V

Ávido de emociones nuevas, Ernesto participó en un intento «improvisado» de escalar el pico nevado del monte Popocatépetl, de cinco mil metros de altura, uno de los dos volcanes que se alzan majestuosos sobre Ciudad de México. Aunque sólo alcanzaron el labio inferior del cráter, pudo «escudriñar en las entrañas de la Pacha Mama [Madre Tierra]».

Mientras tanto, seguía las noticias de la Argentina con gran preocupación. El 16 de junio, la armada argentina aprovechó la discordia creciente entre Perón y la Iglesia católica para lanzar un sangriento asalto al poder; centenares de civiles murieron en su torpe bombardeo de la Casa Rosada. La asonada fracasó, pero Perón quedó debilitado y se generó un clima de tensa incertidumbre mientras el régimen se tambaleaba en el borde del abismo.

Ernesto pidió noticias a su madre porque desconfiaba de los informes publicados en México: «Espero que la cosa no sea tan brava como la pintan y no haya nadie nuestro metido en un lío donde no hay nada que hacer». Conocía los fuertes sentimientos antiperonistas de su familia y temía sobre todo por su hermano Roberto, empleado de la armada. En cuanto a sus novedades, escribió a Celia a qué dedicaba buena parte de su tiempo libre: «te diré que tengo una cantidad de chiquilines de sexto año encandilados con mis aventuras e interesados en aprender algo más sobre las doctrinas de San Carlos [Karl Marx]».

Mientras el caos reinaba en la Argentina, el clima político de La Habana empeoraba rápidamente. Desde su liberación, Castro se afanaba para atraer nuevos miembros a su organización y atacaba incesantemente a Batista a través de la prensa. La noche del 12 de junio, en una reunión secreta en el barrio colonial de La Habana Vieja, se declaró formalmente la fundación del Movimiento 26 de Julio, con un Directorio Nacional de once miembros presidido por Fidel Castro. Volvió la violencia política, librada con mayor encono que nunca por la policía, los estudiantes y los militantes castristas. Un exiliado fue asesinado al regresar al país; una oleada de atentados con bombas estremeció La Habana. Castro acusó al gobierno de provocar la violencia; las autoridades acusaron a Raúl Castro de colocar una de las bombas y ordenaron su captura. Fidel acusó públicamente al régimen de maquinar su muerte y la de su hermano. El 16 de junio, habiéndole prohibido hablar por radio, la policía clausuró el principal medio periodístico que le restaba, el diario en formato tabloide La Calle.

Consciente de que se reducía su margen de acción, Fidel ordenó a su hermano que huyera a México y allanara el camino para su propia llegada. Raúl buscó asilo en la embajada mexicana y después de pasar una semana escondido allí, voló a Ciudad de México el 24 de junio. Fue derecho a la casa de María Antonia, donde lo esperaba, entre otros, Ernesto Guevara.

Todos los relatos coinciden en que la estima resultó mutua e inmediata. Ante todo, compartían una afinidad ideológica. Raúl, cinco años menor que Fidel, era marxista; había militado en la juventud del Partido Comunista en la Universidad de La Habana, dirigido su periódico Saeta y asistido en mayo de 1953 al Festival Mundial de la Juventud (Comunista) en Bucarest, Rumanía. Sin duda, conocía a Ernesto de oídas ya que Ñico López se había alojado con los hermanos Castro al regresar a La Habana.

Poco después de su llegada, Ernesto lo invitó a cenar en el apartamento de Hilda y Lucila. No mencionó el hecho en su diario, pero Hilda, en sus memorias, dice que a Raúl le tomó estima desde el momento en que lo conoció: «A pesar de su juventud, veintitrés o veinticuatro años, y su aspecto aún más juvenil, rubio, lampiño y con aire de estudiante universitario, tenía ideas muy claras en cuanto a cómo se debía hacer la revolución y, más importante aún, con qué fin y para quién».

Raúl habló de su fe en su hermano mayor y de sus propias convicciones. Como Ernesto, pensaba que en Cuba y en el resto de la región no se podía llegar al poder por medio de las elecciones sino mediante la guerra. Con apoyo popular se podía conquistar el poder y transformar la sociedad del capitalismo al socialismo. Según Hilda, «prometió traer a Fidel a nuestra casa apenas éste llegara a México. A partir de entonces venía a nuestra casa por lo menos una vez por semana y Ernesto lo veía casi todos los días».

Un enigma que ha perdurado a través de los años es el de exactamente cuándo se comprometieron los soviéticos con la Revolución Cubana. Si bien «compromiso» parece un término demasiado fuerte, los primeros contactos de los revolucionarios castristas con los funcionarios soviéticos se produjeron en Ciudad de México durante el verano de 1955.

Por extraña casualidad, también se encontraba en México un funcionario de Relaciones Exteriores soviético de veintisiete años llamado Nikolái Leonov, a quien Raúl había conocido dos años antes. Habían entablado amistad durante la travesía de un mes desde Europa, cuando Raúl regresaba del festival europeo de la juventud de mayo de 1953, y se habían visto por última vez al desembarcar éste en La Habana. Semanas después, Raúl participó en el asalto al cuartel Moncada y fue a la cárcel, mientras Leonov continuaba el viaje hasta México para hacerse cargo de un puesto subalterno en la embajada soviética y tomar clases de español en la Universidad Autónoma. En aquel momento, el azar volvía a reunir a Raúl Castro con Nikolái Leonov.

Según Leonov (quien se retiró de la KGB en 1992 como subjefe del Primer Directorio, con jurisdicción sobre Estados Unidos y América Latina), se cruzó con Raúl Castro en la calle mientras hacía unas compras. Encantado de verlo, Raúl le dio la dirección de María Antonia y lo invitó a pasar por ahí. Violando la regla que prohibía los contactos sociales sin conocimiento previo de la embajada, Leonov se dirigió al número 49 de la calle Emparán. Allí conoció a Ernesto Guevara.

«Estaba atendiendo, como médico, a Raúl Castro que estaba enfermo, agripado estaba —dijo Leonov—. La primera impresión, que era un hombre muy alegre, muy bromista; prácticamente todo el tratamiento que le hacía a Raúl era infundirle optimismo, anécdotas, chistes…»

Hechas las presentaciones, Ernesto y Leonov se pusieron a conversar. Según Leonov, Guevara lo acribillaba a preguntas sobre la vida soviética en todos sus aspectos, desde la literatura hasta «el concepto del hombre soviético»: «¿Cómo piensan? ¿Cómo viven?» Leonov propuso que leyera algunas obras soviéticas, y luego respondería a sus preguntas. Ernesto aceptó y le pidió tres libros: el libro de Chanaev sobre la guerra civil soviética, Así se forjó el acero del autor comunista Ostrovski y Un hombre íntegro, acerca de un aviador soviético, héroe de la Segunda Guerra Mundial. Días después, al pasar Ernesto por la embajada soviética, tuvieron una nueva conversación, recordó Leonov, «pero esta vez como amigos». Acordaron permanecer en contacto y Leonov le dio su tarjeta de diplomático. Según Leonov, fue la última vez que se vieron en México.

Che Guevara
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