109. FLAUBERT A SAND

[París, 12 de octubre de 1871]

Jueves por la tarde

¡Jamás en la vida, querida buena maestra, había dado usted una muestra parecida de su inconcebible candor! ¿Cómo? ¿En serio cree usted haberme ofendido? ¡La primera página de su carta casi parece una excusa! ¡Me hace reír! ¡Además, usted puede decirme de todo! ¡De todo! Sus golpes serán para mí caricias.

Usted presta sus cualidades a los demás, juzgándolos a priori llenos de buenos sentimientos. Me refiero a una de sus últimas cartas, en la que usted consideraba muy bien y muy valiente el retorno de la princesa Mathilde a Saint-Gratien. A mí me parece bien, pero para mí, porque la quiero y su compañía me es agradable. En cuanto a ella, opino que debería haberse quedado un tiempo más en el exilio. Eso hubiera sido más valeroso, y de un corazón más bravo. Pero como ella se moría de ganas de volver a Francia, me callé, e incluso me puse a su servicio, pues uno de mis amigos íntimos fue quien hizo los trámites necesarios para ello. Ella regresó porque es como un niño malcriado que no sabe resistir a sus impulsos. He ahí toda la psicología del asunto. Y yo le hice un bonito favor (del que ella no se enteró) yendo a su casa de Saint-Gratien, ¡en medio de los prusianos! Había dos soldados en la puerta. Como no tengo ni una gota de sangre de emperador en mis venas, sudé la gota gorda cuando pasé delante de los guardias. Yo bien que me privé de mi casa, cuando los prusianos se instalaron allí. Creo que ella podía haber hecho lo mismo. Guarde esto para usted, por supuesto, ¡y no hablemos más de ello!

¡En fin, volvamos a la discusión! Me repito, insistiendo de nuevo sobre la Justicia. Vea usted cómo se ha llegado a negarla por doquier. ¿Es que acaso la Crítica moderna no ha abandonado el arte por la historia? El valor intrínseco de un libro no es nada en la escuela Sainte-Beuve-Taine. Se toma todo en consideración, excepto el talento. De ahí, en los periódicos, el abuso de la personalidad, las biografías, las diatribas. Conclusión: la falta de respeto del público.

En el teatro, la misma historia. No se preocupan por la obra, sino por la idea que hay que predicar. Nuestro amigo Dumas sueña con la gloria de Lacordaire. ¡O más bien de Ravignan! Impedir que se arremanguen las faldas se ha convertido, hoy, en una idea obsesiva. ¡Vea usted nuestros avances, cuando toda la moral consiste para las mujeres en privarse del adulterio, y para los hombres en abstenerse de robar!

En resumen, la primera injusticia ha sido practicada por la Literatura, que no se preocupa por la Estética, la cual no es más que una justicia superior. Los Románticos deberán rendir cuentas con su sentimentalidad inmoral, su neocristianismo, peor que el viejo. Recuerde usted una historia del viejo Hugo, en La leyenda de los siglos, donde un sultán es salvado porque ha tenido piedad… de un cerdo. ¡Es siempre la historia del Buen Ladrón, bendecido porque se arrepintió! Arrepentirse está bien, pero no hacer el mal vale más. La escuela de las rehabilitaciones nos ha llevado a no ver ninguna diferencia entre un granuja y un hombre honesto. Una vez, discutiendo con Sainte-Beuve, ante testigos, le rogué que tuviera tanta indulgencia con Balzac como la tenía con Jules Leconte.[100] Me respondió tratándome de “gañán”. He ahí adónde lleva la generosidad.

Se ha perdido tan totalmente el sentido de la proporción que el consejo de guerra (de Versalles) trata más duramente a periodistas implicados que a organizadores de la insurrección. ¡Es para volverse loco! Esos señores, por otra parte, me interesan muy poco. Creo que se habría debido condenar a galeras a toda la Comuna, y obligar a esos imbéciles sanguinarios a limpiar todas las ruinas de París, con la cadena al cuello, como simples forzados. Pero eso hubiera herido a la humanidad; hay que ser tierno con los perros rabiosos. Y que se zurzan aquéllos a quienes han mordido.

Todo esto no cambiará, en tanto el sufragio universal sea lo que es. Todo hombre (para mí), por ínfimo que sea, tiene derecho a una voz, la suya. Pero no es igual a su vecino, que tal vez vale cien veces más. En una empresa industrial (sociedad anónima), cada accionista vota en razón de su aportación. Así debería ser en el gobierno de una nación. ¡Yo bien valgo 20 electores de Croisset! El dinero, el espíritu, la raza misma deberían ser contadas, en resumen, todas las fuerzas. En este momento, yo no veo más que una: el número. ¡Ah, querida maestra, usted que tiene tanta autoridad, usted debería poner el cascabel al gato! ¡Todo el mundo lee sus artículos de Le Temps, que tanto éxito tienen! ¿Y quién sabe? Quizá haría usted un inmenso servicio a Francia.

Aïssé me ocupa enormemente. O más bien me cansa. […] ¿No tendrán los Franceses mejor cosa que hacer que ver Aissé? Estoy muy indeciso. ¡Y es necesario que me decida! En cuanto a esperar que se levante un nuevo viento literario, como no se levantará mientras yo viva, es mejor arriesgarse ahora mismo.

Esos asuntos teatrales me desgastan mucho. ¡Porque me implico en ello! Desde hace un mes he estado en una exaltación que roza la demencia.

[…]

Le envío cien mil besos.

Su viejo

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