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Abres los ojos, incapaz de saber cuánto tiempo has dormido. Estás sentado, apoyado junto a una gran roca, con la mente en blanco. El lugar parece haber cambiado y una extraña luz verdosa tiñe los alrededores dándole un aspecto feérico. Al mirar hacia la charca, ves a tres jóvenes y hermosas mujeres que ríen y juguetean en la orilla, vestidas con sutiles túnicas que cubren sus esbeltos cuerpos. Van descalzas y corretean por la ribera, subiéndose a las rocas y agitando sus preciosas melenas al viento: una morena como el azabache, otra rubia como el oro y la tercera pelirroja como el fuego.
Entre saltos y juegos se acercan hasta ti; la morena se sienta a tu lado y apoya su cabeza en tu hombro. Su pelo te cosquillea los dedos; ella te mira con languidez y te sonríe misteriosamente.
—Estás en el lugar idóneo y con la mejor compañía; quédate con nosotras.
Esas palabras susurradas a tu oído te hacen perder la cabeza. Al otro lado, la rubia te acaricia el pelo y roza tus orejas con sus finos dedos. Sientes una agradable sensación en la nuca.
—Ven a bañarte con nosotras.
La sugerente voz de la pelirroja te hipnotiza y sus verdes ojos te parecen los más hermosos que jamás hayas visto. Su larga melena rizada se agita al viento caprichosamente y da la sensación de que unas llamas rodean su hermoso cuerpo.
Las tres ninfas te incorporan y te rodean. Te cogen de la mano, acercándote al agua, que ahora ves brillante y luminosa, como si hubiesen piedras preciosas en el fondo. Intentas resistir a la sensación que te invade pero sientes el poder de atracción del agua y de la compañía de esas mujeres, por lo que empiezas a desvestirte.