160. FLAUBERT A SAND
[París, hacia el 31 de diciembre de 1875]
Querida maestra,
Su carta, del día 18, tan tiernamente maternal, me ha hecho reflexionar mucho. La he releído diez veces y le prometo que no estoy seguro de haberla comprendido. En pocas palabras, ¿qué quiere usted qué haga? Debería concretar sus consejos.
Hago todo lo que puedo continuamente para expandir mi mente y trabajo desde la sinceridad de mi corazón. Lo demás no depende de mí.
¡Yo no me hundo en “la desolación” por placer! ¡Esté usted segura de ello! ¡Pero no puedo cambiar mis ojos! En cuanto a mi “falta de convicción”, ¡ay!, las convicciones me asfixian. Me dejo llevar continuamente por cóleras e indignaciones. Pero en el ideal que tengo del Arte, creo que no las debo mostrar, y que el Artista no debe aparecer en su obra más de lo que aparece Dios en la naturaleza. ¡El hombre no es nada, la obra lo es todo! Esta disciplina, que tal vez parte de un punto de vista falso, no es fácil de cumplir, y para mí, al menos, es una suerte de sacrificio permanente que hago al Buen Gusto. Me sería muy agradable decir lo que pienso, y dejar esparcirse al señor Flaubert en mis obras. Pero ¿a quién le importa ese señor?
Pienso, como usted, mi maestra, que el Arte no es solamente crítica y sátira. Yo no he intentado jamás hacer intencionadamente ni la una ni la otra. Siempre me he esforzado por llegar al alma de las cosas, y por evitar las generalidades, y también me he alejado, expresamente, de lo Accidental y de lo dramático. ¡Nada de monstruos, y nada de Héroes!
[…]
A propósito de mis amigos, habla usted de “mi escuela”. ¡Pero no me he esforzado yo hasta lo indecible por no tener escuela! A priori, las rechazo todas. Ésos a los que frecuento, y a los que usted se refiere, buscan todo lo que yo desprecio, y se inquietan por todo lo que me repugna. Para mí es muy secundario el detalle técnico, la observación local, en fin, el aspecto histórico y exacto de las cosas. Yo busco por encima de todo la Belleza, que a ellos les importa poco. Permanecen insensibles mientras yo quedo devastado de admiración o de horror. Las frases que me pasman les parecen ordinarias. Goncourt, por ejemplo, es muy feliz cuando ha cazado en la calle una frase que puede meter en un libro. Yo estoy muy satisfecho cuando he escrito una página sin asonancias ni repeticiones. Daría todas las leyendas de Gavarni por algunas expresiones brillantes de los maestros, como «la sombra era nupcial, augusta y solemne» del viejo Hugo, o ésta de Montesquieu: «Los vicios de Alejandro eran extremos, como sus virtudes. Era terrible en su cólera. Ella lo volvía cruel».
En fin, intento pensar bien para escribir bien. Pero escribir bien es mi meta, no lo oculto.
Me falta «una visión más amplia de la vida». ¡Tiene usted mil veces razón! Pero ¿cuál es la solución?, le pregunto. No despejará usted mis tinieblas con la Metafísica, ni las mías ni las de nadie. Las palabras Religión o Catolicismo de una parte, Progreso, Fraternidad, Democracia de la otra, no responden a exigencias espirituales de nuestro tiempo. El nuevo dogma de la Igualdad que preconiza el Radicalismo está desmentido experimentalmente por la Fisiología y por la Historia. No veo la manera de establecer, hoy, un Principio nuevo, aparte del de respetar a los ancianos. Por eso busco, sin encontrarla, esa Idea de la que debe depender todo el resto.
Mientras tanto, me repito la frase que el viejo Littré me dijo un día: «¡Ah, amigo mío! El Hombre es un compuesto inestable, y la tierra un planeta inferior».
Nada me da tanta fuerza como la esperanza de salir de aquí próximamente, y no para ir a otro mundo, que podría ser peor. «Preferiría no morir», dijo Marat. ¡Ah, no, yo no! ¡Basta de fatigas!
Escribo ahora una nimiedad que las madres podrán leer a sus hijas. Tendrá unas treinta páginas. Tengo aún para unos dos meses. ¡Tal es mi Inspiración! Se la enviaré en cuanto aparezca (no la inspiración, la historieta).
Tengo las dos fotos de sus queridas pequeñas. Pero no tengo Flamarande.
¡En fin, que 1876 les sea propicio a todos!
Un tierno abrazo, querida maestra adorable.
Su
Botija
cada vez más arisco