30. SAND A FLAUBERT
[Nohant, 14 de junio de 1867]
[…] No te molestes y organiza tu verano sin preocuparte de mí. Tengo ahora mismo treinta proyectos, y no me comprometo con ninguno. Lo que me entusiasma son las cosas que me llevan a lo imprevisto. Pasa en los viajes como en las novelas: lo que sucede es lo que manda. Desde París, Rouen está a un tiro de piedra, y estaré dispuesta, cuando me encuentre allí, a responder a tu llamada en cualquier momento. Me remuerde un poco la conciencia quitarte días enteros de trabajo, porque yo no me canso jamás de pasear, y me sabe mal que tú pierdas horas bajo un árbol, o ante el fuego, con la certeza de que yo encontraré en ellos algo de interesante. ¡Se me da tan bien vivir lejos de mí! No ha sido siempre así. También yo he sido joven, y he estado sujeta a las indignaciones. ¡Se acabó! Desde que empecé a meter la nariz en la verdadera naturaleza, he encontrado en ella un orden, una continuidad, una placidez de revoluciones que le faltan al hombre, pero que el hombre puede hasta cierto punto hacer suyas, cuando no está directamente atado a las dificultades de la vida que le es propia. Cuando esas dificultades reaparecen, hace bien en esforzarse por protegerse de ellas, pero si ha bebido en la copa de lo verdaderamente eterno, no se apasiona demasiado por o contra lo efímero y relativo.
Pero ¿por qué te digo esto? Me ha venido espontáneamente, porque, pensándolo bien, tu estado de sobreexcitación es probablemente más verdadero, o al menos más fecundo y más humano que mi serenidad senil. No querría que te parecieras a mí, ni siquiera si, por medio de una operación mágica, pudiera hacerlo. Yo no me interesaría por mí, si por azar me encontrara. Me diría que basta con un trovador que dominar, y enviaría al otro a paseo.
A propósito de los gitanos, ¿sabías que hay gitanos de mar? Los descubrí en los alrededores de Tamaris, en unos acantilados remotos, en grandes barcas resguardadas, con mujeres, niños, una población costera, bastante pequeña, muy curtida, que come de lo que pesca, sin apenas comercio, con una lengua extraña que la gente de la zona no entiende; sin otro lugar para residir que sus grandes barcas sobre la arena, cuando la tempestad se abate sobre sus ensenadas rocosas; se casan entre ellos, son inofensivos y sombríos, tímidos o salvajes, y nunca responden cuando uno les habla. No sé cómo los llaman. Me dijeron el nombre pero se me ha olvidado, aunque podría buscarlo de nuevo. Naturalmente, la gente del lugar abomina de ellos y dicen que no tienen ningún tipo de religión. Si es así, deben de ser superiores a nosotros.
Me aventuré totalmente sola en medio de ellos. «Buenos días, señores». Respuesta, un ligero gesto con la cabeza. Observo su campamento, nadie se inmuta. Parece que no me ven. Les pregunto si mi curiosidad les molesta. Un alzamiento de hombros, como diciendo: ¿y qué más nos da? Me dirijo a un chico que está reparando con destreza los eslabones de una cadenita. Le enseño una moneda de oro de cinco francos. Mira hacia otro lado. Le enseño una de plata. Se digna mirarla. «¿La quieres?». Baja la nariz sobre su trabajo. La dejo cerca de él. No se altera. Me alejo. Me sigue con la mirada. Cuando cree que ya no lo veo, toma la moneda y se va a charlar con un grupo. Ignoro de qué hablan. Imagino que la moneda va a parar a un fondo común. Me pongo a recoger plantas a cierta distancia, a su vista, por si se me acercan a pedirme algo más o a darme las gracias. Nadie se acerca. Vuelvo como por azar a su lado. El mismo silencio, la misma indiferencia. Una hora después, estaba en lo alto del acantilado y le preguntaba al guardacostas quién era esa gente que no hablaba francés ni italiano ni dialecto alguno. Fue él quien me dijo entonces ese nombre que no recuerdo. Según él, eran moros que se habían quedado en la costa desde la época de las grandes invasiones de la Provenza, y quizá no se equivocaba. Me dijo que me había visto entre ellos, desde lo alto de su puesto de vigía, y que había cometido una imprudencia, porque esa gente era capaz de todo; pero cuando le pregunté qué mal hacían, me reconoció que no habían hecho nada. Vivían del producto de la pesca y sobre todo de los restos y desechos que recogían antes que nadie. Eran objeto del más completo desprecio. ¿Por qué? Siempre la misma historia: aquél que no hace como todo el mundo no puede hacer sino algo malo. Si alguna vez vas por allí, tal vez puedas verlos en la punta de Brusq. Pero son aves migratorias, y hay años que no aparecen.
Ni siquiera he hojeado el Paris-Guide. Tenían que enviarme un ejemplar, ya que escribí alguna cosa para él, sin reclamar pago alguno. Probablemente por ello, me había olvidado. […]
Te abrazo tiernamente, mi gran viejo. Camina un poco, te lo suplico. No temo por la novela, temo porque el sistema nervioso reemplace al sistema muscular. Yo estoy bastante bien, salvo algunos ataques que me hacen tenderme en mi cama durante cuarenta y ocho horas sin querer que nadie me hable. Pero me sucede raramente, y cuando consigo no dejarme enternecer para que me cuiden, me levanto perfectamente curada. Recuerdos de Maurice. La entomología lo ha vuelto a arrebatar este año, y encuentra maravillas en ella. Abraza de mi parte a tu madre y cuida de ella. Te quiero con todo mi corazón.