XV
Era un cabrón y estaba aprovechando para darle una paliza delante de Mere y John porque sabía que ello contendría sus respuestas.
Al día siguiente salían hacia Windsor, él y Robbins, el impresentable que le habían colocado de acompañante para el viaje, y Mere estaría preparada para la vuelta, en el punto concertado.
Los preparativos estaban prácticamente ideados y finiquitados. Solo faltaba que se les uniera algo de suerte, pero mejor no contar con ella y dejarlo todo en manos de una buena organización y coordinación.
Llevaban una hora en casa de Peter, en el piso bajo en el que se encontraba su sala de entrenamiento. La idea se le había ocurrido a Mere, por lo que no pudo protestar y además, qué diablos, al fin iba a lograr sonsacar a su amigo alguna de esas misteriosas llaves que le había enseñado Guang o que había aprendido en su viaje a Oriente.
Formaban parejas. Guang con Mere; a él le había tocado con el ogro y le estaba dejando para el arrastre.
Su padre le había pasado aviso de que acudiera a casa de Peter, que le esperaban para entrenar. La sola idea le había dejado medio alelado. ¡Entrenar! ¿Para qué? Al principio no había caído, por lo que fue a ciegas, sin ropa adecuada y sin mentalizarse.
La sorpresa al llegar fue de las de no olvidar. Estaban Mere y John junto con el pequeño Guang y Peter.
La sala era espaciosa y acogedora, con las paredes cubiertas por paneles de clara madera, al igual que el suelo. Numerosas ventanas altas por las que se filtraba luz solar bordeaban el perímetro de la habitación caldeando el aire que los envolvía. Olía a una mezcla de humanidad y olores aromáticos, difíciles de discernir, pero embriagadores.
En cuanto llegó, Peter lo recorrió de arriba abajo, se rió con esa sonrisilla torcida que daba miedo y le dijo que subiera, que en su habitación tenía ropa adecuada. Lo que definía como ropa adecuada resultó ser una especie de holgada camisa blanca de algodón que le quedaba grande y que imaginó era de Peter; por el olor que desprendía, seguro que era de Peter; y un pantalón tremendamente flojo que se ataba a la cintura con un delgado cordón y que arrastraba algo debido a la diferencia de estatura entre ambos. Dudó si dejarse puesto el calzón pero al final optó por quitárselo para evitar sudarlo, quedando totalmente desnudo bajo la ropa que se había colocado.
La pequeña Mere vestía algo parecido y, si no se equivocaba demasiado, la ropa que llevaba era de Guang, solo que había tenido que arremangarla. Los ojos de su marido estaban desorbitados y por los movimientos incómodos que mostraba mientras estaba sentado, no eran lo único que tenía desorbitado, el hombre.
Claro que no le extrañaba demasiado ya que ella era un regalo para los ojos, con ese pequeño y potente cuerpecito que la ropa masculina recalcaba.
¿Quieres dejar de mirarla así? cuernos, no le había oído aproximarse.
Es que está preciosa.
Y su enorme marido está delante, listillo.
Sí, pero no puede apartar los ojos del trasero de su mujer soltó una risilla.
Su amigo suspiró.
No tienes remedio.
A diferencia de él, Guang y Peter vestían amplios pantalones, semejantes al suyo, oscuros, pero la parte superior estaba cubierta por una especie de suave casaca cruzada, atada a la cintura con un cinturón también del mismo color y tela. Al condenado le sentaban bien los colores oscuros. Iban descalzos.
Habían practicado varios movimientos pero en todos terminaba con el culo en el suelo y Peter mirándole desde arriba con una sonrisa pícara, sin que una sola gota de sudor cubriera su cuerpo. Él estaba muerto en vida, sudando como un pollo y para terminar de arreglar el desaguisado se le estaba cayendo el pantalón y no hacía más que subirlo hasta la zona donde correspondía. En dos ocasiones casi se le había escurrido.
Si se te cae, se te cae. En plena pelea no paras para subirte los pantalones, Rob.
Sí, claro y mostrar a todos mis partes privadas.
Por mí no te preocupes la vocecilla era femenina.
¡Mere! ese era su marido.
¿Qué?, no tiene nada que no haya visto.
Los verdes ojos de John no cabían en su rostro del pasmo.
No lo que él tiene, vaya, sino lo que todos tenéis el rostro de su marido se estaba poniendo púrpura y Guang se estaba tapando la boca con el dorso de la mano no quiero decir que haya visto la pilila de Peter o de Rob o del buen hombre ¿chino? este, el señor Gong ¿verdad? señaló a Guang e hizo una suave reverencia, toda satisfecha tan amable que me está enseñando a matar, digo a luchar, ¡qué horror! me estoy liando.
Sí, cielo, mejor si lo dejamos aquí antes de que me digas que también has visto la pilila de Guang.
John, ¡lo vas a avergonzar!
¿Yo?
Lo que quería decir es que todas son parecidas.
Las carcajadas de los hombres la sobresaltaron e intrigaron.
¿No es así?
Cariño, tú y yo esta noche vamos a tener una larga conversación.
Dios, le encantaba esa mujer y su marido. No se parecían a ningún matrimonio conocido, aunque le recordaban algo a la forma de actuar de Julia y Doyle. Quizá algún día pudiera compartir con alguien todo, de la misma forma en que lo hacían ellos.
Sigamos Peter le hizo un gesto con las manos para que se acercara a él. A ver cómo terminaba ahora, boca arriba, boca abajo, o desmayado. A propósito, ¿quién diablos es el superintendente Stevens?
¿No deberíamos cambiar de pareja? había metido la pata. En cuanto lo dijo, lo supo. Lo notó en la ligera tensión del cuerpo que tenía frente a él y en la forma en que apretó algo los labios, pero no tenía la más mínima intención de hablar de Clive Stevens y menos tras escuchar la mala baba en la preguntilla de marras.
¿Tú crees?
Tenía que arreglar el patinazo antes de que le partiera la cara.
Convendría que Mere se enfrentara a un hombre corpulento para hacerse a la idea de cómo reaccionar.
No te preocupes, amigo, que después cambiamos.
Estaba muerto.
Quiero que me ataques.
¿Cómo dices?
Ya has oído.
Ya, pero repítelo.
Joder, Rob, que me ataques.
¿Cómo?
No sé. No, espera, sóplame a ver si me caigo.
No hace falta ser sarcástico ¿sabes? se posicionó relajado como le había enseñado, intentando no dar pistas ni mirar al lugar que tenía intención de golpear en cualquier momento, en cuanto Peter dejara de rodearle como una pantera, demonios. Al final, no dio sino que recibió un empujón en el hombro que le desplazó dos pasos hacia atrás.
¡Me dijiste que atacara yo!
Pero no mañana, demonios. ¿Acaso en una pelea te lo vas a pensar tanto? Venga renacuajo, no me seas nena.
Odiaba que le llamara eso y el muy cabronazo lo sabía. Lo estaba provocando. De reojo vio que Guang enseñaba alguna técnica a Mere mientras John no les perdía de vista. Parecía dirigir los golpes a la nuez del cuello.
Su cerebro se iluminó. Lanzó el golpe.