15. FLAUBERT A SAND
[Croisset, 5-6 de diciembre de 1866]
Noche del miércoles
[…] ¡No me sorprende del todo que no entienda usted mis angustias literarias! Yo mismo no las entiendo. Pero existen, y son violentas. Ya no sé cómo hay que hacer para escribir, y apenas llego a expresar una centésima parte de mis ideas, después de infinitas tentativas. No tiene demasiado arrojo, su amigo de usted. ¡En absoluto! Llevo dos días enteros dando vueltas a un párrafo sin lograr acabarlo. ¡Me dan ganas de llorar! ¿Le doy pena? ¡Pues imagínese a mí mismo!
En cuanto a nuestro tema de discusión (a propósito de su jovencito), lo que usted me escribe en su última carta coincide hasta tal punto con mi punto de vista, que no solamente lo he puesto en práctica, sino que lo he predicado. Pregúntele a Theo.[40][41] Aclaremos algo, sin embargo. Los artistas (que son sacerdotes) no arriesgan nada siendo castos. ¡Al contrario! Pero los Burgueses, ¿a santo de qué? Está bien que algunos lo sean, entre toda la humanidad. Incluso diría que ¡dichosos aquéllos a quien no les cueste serlo!
No creo (al contrario que usted) que se pueda hacer nada bueno con el personaje del artista ideal. Sería un monstruo. El arte no está hecho para pintar las excepciones. Y además siento una repulsión invencible a poner sobre el papel cualquier asunto de mi corazón. Incluso pienso que un novelista no tiene derecho a expresar su opinión sobre lo que sea. ¿Acaso Dios ha dicho alguna vez su opinión? He aquí por qué hay tantas cosas que se me atragantan, que querría escupir y que me trago. Para qué decirlas, en efecto. Cualquiera es más interesante que el Sr. G. Flaubert, porque es más general, y por consiguiente más típico.
Hay días, no obstante, en que me siento hundido en el cretinismo. Ahora tengo una pecera con peces rojos, y me divierte; me hacen compañía mientras ceno. ¡Qué estúpido interesarse por cosas tan bobas!
Adiós. Es tarde, estoy espeso. La abrazo tiernamente y soy
suyo