XVII
¿Qué demonios estás haciendo?
Lo que faltaba. Dean, un enfurecido Dean, o lo que era lo mismo, algo impensable salvo en una situación extrema. El más bonachón, despistado y tímido de sus hermanos, a grito pelado y mirándola con los verdes ojos como platos mientras se interponía entre ella y el también recién llegado superintendente, el cual por su expresión estaba alucinando.
Ni hablar, Mere.
Odiaba que sus hermanos le leyeran la mente.
Debemos hacer algo y vosotros destacaríais como elefantes en una cacharrería. Os estarán esperando, pero no a una mujer. Podré moverme libremente por la casa.
¿Y si llamas la atención de algún caballero?
Me las apañaré.
No, Mere. Si te ocurriera...
Dean, es mi marido. Es John y también están dentro nuestros hermanos. Ponte en mi lugar ¿no lo harías si pudieras?
Maldita sea, Mere...
No, ¡malditos ellos!
Esos grandes ojos castaños se clavaron en los verdes, similares en forma. Se estaba quitando a toda velocidad el pantalón, aterida de frío, mientras entregaba el vestido a su patidifuso hermano para que la ayudara a colocárselo. Presentaba un aspecto frágil, con los faldones de la camisa hasta medio muslo, temblando, y a su hermano se le comprimió el pecho.
Si no salía bien, jamás se lo perdonaría, pero ella tampoco le perdonaría que le impidiera ayudar y el plan que proponía les daba la ventaja de la sorpresa.
Los redondos ojos le suplicaban.
Se acercó hasta rozarla y posó un suave beso en la coronilla, soltándole después la preciosa y tupida melena para pasarle en seguida el vestido por la cabeza. Tras colocar este en su lugar, la volvió y comenzó a abrocharle los botones. Dios, era un inútil con esos artilugios, pero ya estaba decente.
Podéis volveros.
Las miradas de todos los hombres se centraron en la pequeña y arrebolada figura. Tenía algo que atraía tanto. Stevens habló tras recomponerse algo.
Necesitamos que uno acuda a la comisaría central de la policía instintivamente todos se volvieron hacia Norris, quien aspiró resignado. En la comisaría de Bow Street insista para que avisen al superintendente Torchwell. Diga que acude de mi parte. Dudarán, pero al final lo harán. No se arriesgaran a que sea verdad y no hacer nada. Tan pronto aparezca Torchwell dígale que el tercer jinete tiene problemas e indíquele la dirección. Solo eso. Sé que suena extraño pero él lo comprenderá.
Está bien.
Williams intervino.
Daré orden a mi hombre para que lo lleve en el coche y siga sus indicaciones la mirada del anciano se orientó hacía la pequeña figura que seguía acomodándose el vestido y no hizo falta que dijera más. El señor no me perdonaría si le ocurriera algo, señor Norris, ni yo mismo me lo perdonaría. Haré lo necesario para protegerla.
Gracias. Mi hijo, estará ahí dentro.
Esta vez fue Stevens quien respondió con decisión.
Lo sacaremos de allí.
El anciano inclinó la cabeza pronunciando un suave y ronco gracias y tras depositar un dulce beso en el pelo de la pequeña que adoraba como si fuera su hija, se alejó con rapidez junto con Williams. Si no lo hacía así no creía poder distanciarse del lugar donde quedaban gran parte de las personas que amaba y que iban a correr un riesgo que quizá no estaban preparados para afrontar.
Se dirigieron hacia la estrecha calle donde a poca distancia quedaba oculto el carruaje, mientras pedía al creador para que volvieran todos sanos y salvos, aunque fuera magullados, pero vivos.
Apenas tardó en retornar Williams, a la carrera.
¿Cómo entró? la temblorosa voz femenina los sacó a todos del estado en que se hallaban.
Debían organizar la entrada, sabiendo lo que les esperaba y que al menos uno de los suyos había caído en manos de los Saxton.