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El hedor se acentúa hasta ser insoportable. Colocas a la muchacha detrás de ti, encarando lo que se acerca y esperas con todos los músculos en tensión.
Escuchas cómo las ramas de los árboles crujen a su paso, cuando una mole sombría y enorme se planta delante de vosotros. Es mucho más grande y ancho que el lobo gris con el que estabais hace un rato… y mucho más aterrador. Tiene un tronco amplio y corvado que impresiona. Sus patas traseras son pequeñas pero vigorosas, y contrastan con unos largos brazos sobre los que se apoya. Tiene una cabeza monstruosa culminada por una especie de cornamenta huesuda. Distingues unos perversos ojos amarillos que te miran con crueldad
—Cuando se disponga a atacar, sal corriendo y busca una salida. Yo lo entretendré… aunque no sé por cuánto tiempo.
Has decidido entrar en primera aceleración y pronuncias mentalmente la secuencia de letras y números; notas una fuerte tirantez en tus riñones así como una oleada de calor que se filtra por todo tu cuerpo.
El corueco se prepara para el combate, a todas luces desigual. No has desenvainado la espada a propósito, para darle más confianza. Esperas poder realizar un Yagartéi cuando salte sobre vosotros, exprimiendo tu aceleración para intentar atacar su único punto débil: el abdomen.
Ves como el corueco tensa sus patas traseras; una flecha silba junto a tu oído y se estrella contra su pecho, rebotando con un ruido metálico.
El corueco se dispone a saltar sobre vosotros.
—¡Vete! —Le gritas a la chica.
Lanza un
dado. Si sale 1, 2 o 3, pasa a
22.
Si sale 4,
5 o 6, pasa a 176.