32. SAND A FLAUBERT
[Nohant, 21 de diciembre de 1867]
¡Por fin, alguien que piensa como yo sobre ese patán político! No podía ser otro que tú, amigo de mi corazón. Mierdiformes es la palabra exacta que clasifica a esa especie de vegetales nauseabundos. Tengo amigos, buenas personas, que se prosternan ante cualquier idea que proceda de él, y para quien ese saltimbanqui sin ideas es un Dios. Sin embargo, han quedado con la cola entre las piernas después de ese discurso rimbombante. Empiezan a pensar que esta vez ha ido un poco demasiado lejos, y quizá ha sido para bien que, a fin de conquistar la gloria parlamentaria, el tipo haya vaciado su saco de trapero, y sacado sus gatos muertos y sus tronchos de col ante todo el mundo. Eso enseñará a algunos. ¡Sí, harás bien en diseccionar esa alma de botarate y ese talento de tela de araña! Desgraciadamente, cuando llegue tu libro, quizá será pasado y resultará poco peligroso, porque este tipo de gente no deja nada tras ellos. Pero tal vez esté en el poder. Todo podría ser. En ese caso, vendrá muy a cuento.
No estoy de acuerdo contigo en que haya que mutilar el pecho para tirar con arco. Tengo una teoría del todo contraria, para mi uso personal, y que creo buena para muchos otros, probablemente para la mayoría. He desarrollado mi idea en una novela que acabo de enviar a la Revue y que aparecerá después de la de About.[60] Creo que el artista debe vivir de acuerdo con su naturaleza tanto como le sea posible. Al que ame la lucha, la guerra; al que ame a las mujeres, el amor; al viejo que, como yo, ame la naturaleza, los viajes y las flores, las rocas, los grandes paisajes, los niños también, la familia, todo lo que conmueve, todo lo que combate la anemia moral. Creo que el arte necesita de una paleta siempre desbordante de tonos suaves o violentos, según el tema del cuadro; que el artista es un instrumento que debe tocarlo todo antes de que los otros lo toquen. Pero todo esto quizá no es aplicable a un espíritu como el tuyo, que ha asimilado tanto y a quien no queda más por digerir. Tan sólo insistiré sobre un punto: que el ser físico es indispensable para el ser moral y que temo que un día u otro te llegue un deterioro de la salud, que te forzaría a suspender tu trabajo y a dejarlo enfriar.
Si tú vas a París a comienzos de enero, nos veremos allí, aunque yo no iré hasta pasadas las fiestas. Mis hijos me han hecho prometerles que pasaré esos días con ellos, y no me he podido resistir, a pesar de una gran necesidad de moverme. ¡Son tan amables! Maurice es de una alegría y de una inventiva inagotables. Ha hecho de su teatro de marionetas una maravilla de decorados, de efectos, de trucos, y las obritas que representa en esa caja encantadora son de una fantasía inaudita. La última se titula 1870. Vemos al Papa con Antonelli[61] dirigiendo a los bandoleros calabreses para reconquistar su trono y restablecer al papado. Todo es por el estilo. Al fin, la viuda Ugénie se casa con el Gran Turco, único soberano restante. […] Las obras duran hasta las dos de la tarde y todo el mundo sale exultante. Cenamos a las cinco. Hay representación dos veces por semana y el resto del tiempo, hay pequeñas escenas, y la obra continúa con los mismos personajes, en las aventuras más increíbles. El público se compone de 8 o 10 jovencitos, tres nietos-sobrinos y los hijos de algunos viejos amigos. Se entusiasman hasta dar alaridos. Aurore no puede asistir; estos juegos no son para su edad. Yo me divierto hasta el agotamiento. Estoy segura de que tú también te divertirías mucho, porque hay, en estas improvisaciones, una inspiración y un desenfado espléndidos, y los personajes creados por Maurice dan la impresión de estar vivos, con una vida burlesca, a la vez real e imposible; parece un sueño.
He aquí como vivo después de 15 días en que no he trabajado nada. Maurice me proporciona este recreo en mis intervalos de reposo, que coinciden con los suyos. Pone en ellos tanto ardor y pasión como cuando se enfrasca en la ciencia. Es realmente una naturaleza feliz y es imposible enfadarse con él. Su mujer es encantadora, redonda como un globo ahora, pero lleva sin desmayo su vientre, siempre en movimiento, ocupándose de todo, echándose en el sofá veinte veces al día, levantándose para ir a atender a la niña, a la cocinera, a su marido que le pide un montón de cosas para su teatro, volviendo a echarse, quejándose de dolores, y riendo al instante, cosiendo canastillas, leyendo periódicos indignada, novelas que la hacen llorar, llorando también con las marionetas cuando hay escenas sentimentales, que también las hay. Es, en fin, todo un personaje, canta de maravilla, es colérica y tierna, prepara golosinas suculentas para sorprendernos. Y cada día de nuestra fase de recreo organiza una pequeña fiesta.
La pequeña Aurore se anuncia dulce y reflexiva, entiende de una manera maravillosa lo que se le dice, y cede a la razón, con sus dos añitos. Es del todo extraordinario y nunca he visto nada parecido. Sería incluso inquietante, si uno no sintiera una gran calma en las operaciones de ese pequeño cerebro.
¡Pero cómo parloteo contigo! ¿Te divierte todo esto? Me gustaría que así fuera, porque una carta charlatana tal vez pueda reemplazar una de nuestras cenas, que echo tanto de menos, y que serían tan buenas contigo aquí, si no fueras un muermo que no se deja arrastrar a la vida por la vida. ¡Ah, cuando uno está de vacaciones, qué extraño parece el vaivén del trabajo, la lógica, la razón! Uno se pregunta si le será posible volver alguna vez a esa condena.
Te abrazo tiernamente, mi querido viejo, y Maurice encuentra tu carta tan bella que va a llenar enseguida con sus frases y palabras la boca del filósofo de su teatrillo. […]
Tu viejo trovador, que te quiere.
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