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—Pues ese viejo tenía una forma envidiable y unas zancadas que a duras penas podía seguir. Y tú, ¿cómo conseguiste salir de Corocín?
—La verdad es que no estoy segura. Simplemente corrí sin descanso y sorprendentemente, cuando iba a darme por vencida, encontré un estrecho sendero y logré escapar de este maldito laberinto.
Cuando la estás ayudando a incorporarse, ambos escucháis una suave melodía que parece proceder de las entrañas del mismísimo bosque. Ella sonríe con nostalgia:
—Conozco esa música. Hace tiempo que no la escuchaba. Dicen que es la música del bosque de Corocín. Es reconfortante.
Tienes el extraño presentimiento de que el viejo mago que has conocido hace un momento tiene algo que ver con esa melodía que estáis escuchando.
—¿Qué quieres hacer ahora?
—Tengo que denunciar lo sucedido a nuestros maestros, exigir justicia para los campesinos y castigo para los culpables. Si quieres, me puedes acompañar para corroborar los hechos que les voy a relatar.
—No cuentes conmigo. No me fío de los guerreros de Uhdanfiún… o al menos de la gran mayoría de ellos.
—No puedo tolerar que esa vileza quede impune.
—Te comprendo. Te acompañaré durante una parte del trayecto. Luego nos despediremos.