38. SAND A FLAUBERT
[Nohant, 18 de septiembre de 1868]
El estreno será, creo, el 8 o el 10 de octubre. El director lo anuncia para el 26 de septiembre, pero eso le parece imposible a todo el mundo. Nada está listo aún, me avisarán y te avisaré. He venido a pasar aquí los días de descanso que mi colaborador, muy meticuloso y muy considerado, me indica. He retomado una novela sobre el teatro de la que había dejado una primera parte en mi despacho, y me baño todos los días en un pequeño torrente helado que me vapulea y me hace dormir como un bebé. ¡Qué bien se está aquí, con estas dos niñitas que ríen y charlan de la mañana a la noche como pájaros, y qué estupidez ponerse a componer y tramar ficciones, cuando la realidad es tan cómoda y agradable! Pero uno se acostumbra a aceptar todo esto como una consigna militar y se va al frente sin preguntarse si morirá o será herido. ¿Piensas que esto me contraría? No, te lo aseguro, pero ya no me divierte como antes. Voy tirando de mí, tonta como un zapato y con la paciencia de un buey. No hay nada más interesante en mi vida que los otros. Verte pronto en París me será mucho más agradable que todos mis asuntos, que me embrutecen. Tu novela me interesa más que todas las mías. La impersonalidad, especie de idiotismo muy propio de mí, hace notables progresos. Si no lo llevara tan bien, creería que es una enfermedad. Si mi viejo corazón no despertara todas las mañanas amando más y más, creería que es egoísmo. En fin, no sé, así es. He tenido un disgusto estos días, te lo decía en la carta que no has recibido. Fue el 31 de agosto: lo anoté en mi cuaderno. Una persona que tú conoces, a la que quiero mucho, Célimène,[69] se ha hecho devota, pero devota extática, mística, molinista, ¿qué sé yo? ¡Imbécil! Me sacó de mis casillas, me puse hecha una furia, le dije cosas durísimas, me burlé de ella. No importa, le da igual lo que yo piense. El padre Hyacinthe reemplaza para ella toda amistad, toda estima, ¿tú lo entiendes? ¡Un espíritu tan noble, una verdadera inteligencia, un carácter tan digno! ¡Y mírala ahora! Thuillier[70] también es devota, pero sin haber cambiado; ella no ama a los sacerdotes, ni cree en el diablo, es una herética sin saberlo; Maurice y Lina están furiosos contra la otra. Han dejado de quererla. A mí me da mucha pena no amarla ya.
Te queremos, te abrazamos. Gracias por venir a ver Cadio.