20. FLAUBERT A SAND
[Croisset, 23-24 de enero de 1867]
Noche del miércoles
He seguido sus consejos, estimado maestro. ¡He hecho ejercicio! ¿Qué le parece? El domingo por la noche, a las once, había tal claro de luna, sobre el río y sobre la nieve, que me asaltó un prurito de locomoción. Y salí a pasear durante dos horas y media. Iba fantaseando, figurándome que viajaba por Rusia o por Noruega. Cuando la marea subió e hizo crujir los témpanos del Sena y el agua helada que cubría el curso, fue, sin ironía alguna, espléndido. Entonces pensé en usted, y la eché de menos.
No me gusta comer solo. Tengo que asociar a alguien o la idea de alguien a las cosas que me dan placer. Me pregunto, yo también, por qué la quiero. ¿Es porque es usted un gran Hombre o un ser encantador? No lo sé. Lo que es seguro, es que siento por usted un sentimiento particular y que no puedo definir.
Y a propósito de esto, ¿cree usted (que es Maestro en psicología) que uno ama a dos personas de la misma manera? ¿Y que uno experimenta alguna vez dos sensaciones idénticas? Yo creo que no, ya que nuestra individualidad cambia en todos los momentos de nuestra existencia.
Usted me escribe cosas bellas sobre los “afectos desinteresados”. Eso es verdad. Pero ¿no lo es lo contrario? Siempre hacemos a Dios a nuestra imagen. En el fondo de todos nuestros amores y de todas nuestras admiraciones nos reencontramos: ¿nosotros? ¿o alguna cosa aproximada? Qué más da, si nosotros nos va Bien.
Mi yo me importuna, por momentos. ¡Cómo me pesa sobre los hombros ese tipejo! ¡Escribe tan lentamente! Y no para de quejarse de su trabajo. ¡Qué castigo! ¡Y qué maldita idea, haber escogido un tema como éste! Debería darme usted una receta para ir más deprisa; ¡y usted se queja de tener que buscar fortuna, usted! […]
He recibido un mensaje de Sainte-Beuve[44] que me confirma su buena salud. Pero me suena lúgubre. ¡Parece desolado por no poder frecuentar los bosques de Cypris![45] ¡Está en lo cierto, después de todo! Al menos en su certeza, que viene a ser lo mismo. ¿Me pareceré a él cuando tenga su edad? No lo creo. Al no haber tenido la misma juventud, mi vejez será diferente. Esto me recuerda que había pensado, en otro tiempo, en un libro sobre Sainte-Périne. El señor Champfleury ya trató el tema, a lo idiota.[46] Porque yo no le veo nada de cómico (ni al tema, ni a Champfleury). Yo lo habría hecho atroz y lamentable. Creo que el corazón no envejece. Incluso hay gente a quien se le hace más grande con la edad. Yo era más seco y áspero a los veinte años que hoy. Me he feminizado y enternecido con el tiempo, así como otros se endurecen. Y eso me indigna. Siento que me vuelvo fofo. Apenas hace falta nada para conmoverme. Todo me perturba y me agita. […]
Adiós, pues. Piense en mí. Le envío mis mejores abrazos.
Suyo