158. FLAUBERT A SAND
[París, Faubourg-Saint-Honoré]
[Jueves, 16 de diciembre de 1875]
Todo va un poco mejor; aprovecho para escribirle, querida maestra adorada.
Pongamos un poco de orden en nuestra charla. 1.º los negocios (los execrables negocios) no tienen mal aspecto. El liquidador de Commanville va a detener la liquidación y propondrá un acuerdo a sus acreedores. Es posible que lo acepten (?). Si les deja la fábrica y los terrenos, que tienen gran valor, puede ser que la empresa reanude su actividad. Pero para eso hay que encontrar capital. Su intención es formar una sociedad de accionistas. Toda la dificultad consiste en encontrar un Presidente. El resto vendrá solo. Es muy fácil o muy difícil de hacer. Basta con conocer a alguien en las altas finanzas. El asunto puede estar resuelto en 24 horas. Pero no conocemos a nadie en ese mundo. ¿Y usted?
Así pues, el porvenir es todavía muy incierto. Pero no quiero pensar más en ello. Porque me volvería loco, he estado a punto este verano. Le hablo muy en serio.
Mi pobre sobrina, que ha sido la más valiente de nosotros tres, está ahora pálida como si la hubiesen sangrado. Su anemia me preocupa. Aparto de mí los pensamientos negros, e incluso trabajo.
Ya sabe usted que abandoné mi gran novela, para escribir una tontería medievalesca, que no tendrá más de 30 páginas. Eso me permite meterme en un lugar más limpio que el mundo moderno y me sienta bien. Después, voy a intentar una novela contemporánea, pero dudo entre diversos embriones de ideas. Querría hacer algo desgarrado y violento. Me falta todavía el hilo del collar (es decir, lo principal).
Exteriormente, mi vida ha cambiado muy poco. Veo a las mismas personas. Recibo las mismas visitas. Mis fieles del domingo son el gran Turguéniev, más amable que nunca, Zola, Alphonse Daudet y Goncourt. Usted no me ha hablado nunca de los dos primeros. ¿Qué piensa de sus libros?
No leo mucho, excepto a Shakespeare, que he retomado de cabo a rabo. Eso lo rehace a uno, y te entra aire nuevo en los pulmones, como si estuvieras en la alta montaña. Todo parece mediocre al lado de ese hombre prodigioso.
Como salgo muy poco, no he visto aún al viejo Hugo. Esta noche, sin embargo, voy a resignarme a pasar un mal rato, y le voy a presentar mis respetos. Su persona me gusta infinitamente, ¡pero su Corte…! ¡Misericordia!
[…]
¿Cuándo nos veremos? ¡Yo no puedo ir a Nohant! Y usted, ¿ha abandonado París para siempre?
Recuerdos a todos los suyos. Abrace por mí a sus queridas pequeñas, y a usted
su viejo trovador
que la quiere