36. SAND A FLAUBERT
[Nohant, 31 de julio de 1868]
Te escribo a Croisset de todas maneras. No creo que estés todavía en París, con este calor de mil demonios. A menos que la sombra de Fontainebleau te haya resguardado de él. Qué hermoso bosque, ¿eh? Pero es sobre todo en invierno, sin hojas, con el musgo fresco, cuando está más bonito. ¿Has visto las dunas de Arbonne? Hay allí un pequeño Sahara que debe de ser bello en este tiempo. Nosotros somos muy felices aquí. Todos los días tomamos un baño en un riachuelo siempre frío y sombreado; por la mañana, 4 horas de trabajo, por la tarde recreo y sesión de polichinelas. Ha llegado por aquí una Novela cómica de gira, parte de la compañía del Odéon, con muchos viejos amigos, con quienes hemos cenado en La Châtre, dos noches seguidas, con todo el grupo, después de la representación: canciones y risas con champán helado hasta las 3 de la madrugada, para gran escándalo de los burgueses que quién sabe qué bajezas habrán hecho para serlo. Había entre los de la compañía un cómico normando muy gracioso, un verdadero normando, que nos cantó auténticas canciones campesinas en dialecto auténtico. ¿Sabes que hay en ellas un espíritu y una malicia del todo galas? Hay ahí una mina sin explotar, obras maestras de género. Eso me hace amar aún más Normandía. Tú quizá conozcas a ese comediante. Se llama Fréville. Es el encargado, en el repertorio, de hacer de criado torpe y de recibir patadas en el culo. Es detestable, imposible, pero fuera del teatro, es un hombre encantador y divertido como nadie. ¡Así es el destino!
Hemos tenido en casa huéspedes encantadores y hemos llevado una vida alegre, sin perjuicio de mis Lettres d’un voyageur en la Revue, y de las excursiones botánicas en los lugares salvajes más asombrosos. Lo más bello de todo son las pequeñas. Gabrielle,[66] un corderito rechoncho que duerme y ríe todo el día; Aurore más fina, de ojos de terciopelo y fuego, hablando a sus treinta meses como otros a los cinco años, y adorable en todo. Hay que contenerla para que no vaya demasiado deprisa.
Me inquietas cuando dices que tu libro acusará a los patriotas de todo el mal. ¿Es cierto, eso? ¡Fueron vencidos, después de todo! Ya es bastante penoso ser vencido por tus propios errores, para que además te echen en cara todas tus tonterías. Ten piedad. El cristianismo ha sido una veleidad, y creo que, en todas las épocas, es muy seductor. Cuando no ves más que su lado tierno, te roba el corazón. Hay que ponerse a pensar en todo el mal que ha hecho para deshacerse de él. Pero no me extraña nada que un corazón generoso como el de L. Blanc haya soñado en verlo depurado y devuelto a su ideal. Yo también tuve esa ilusión, pero tan pronto volvemos la vista atrás, vemos que no se puede reavivar, y estoy segura de que hoy L. Blanc se ríe de sus sueños de entonces. En cuanto a Proudhon, jamás me ha parecido de buena fe. Es un rétor, de genio, según dicen. Yo no lo entiendo en absoluto. Es un especímen de antítesis perpetua, sin solución. Me recuerda a uno de aquellos sofistas de quienes se burlaba el viejo Sócrates.
Confío en tu sentimiento de generosidad. Con una palabra de más o de menos, se puede dar un golpe de látigo sin herir, cuando la mano es suave en su misma firmeza. Tú eres tan bueno que no puedes ser malvado.
¿Iré a Croisset este otoño? Empiezo a temer que no, pues Cadio estará ya en los ensayos. En fin, trataré de escaparme de París, aunque sea un día.
Mis hijos te envían sus recuerdos. ¡Ah, por cierto! hubo una bonita pelea por Salambó. Uno a quien tú no conoces se permitió decir que no le gustaba. Maurice lo trató de burgués, y para arreglarlo, la pequeña Lina, colérica como es, le dijo que su marido se había equivocado con la palabra y que habría tenido que decir imbécil.
Bueno, me estoy haciendo pesada. Te quiero y te abrazo.
Tu viejo trovador