XIII
El primero que accedió a la alcoba fue Rob y a los que la ocupaban les hizo un gesto para que se prepararan. Desde la puerta se apreciaba claramente a la persona que ocupaba el lecho.
Ascendiendo los pisos su cerebro había intentado adelantar algo para paliar el golpe, pero tras la escenificación de dos inquietantes secuencias en su desatada mente, desistió decidiendo que nada como la realidad para traspasar las neblinas de una agotada y protectora mente. Aunque el choque fuera brutal.
Se apartó del camino al traspasar el umbral y escuchó la aspiración sofocada de aire que lanzaban según iban accediendo a la cámara. Las reacciones le asombraron, no por su intensidad, sino porque no supo cómo actuar hasta que la anciana que no perdía de vista al hombre tendido en la cama, cayó arrodillada en el suelo. Se inclinó para auxiliarla como fuera, pero parecía que no le veía ni le escuchaba, con su mirada fija, sin apartarla del hombre que al verla caer derrumbada, se esforzó por incorporarse y con un tremendo dolor bajó de la cama para acercarse a la desfallecida mujer a la que había causado de forma involuntaria un dolor insoportable.
Arrastrando los pasos su padre llegó a su altura y se agachó lentamente hasta que ambos quedaron de rodillas, uno frente al otro. Sin tocarse. Mirándose.
Estaban presenciando algo que no debían, al ser intrusos de algo muy íntimo, pero las jóvenes también necesitaban asegurarse de que la persona que creían que habían arrancado de su vida, vivía. Débil y tocado, pero aun vivo.
Como hijo amaba a su padre y como hombre se enorgullecía de él, del amor que provocaba en otros. Tenía un buen corazón y eso se reflejaba en esas mujeres que le adoraban.
Su pecho quedó henchido, y sin hacer ruido se alejó de la pareja unida en el suelo de una habitación oscura en un segundo piso de una mansión, de una pareja que se había perdido y se había reencontrado.
En el pasillo se apercibió de que era el último en dejarles a solas. Observó a sus amigos y la sombra que hasta hace unos minutos circulaba entre ellos se había borrado de un plumazo, con una imagen grabada en la retina.
Las protegidas de padre estaban abrazadas, hablando. No, parloteando excitadas y emocionadas. Tenía gracia, pero no lloraban. Eran fuertes y todavía no habían alcanzado la fase de apreciación del engaño y del consecuente enfado. Rob valoró la tranquilidad de John ya que le tocaba bregar con el torbellino de su mujer, y por nada del mundo le agradaría estar en su pellejo, no señor.
Doyle no perdía de vista a Julia Brears y, en cierto modo, Rob entendió su fascinación con esa mujer. Era hermosa en un sentido singular. Rebosaba ansia de vivir.
La pequeña y vivaracha mujer que reía envuelta en los brazos de esta última se lanzó a los brazos de su marido como una exhalación.
Está vivo, mi amor, ¡está vivo! los pequeños brazos enlazaban la cintura de John y le apretaban. ¿Cómo es posible? Ayer mismo celebramos el funeral y asistimos todos, pero él ha tenido que estar todo el tiempo...
Una fracción de tiempo bastó para que comenzara a hilar ideas, y por el ceño cada vez más fruncido, resultaba evidente que la conclusión que estaba alcanzando se escapaba a lo imaginado. La palidez en el rostro de su marido se iba acentuando al tiempo que las manitas que rodeaban su cintura se iban soltando.
La comprensión se había completado y por la inteligencia que se vislumbraba en la mirada que alzó hasta trabarse con la de su marido, ningún detalle se había quedado en el camino.
Tan solo dime, dime que hoy mismo has descubierto que había sobrevivido, que no me lo has ocultado a sabiendas de cómo me sentía... la mirada no se desvió en ningún momento de él y su marido tampoco la apartaba.
Lo supe anteayer.
Por segunda vez Rob se sintió como el pervertido testigo de una escena que no era para sus ojos. Por ello decidió retirarse tras indicar a los demás que hicieran lo propio.