98. FLAUBERT A SAND
[Croisset, 11 de junio de 1871]
Domingo por la tarde
Querida maestra,
¡Jamás había tenido tantas ganas, tanta necesidad de verla a usted como ahora! ¡Acabo de llegar de París, y no sé con quién hablar! Estoy que reviento. ¡Estoy abatido, o más bien desolado! El olor de los cadáveres me disgusta menos que los miasmas de egoísmo que exhalaban todas las bocas. ¡La vista de las ruinas no es nada después de la inmensa estupidez parisina! Con raras excepciones, todo el mundo me ha parecido loco de atar. La mitad de la población tiene ganas de estrangular a la otra mitad, que siente lo mismo. Eso se lee claramente en los ojos de los transeúntes. ¡Y los prusianos ya no existen! ¡Se les excusa y se les admira! Las gentes “razonables” quieren nacionalizarse alemanes. Le aseguro que es para desesperarse de la especie humana.
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Exceptúo de la locura general a Renan, que me ha parecido, por el contrario, muy sabio, y al buen Soulié, que me encargó que le dijera a usted mil cosas tiernas de su parte. La princesa Mathilde me pidió varias veces noticias suyas. Ha perdido el norte. Quiere regresar a Saint-Gratien sea como sea. He reunido multitud de detalles horribles que voy a ahorrarle a usted.
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Los imperialistas son la peor canalla del mundo. De eso estoy seguro. Y tengo las pruebas.
Cuando la historia desembrolle el incendio de París, podrá distinguir sus elementos, entre los cuales hay, sin ninguna duda: 1.º Prusia, y 2.º la gente de Badinguet. No queda ninguna prueba escrita contra el Imperio. Y Haussmann se va a presentar audazmente a las elecciones de París.
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Hasta pronto, ¡y deme noticias suyas! Mi pobre madre está un poco menos débil desde hace algunos días.
Un abrazo bien fuerte para usted y para los suyos.
Su viejo trovador