XI
Dios, le retumbaba la cabeza como si tuviera un tambor gigantesco instalado en ella en pleno estruendoso concierto.
Si no se agarraba la cabeza, se le iba a caer rodando, o al menos así se lo parecía.
Fue a sujetársela con ambas manos pero... ¡no las podía mover! ¿Por qué demonios no las podía mover?
Abrió con suma cautela uno de sus verdes ojos y recorrió el lugar. Una dantesca habitación fue la primera imagen que golpeó el fondo de su pupila. Pintada de negro, al completo, paredes y techo, con espejos que reflejaban más oscuridad. Candelabros de seis brazos apagados repartidos por doquier, sin muebles, salvo una mesa baja sobre la cual había algo tapado con una tela también oscura y un amplio lecho que pese a su tamaño apenas cubría una cuarta parte del espacio. Solo se perfilaban las siluetas gracias a la luz nocturna que se filtraba por la ventana y al reflejo de las llamas de la hermosa chimenea que templaba el amplio cuarto.
Era una noche de luna llena. No tenía manera de confirmarlo pero no creía estar en la habitación de los Saxton. No era lo suficientemente amplia. Amordazado y atado de pies y manos, prietas sogas cortaban su circulación. No se paró a esperar a que llegara la persona que lo había noqueado. Si le habían descubierto es que estaban al tanto de la vigilancia y quizá también planeaban ir tras sus mujeres. Maldita sea, antes de permitir que esos enfermos pusieran sus manos sobre su torbellino se los llevaría consigo al infierno.
Lo primero era sopesar su situación. Amarrado a una condenada silla por las extremidades y si no erraba demasiado, con un chichón como un huevo de avestruz de grande en su dura cabeza. Desde luego el mareo y el dolor iban en consonancia con el golpe y con las nauseas que le venían a oleadas.
No se oían ruidos, por lo que intentó balancear la silla que ocupaba, pero estaba clavada al piso.
Plan A, al carajo.