80. FLAUBERT A SAND
[Croisset, 21-22 de mayo de 1870]
Noche del sábado
¡No, querida maestra! No estoy enfermo, pero he estado ocupado por mi mudanza de París y mi reinstalación en Croisset. Además, mi madre ha estado bastante indispuesta. Ahora se encuentra mejor. Después, me he puesto a desembrollar el resto de papeles de mi pobre Bouilhet, sobre quien ya he empezado el texto. Esta semana he escrito cerca de seis páginas, lo que para mí está muy bien; este trabajo me resulta penoso de cualquier modo. Lo difícil es saber qué no hay que decir. Me aliviaré un poco, dejando ir dos o tres opiniones dogmáticas sobre el arte de escribir. Será la ocasión para expresar lo que pienso, cosa dulce de la que me he privado largo tiempo.
Me dice usted cosas muy bellas y muy buenas también, para retornarme el coraje. No lo tengo apenas, pero hago como si lo tuviera, lo que tal vez venga a ser lo mismo.
No siento ya la necesidad de escribir, porque escribía especialmente para un solo ser que ya no está. ¡Ésa es la verdad! Y sin embargo continuaré escribiendo. Pero el gusto ya no está, la implicación se ha ido. ¡Hay tan pocas personas que amen lo que yo amo, que se inquieten por lo que me preocupa! ¿Conoce usted en París, que es tan grande, una sola casa donde se hable de literatura? ¡Y cuando se aborda eventualmente, es siempre por sus lados subalternos y exteriores, la cuestión del éxito, de la moralidad, de la utilidad, de la actualidad, etc.! Me parece que me convierto en un fósil, un ser sin relación con lo que le rodea.
Lo mejor que podría pedir es volver a sentir un afecto nuevo. Pero ¿cómo? Casi todos mis viejos amigos están casados, oficiales, pensando en su pequeño comercio todo el año, en la caza durante las vacaciones, en el whist después de comer. No conozco uno que sea capaz de pasar conmigo una tarde leyendo a un poeta. Ellos tienen sus asuntos; yo no tengo asuntos. Dese cuenta de que estoy en la misma posición social en que me encontraba a los 18 años. Mi sobrina, a la que amo como a una hija, no vive conmigo, y mi pobre buena madre está tan vieja que toda conversación (dejando aparte su salud) es imposible con ella. Todo esto da lugar a una existencia poco risueña.
En cuanto a las damas, “mi pequeña localidad” no dispone de ellas, y, después de todo, ¡para qué!… No he podido jamás compartir a Venus con Apolo. O es una o el otro, pues soy un hombre de excesos, que se da todo entero a aquello que practica.
Me repito las palabras de Goethe: «por encima de las tumbas, adelante», y espero habituarme a este vacío. Nada más.
Cuanto más la conozco a usted, más la admiro. ¡Qué fuerte es!
Pero es usted demasiado buena; haber escrito por su cuenta al hijo de Israel… ¡Que se guarde su oro! Ese granuja no duda en absoluto de su bondad, debe de creerse muy generoso proponiéndome prestarme dinero sin intereses, pero a condición de atarme con un nuevo contrato. No se lo tengo en cuenta, porque no me ha herido, no me ha tocado ninguna fibra sensible.
Aparte de un poco de Spinoza y de Plutarco, no he leído nada desde mi retorno, estando como estoy muy ocupado con mi trabajo actual. Es una tarea que me llevará hasta fin de julio. Tengo ganas de quitármela de encima para volverme a lanzar a las extravagancias del buen san Antonio. Pero tengo miedo de no estar suficientemente dispuesto.
Es una bella historia, ¿no es cierto?, esa de la señorita de Hauterive.[93] Ese suicidio de amantes para huir de la miseria debe de inspirar bellas frases morales a Prudhomme.[94] Yo los comprendo. Lo que hicieron no es americano sino algo como romano y antiguo. No eran fuertes, cierto, ¿tal vez demasiado delicados?
¿Cuándo nos veremos?
Saludos a Maurice (que se cuide y cure definitivamente su fuelle). Cuatro buenos besos a sus nietas, un buen apretón de manos a todos y a usted
Su viejo trovador