12. FLAUBERT A SAND
[Croisset, 27 de noviembre de 1866]
Martes a las 5 h.
Usted está triste y sola, ahí; yo estoy igual aquí.
¿De dónde vienen, esos accesos de humor negro que nos invaden por momentos? Uno se siente asfixiado, hay que huir. Sube como una marea. Yo me tumbo boca arriba, no hago nada y la oleada pasa.
Mi novela va muy mal por el momento. Añádale a eso las muertes de las que he tenido noticia: la de Cormenin (un amigo de hace veinticinco años), la de Gavarni, y después el resto.[36][37] ¡En fin!, todo pasará.
No sabe usted lo que es estar todo un día con la cabeza entre las manos tratando de exprimirse la maldita testa para encontrar una palabra. En su caso, las ideas fluyen largamente, incesantemente como un río. En el mío, no hay más que un escaso hilo de agua, necesito esfuerzos gigantescos antes de obtener una cascada. ¡Ah, si habré conocido yo las angustias del estilo! Total, paso la vida carcomiéndome el corazón y el cerebro. He ahí el verdadero fondo de su amigo.
Le pide usted si piensa a veces en “su viejo trovador de péndulo de reloj de pared”. ¡Pero claro que sí! ¡Y lo echa de menos! Nuestras charlas nocturnas fueron muy agradables. Hubo momentos en que me retuve para no besuquearla como si fuera un niño grande. ¿No le resonaron los oídos ayer por la noche? Cené en casa de mi hermano, con toda la familia. No se habló de otra cosa que de usted y todo el mundo cantó sus alabanzas. […]
He releído, a propósito de su última carta (y por una asociación de ideas del todo natural) el capítulo del viejo Montaigne titulado «Algunos versos de Virgilio».[38][39] Lo que él dice sobre la castidad es precisamente lo que yo pienso. Es el Esfuerzo lo que es bello, y no la Abstinencia en sí. De otro modo, ¿habría que maldecir la carne, como hacen los católicos? ¡Dios sabe adónde lleva eso! Así pues, a riesgo de hacerme pesado, y de parecer pretencioso, repito que su jovencito se equivoca. Si se reprime a los veinte años, será un viejo verde a los cincuenta. ¡Todo se paga! Las Grandes Naturalezas —que son las Buenas— son ante todo pródigas y no piensan sino en consumirse. Hay que reír y llorar, amar, trabajar, gozar y sufrir, en definitiva, vibrar tanto como sea posible en toda su extensión. He aquí, creo yo, lo verdaderamente humano.
Adiós. Trate de estar serena. Vaya a ver a su niñita, le hará bien. Y piense en su viejo, que la ama y que le envía mil cariños.