones quirúrgicas. Y realizó algunas realmente terribles. «No mostrar a los pequeños más que lo dulce y bueno de la vida, hasta el momento en que la razón pueda ayudarlos a aceptar o a combatir el mal», ése no sería mi consejo. Porque en ese caso debe de producirse en su corazón algo horrible, un desencanto infinito, y porque, ¿cómo podría formarse la razón, si no se aplica (o si uno no la aplica diariamente) a distinguir el bien del mal? La vida debe ser una educación incesante. Hay que aprender, desde que uno empieza a Hablar hasta Morir.
Me dice usted cosas muy ciertas sobre la inconsciencia de los niños. Quien pudiera leer claramente en sus pequeños cerebros encontraría las raíces mismas del genio humano, el origen de Dios, la savia que produce más tarde las acciones, etc. Un negro que habla a su ídolo y un niño a su muñeca me parecen cercanos uno al otro.
El niño y el bárbaro (el primitivo) no distinguen lo real de lo fantástico. Recuerdo perfectamente que a los cinco o seis años quería “enviar mi corazón” a un niñita de la que me había enamorado (me refiero a mi corazón material). ¡Ya lo veía, en medio de la paja, en una fuente, una fuente para ostras!
Pero nadie ha ido tan lejos como Usted en esos análisis. Hay en la Histoire de ma vie algunas páginas de una profundidad desmesurada. Esto que digo es totalmente cierto, pues los espíritus más alejados del suyo, quedan atónitos ante ellas. Pongo por testigos a los Goncourt. […]
¡Su pobre nuera debe estar pasándolo muy mal! ¡Y Maurice, claro está! ¡Y usted también! Lo siento por todos. He visto al señor Calamatta dos veces: una vez en casa de la señora Colet, y la segunda en casa de usted, la primera vez que fui a visitarla. Deme noticias suyas.
¡Y el invierno que sigue! Raras veces he pasado uno mejor, a pesar de una abominable gripe que me hizo toser y moquear durante tres semanas. Espero, en unos diez días, comenzar mi penúltimo capítulo. Cuando ya lo tenga en marcha (hacia la mitad), iré a París. Hacia Pascua, no antes. Cuento con que nos veamos. Pues la echo de menos como un animal. O más bien como un hombre de espíritu.
El buen Turguéniev estará en París a finales de marzo. Sería bonito que cenásemos los tres juntos. […]
Ahora releo Don Quijote. ¡Qué libro gigantesco! ¿Hay otro más hermoso?
Van a dar las cuatro. Es hora de irse a la cama.
Adiós, la beso en las dos mejillas, igual que a la señorita Aurore, con toda la ternura del trovador.