124. FLAUBERT A SAND
[Croisset, 29 de abril de 1872]
Lunes por la tarde
¡Qué buena noticia, querida maestra! ¡En un mes, o quizá antes, la veré, por fin! Arréglelo todo para no estar demasiado ocupada en París, ¡así tendremos tiempo para charlar! Lo que estaría mejor que bien sería que viniera usted aquí, conmigo, a pasar algunos días. Estaríamos más tranquilos que allí. Mi “pobre vieja” la quería a usted mucho. Me gustaría mucho verla en su casa, cuando todavía hace tan poco que ella se fue.
Me he puesto de nuevo a trabajar. ¡Porque la existencia no es tolerable si uno no se olvida de su miserable persona!
Pasará tiempo hasta que sepa lo que tendré para vivir. […]
Sea como sea, conservaré mi piso de Croisset. Será mi refugio. Y tal vez mi única vivienda. París no me atrae ya. ¡En poco tiempo no tendré ya amigos allí! Excepto Edmond de Goncourt y Turguéniev, todos los colegas me horripilan por su vulgaridad constitutiva o sus pretensiones grotescas. El ser humano (incluyo en él al eterno femenino) cada vez me divierte menos.
¿Sabe usted que Théo está muy enfermo? ¡Se muere de hastío y de miseria! ¡Nadie habla ya su lengua! Somos, en efecto, unos pocos fósiles que sobrevivimos, perdidos en un mundo nuevo.
Ya le conté la indecencia del señor Lévy, que me negó una promesa hecha. Me hacía pocas ilusiones con ese judío. Pero la indignación que me provocó me ha quedado en el corazón, aunque después hayan caído sobre él pesos más dolorosos. ¿Por qué pienso ahora en él? Esto prueba que tengo el cerebro bien vacío.
Abrace de mi parte a la señorita Aurore, a pesar de su enfermedad. Que se cure pronto. Para usted, querida maestra, mi mejor, mi más profundo afecto.