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Se suman otras voces que provienen de los huertos colindantes.
«¡Allí van! ¡Fijaos, hay un rezagado!».
En ese momento, escuchas el impacto de un guijarro a tus pies, mientras sigues corriendo. De pronto, te das cuenta que vienen de todas partes, a por ti, armados con aperos de labranza, cogiendo piedras que te lanzan con torpeza… pero ya son más de veinte personas que se te aproximan, rodeándote por todos lados.
Una piedra te golpea en el pecho, sin apenas hacerte daño. Al momento otro canto te atiza de lleno en un pómulo, aturdiéndote por un segundo. Notas la sangre que recorre tu mejilla.
La cosa se está poniendo fea y decides pronunciar la fórmula de la aceleración para salir cuanto antes de este atolladero.