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Encaras el estrecho prado. A los lados, unos inmensos árboles se alzan y forman una oscura y siniestra cúpula. Cuando progresas por la pradera aspiras el perfume dulzón que empapa el ambiente. Te aproximas al otro extremo del claro, dispuesto a adentrarte nuevamente en la espesura, cuando de pronto escuchas unos gruñidos roncos que se aproximan. En la oscuridad del bosque logras distinguir los destellos rojizos de unos ojos envueltos en sombras; te da la sensación de que son lobos salvajes. Y parece que te están observando. Intentando conservar la calma, contabilizas tres o cuatro criaturas. Dos de ellos se adelantan y se dibujan en el prado, gruñendo en tono bajo e intenso. Son lobos enormes, de aspecto terrible y feroz. El más grande tiene un pelaje de color plomizo, con una cresta blanca sobre el lomo. Se desplaza con lentitud. Sin dejar de gruñir, describe un amplio círculo, como si quisiera rodearte.
Tensas tu arco sin dejar de mirarle; el animal reacciona de inmediato encogiendo el morro y mostrando su feroz dentadura un breve instante.
Un tercer lobo surge de la oscuridad y se mueve con sigilo hacia el otro lado, moviéndose en dirección contraria. Los cuatro lobos te han rodeado lentamente, sin acercarse. El lobo de mayor tamaño es francamente enorme. Sin duda es el jefe de la manada. Poco a poco, se aproxima sin dejar de mirarte, como si te estuviera estudiando. Finalmente, se detiene a pocos metros de ti y emite un sonido grave y tenue.