I

Días después del desastre en el Congo, el Che se encontraba a salvo en la residencia del embajador cubano situada en las afueras de Dar es Salam, donde se le había asignado un pequeño apartamento de dos cuartos. El embajador Ribalta había evacuado a todos los empleados salvo un criptógrafo telegrafista, un secretario y un cocinero, que nunca se enteró de la presencia de un extraño en la planta alta.

Los demás cubanos participantes en la desventurada expedición habían viajado en camión a Dar es Salam, desde donde los soviéticos los trasladaron a Moscú para abordar el vuelo a La Habana. Fernández Mell se quedó atrás en Kigoma para dirigir la búsqueda de los dos cubanos desaparecidos y la evacuación de los congoleños; tardaría casi cuatro meses en hallarlos, en una odisea que lo llevaría casi a la frontera con Ruanda.

El Che y sus hombres cruzaron el lago Tanganyika sin otro inconveniente que un encuentro muy cercano con un patrullero del gobierno. En una audaz maniobra, el Che hizo montar los fusiles de 75 milímetros sin retroceso sobre las proas de los botes para dar la apariencia de que estaban bien armados y preparados para el combate. Era una jugada temeraria: si disparaba, morirían muchos de sus propios hombres. Fuese porque el alarde lo intimidó o porque tenía órdenes superiores de permitir la fuga, el patrullero no se acercó.

En Kigoma los aguardaba un bote a motor dirigido por un cubano. Antes de abordarlo junto con Papi y los escoltas Pombo y Tumaini —o «Tuma»—, el Che se despidió de los demás: dijo que esperaba verlos otra vez, probablemente en «otro país», y que esperaba que algunos fueran a combatir en otras tierras. Fue un momento turbador y de profunda emoción para los combatientes cubanos, jubilosos ante la perspectiva de regresar a sus hogares, junto a sus familias, pero con sentimientos encontrados con respecto a su experiencia y al hombre a quien habían seguido hasta África.

Una vez en tierra, se enfrentó a sus tres jóvenes acompañantes y, según Pombo, dijo: «Nosotros continuamos. ¿Están dispuestos a continuar?» Comprendieron lo que les quería decir: él no volvería a Cuba. «¿A qué lugar?», preguntó Pombo. «“A donde sea.” Él no tenía una concepción definida en esos momentos de a qué lugar íbamos a dirigirnos realmente».

Harry «Pombo» Villegas tenía veinticinco años, Carlos «Tuma» Coello un año más, los dos eran íntimos del Che desde 1957, cuando eran adolescentes y se unieron a él en la Sierra Maestra. José María «Papi» Martínez, de veintinueve años, había sido el hombre fuerte de Piñeiro en los proyectos guerrilleros del Che desde 1962, primero en Guatemala, después con la misión de Masetti; también había contribuido a la instrucción clandestina de Tania. Eran tres de la media docena de hombres en quienes el Che podía confiar que lo seguirían «sin el ceño fruncido», y no lo decepcionaron. En respuesta a su pregunta en la orilla de Tanzania, los tres dijeron «sí».[*]

«No podía volver a Cuba sin… lograr una victoria —dijo Pombo—. Pensaba que lo mejor era seguir adelante. Por sus propios medios, cualesquiera que fuesen las posibilidades, tenía que llevar adelante la lucha».

En realidad había cruzado algo más que un lago, y a su espalda dejaba mucho más que una revolución moribunda en el Congo. Había hecho planes para combatir durante cinco años, y en seis meses se había terminado todo. Un mes antes, en la ceremonia inaugural del Partido Comunista cubano, Fidel había divulgado su carta de despedida. Ahora, siquiera por amor propio, no podía reaparecer en público. Se había comprometido ante el mundo a prestar servicios en «nuevos campos de batalla». Más aún, la presencia supuestamente clandestina de Cuba en el Congo había salido a la luz en junio, cuando un guerrillero cubano perdió su diario personal en Bendera. Si la CIA no estaba al tanto de la presencia del Che en la zona, seguramente lo sospechaba y había que dar por sentado que lo buscaba.

A finales de noviembre de 1965, el Che era probablemente el revolucionario marxista más conocido del mundo, un hombre cuyo objetivo del «internacionalismo proletario» no conocía fronteras. Pero por el momento no tenía adónde ir: era un apátrida en todo el sentido de la palabra.

Che Guevara
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