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El corueco salta sobre ti lanzando un poderoso rugido. A pesar de tu aceleración, su velocidad te sorprende y la enorme bestia se te viene encima desde lo alto.
Instintivamente, das un salto hacia delante para poderte colocar debajo de él. Realizas la técnica del Yagartéi desenvainando tu espada y ejecutas un tajo ascendente de izquierda a derecha, buscando el abdomen de la bestia. Notas como la kisha penetra unos centímetros en la carne y provoca un espasmo de dolor en el corueco, que le hace retorcerse en el aire profiriendo un bramido estridente. La hoja deja de deslizarse y golpea algo metálico en el lugar donde debería haber una costilla, lo que te provoca una fuerte vibración en ambos brazos, desde los hombros hasta la punta de los dedos, como si hubieras golpeado con todas tus fuerzas una columna de piedra maciza. El dolor te hace soltar la espada.
El corueco se ha revolcado en el suelo un instante pero se recobra y te encara nuevamente. Estás desarmado y has retrocedido instintivamente en sentido opuesto, acercándote a la confluencia del prado con el arroyo. No albergas ninguna esperanza, por lo que decides morir junto a la sepultura de tu compañera de aventuras.
El corueco avanza lentamente hacia ti cruzando su mirada fosforescente con la tuya como si quisiera hipnotizar a su presa.