147. FLAUBERT A SAND
[París, 2 de diciembre de 1874]
Miércoles
[…] Me doy a todos los diablos por culpa de mi libro, y me pregunto más de una vez si no estoy loco por haber emprendido este trabajo. Pero como Thomas Diafoirus,[122] me endurezco contra las dificultades y avanzo, a paso de tortuga, todo sea dicho. Aparte de las dificultades de ejecución, que son espantosas, debo aprender un montón de cosas que ignoro. En un mes, espero haber acabado con la agricultura y la jardinería. ¡Y no estaré más que en los dos tercios de mi primer capítulo!
Hablando de libros, lea usted Fromont y Risler de mi amigo Daudet, y Las diabólicas de mi enemigo Barbey d’Aurevilly. Es para partirse de risa. Tal vez se deba a la perversidad de mi espíritu, que ama las cosas malsanas, pero esta obra me ha parecido extremadamente divertida. No se puede ir más lejos en lo grotesco involuntario.
Calma chicha, por lo demás. Francia se hunde dulcemente como un barco podrido. Y el espíritu de supervivencia, incluso en los más sólidos, parece quimérico. Basta con estar aquí, en París, para hacerse una idea del envilecimiento universal, de la necedad, de la chochez en que chapoteamos.
La sensación de esta agonía me penetra. Y estoy triste a más no poder. Cuando no me torturo por mi trabajo, gimo por mí mismo. Ésa es la verdad. En mis ratos de descanso, no hago otra cosa que pensar en los que están muertos. Le diré algo que suena muy pretencioso, ¡nadie me comprende! Pertenezco a otro mundo. ¡La gente de mi oficio es tan poco de mi oficio!
Apenas nadie más que V. Hugo para charlar de lo que me interesa. Anteayer me citó de memoria a Boileau y a Tácito. Me hizo el efecto de un regalo, tan rara es la cosa. Por otra parte, los días en que no tiene políticos en su casa, es un hombre adorable.
[…]
Hay un hombre al que envidio más que a ningún otro. Es su hijo, que no ha organizado su vida como la mía. ¡Ah, si yo tuviera a esos dos amores de hijitas, qué felicidad! Pero uno no es el dueño de su destino. La fuerza de las cosas te empuja suavemente sin que te des cuenta, hasta que, un día, te encuentras solo en un agujero. Esperando el agujero definitivo.
Me parece que la debo aburrir con mis eternas jeremiadas. Las detengo, y la abrazo con ternura.
Su viejo
Botija.