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Mientras terminas de subvocalizar la secuencia, escuchas el sonido de un cuerno de caza.
Tienes que admitirlo: la chiquilla tiene redaños.
Ya notas ese fuego que se propaga en tu interior. Tus lumbares se contraen con fuerza. Ahora todo transcurre más lentamente… salvo Deilos.
De un rápido vistazo compruebas cómo la muchacha se ha dado la vuelta y huye ladera arriba, asombrada por la aceleración de Deilos. Tú sabes que no lo logrará sin tu ayuda y te preparas para intervenir. Asomas la cabeza con cuidado por la tapia viendo como Deilos se acerca. Tres… dos… uno… ¡Ahora!
Justo en el mismo momento que Deilos salta por encima de la valla, tu cuerpo se ha lanzado hacia él como un resorte impulsado por tus piernas flexionadas. Le haces un violentísimo placaje en el aire y ambos rodáis por los suelos.
Deilos todavía está en el suelo cuando tú te incorporas para salir corriendo detrás de ella para cubrir su huida.
Deilos ha quedado totalmente conmocionado al verte. —¡Tú!… ¿?
La chiquilla ha obtenido algo más de ventaja y ya está acercándose a los lindes del bosque, pero sabes de lo que es capaz Deilos, por lo que corres detrás de ella, aprovechando tu aceleración.
Ya se oyen gritos de alarma que provienen de las chozas de los alrededores y esperas que eso le haga desistir, aunque no estás muy convencido.
Ya casi le has dado alcance a la chica; estáis a escasos metros del bosque… pero escuchas unos extraños gruñidos y un intenso trotar que proviene de la espesura.
De repente, cuatro enormes lobos aparecen saltando a través de la arboleda y el más grande de ellos, que tiene una cresta blanca que se dibuja sobre su pelaje color gris plomizo, cae pesadamente sobre ti, aplastándote con sus enormes pezuñas contra el suelo. Profiere un gruñido lento y sordo mientras te mira fijamente.
La muchacha… levantas instintivamente la cabeza para verla. Está sana y salvo, junto a los árboles, impresionada por la súbita aparición de los cánidos… que no le hacen ni caso.
Y en ese momento, también la ves a ella: Tríane, oculta detrás de un ancho fresno, acechándote con una expresión fría y cruel. Ahora lo comprendes: esos lobos son sus emisarios y tú no has superado la prueba que te ha planteado.
Las fauces del lobo gris se abaten sobre tu cuello sin piedad, desgarrándote la yugular de cuajo.
Mueres instantáneamente sin poder arrepentirte de tus errores.
FIN