149. FLAUBERT A SAND
[París, 13 de enero de 1874]
Miércoles
¿Me perdonará usted este retraso, querida maestra? Me parece que la debo aburrir con mis eternas jeremiadas. ¡Me repito como un jeque! ¡Me vuelvo idiota! Fastidio a todo el mundo. En resumen, su Botija se ha convertido en un tipo insoportable, a fuerza de ser intolerante. Y como no puedo contenerme, debo, por consideración a los demás, ahorrarles las expansiones de mi bilis.
Desde hace seis meses, no sé qué tengo, pero me siento profundamente enfermo, sin poder precisar más. Conozco a unas cuantas personas que están en el mismo estado. ¿Por qué? Tal vez sufrimos el Mal de Francia. Aquí en París, donde late su corazón, se siente mejor que en las extremidades, en provincias.
Le aseguro que todo el mundo siente hoy algo turbio e incomprensible. Nuestro amigo Renan es uno de los más desesperados. Y el príncipe Napoleón piensa exactamente como yo. Ellos tienen los nervios sólidos. Pero yo estoy afectado por una hipocondría bien diagnosticada. Habría que resignarse. Y yo no me resigno.
Trabajo todo lo que puedo, para no pensar en mí. Pero como he emprendido un libro absurdo por sus dificultades de ejecución, el sentimiento de impotencia se añade a mi mal.
La única cosa que me ha sostenido en estos últimos tiempos ha sido mi cólera contra Halanzier y contra el suplicio de la Ópera.[123] La verdad es que nunca he visto a ese señor. ¡Qué más da! La importancia dada a ese hombre, que durante un mes ha sido el personaje más grande de Europa, me exaspera. Por lo demás, la inauguración de la Ópera ha tenido algo de siniestro. Reyer me dijo que había creído ver una segunda entrada de los prusianos en París. ¡Estamos apañados!
[…]
No me diga usted que «la Estupidez es sagrada como todas las infancias». Porque la Estupidez no contiene ningún germen. Y déjeme creer que los Muertos no siguen “buscando” y que descansan. Bastante atormentados estamos sobre la tierra como para que nos dejen tranquilos cuando estamos debajo.
¡Ah, cómo la envidio! ¡Cómo me gustaría tener su Serenidad! ¡Sin contar el resto! Y sus dos queridas pequeñas, a las que envío un tierno abrazo, igual que a usted.
Su viejo idiota
San Policarpo.