78. FLAUBERT A SAND
[París, 29 de abril de 1870]
Viernes, 9 de la noche
Querida y buena maestra,
Michel Lévy ha entrado en mi casa hace poco, a las 6, y ha empezado a hablar de nuestros asuntos:
—La señora Sand me ha dicho que estaba usted apurado.
—¡Es cierto! ¡Lo estoy siempre!
—Bueno, pues…
Y entonces se ha embarcado en una serie de frases dirigidas a probarme que no gana apenas dinero en su profesión, que incluso se ha visto obligado a trasladarse cerca de la Ópera, y que todavía no ha cubierto sus gastos con La educación sentimental. En resumen, vea lo que me propone: prestarme, sin intereses, 3000 o 4000 francos, a condición de que le prometa mi próxima novela con las mismas condiciones, esto es, a unos 8000 francos el volumen. ¡Si no ha repetido treinta veces «lo hago por complacerle, palabra de honor», que me cuelguen!
Así pues, toda su generosidad, todo su cariño por mí se limitan a avanzarme dinero de mi próximo libro, del cual fija de antemano el precio. Le aseguro a usted que he sido gentil. ¡Y que él debe considerarme un cretino! Porque no he puesto cara de sorpresa. Mi conclusión ha sido que lo reflexionaré. Pero está todo reflexionado. No carezco de amigos, empezando por usted, que me prestarían el dinero sin intereses. Pero, gracias a Dios, no he llegado a ello. A no ser por una necesidad imperiosa, no entiendo que alguien acepte un préstamo, pues, tarde o temprano, hay que devolverlo, de modo que no sirve de mucho.
Problema psicológico: ¿por qué estoy tan alegre tras la visita de Michel Lévy? Mi pobre Bouilhet me decía a menudo: «No hay un hombre más moral ni que ame más la inmoralidad que tú, una infamia te regocija». Estaba en lo cierto, en el fondo. ¿Es un efecto de mi orgullo? ¿O una especie de perversidad?
¡A paseo, después de todo! No son cosas de ese tipo las que me turban. Me contento con repetir, con Athalie:
«¡Dios de los judíos, tú ganas!».
Y no pienso más en ello. Le pido también a usted que no le hable de esto a Lévy cuando le escriba o lo vea. Tendrá mi prólogo al libro de versos de Bouilhet. En cuanto al resto, entiendo que en adelante soy totalmente libre. ¡Se acabó!
¿Y usted, querida maestra? ¿No nos veremos, entonces, en París? Yo regreso a Croisset el próximo jueves. Y no me moveré de allí hasta el mes de octubre.
Nota: he vuelto a ver al doctor Favre, ayer, en casa de Dumas. ¡Ejtraño hombre! Necesitaría un diccionario para comprenderlo.
No me dijo usted cómo está Maurice.
Recuerdos a todos y a usted mil abrazos.
¿Ha leído usted los dos volúmenes de Taine?
Conocía la Ética de Spinoza, pero nada del Tractatus theologico-politicus, que me impresiona, me deslumbra, me transporta de admiración. ¡Por Dios! ¡Qué hombre! ¡Qué mente! ¡Qué Ciencia y qué espíritu! Es más potente que el señor Caro,[92] decididamente.
¡No tiene usted idea del grado de estupidez en el que el plebiscito sobre las reformas constitucionales ha sumergido a los parisinos!
Abrace a Lolo de mi parte. ¿Cuándo nos veremos? ¿No puedo contar con una pequeña visita a Croisset? No, nada de pequeña. Una buena visita. Tengo que hablarle extensamente de dos planes.