XIII

No iba a negar que estaba entre preocupada, enfadada y lanzada. Nadie iba a tocar a su grandullón y si le habían hecho daño...

Selena ya estaba acomodada en una de las habitaciones con la vigilante y amorosa Rosie apostada junto a ella, con sus instintos de sobreprotección al máximo tras escuchar de sus labios lo sufrido por esa mujer. Y Mere había batido todos los records en vestirse con los ropajes de hombre que todavía guardaba en el fondo del baúl.

La abuela apenas había podido creer la imagen que daban al cruzar la puerta de la mansión, con dos invitados añadidos a última hora. Uno de ellos con carácter permanente y en calidad de refugiado. Un caos.

Le esperaban abajo y del temblor en las manos apenas podía abotonarse la endiablada camisa. Vestida y calada la gorra en la cabeza se dirigió veloz hacia la escalinata, pero rectificó en lo alto de esta y volvió al cuarto.

¡Dios! ¿Dónde demonios la había metido? No iba a ir desarmada, no con la vida de todos en peligro y menos sabiendo a lo que se enfrentaba.

¡En la mesilla! Del tirón casi sacó el cajón de sus raíles y le hubiera dado igual en estos momentos, simplemente debía encontrar la pequeña daga para ocultarla de nuevo entre sus pechos. Tras rebuscar al fondo del cajoncito la encontró y sintió un suave alivio recorrer su columna vertebral.

Una maldita premonición le dijo que tarde o temprano, esa noche tendría que emplear el pequeño y mortífero puñal; y otra ocurrencia le hizo empacar rápidamente en un hatillo uno de sus vestidos. El más llamativo de todos. Quizá tendría que hacerse pasar por puta.

Y no vacilaría, ni en usar la daga ni en disfrazarse y actuar como una prostituta.

Descendió a la carrera los escalones e hizo caso omiso a los ojos espantados del superintendente Stevens. Cruzó entre las torres que esperaban en silencio, mientras amenazaba con dar un tarisco a aquel que osara detenerla y como un pelotón, se movieron en la misma dirección dejando atrás a Jules, situada junto a la abuela, con las retorcidas manos entrelazadas. Williams les esperaba con el coche junto con otro hombre de la confianza de John, preparados para partir. En cuanto ascendieron, arrancó veloz acomodándose en el oscuro interior los pasajeros. Mere sentada, tremendamente inquieta, junto a Norris y Doyle al lado de Stevens.

La angustia comenzaba a carcomerle las entrañas. El trayecto se le hizo eterno pese a que las calles estaban completamente despejadas a esas horas de la noche y el instinto, o quizá la necesidad de cobijo, la llevó a enlazar su brazo con el de Norris quien agarró su mano dándole suaves palmadas que lograron reconfortarla un poco.

Tenía miedo. No por ella sino por John y sus alocados hermanos. Si algo le pasara a cualquiera de ellos no lo superaría; o a los dos hombres maravillosos que sin una mínima duda se habían lanzado de cabeza a parar lo que nadie antes se había planteado impedir.

El coche paró a dos manzanas de la siniestra calleja donde se situaba el burdel y Williams indicó a su acompañante el lugar conveniente donde dejar el carruaje. Este de inmediato procedió a cumplir el mandato. Doyle habló sin dudar.

Nos adelantaremos Stevens y yo. Williams, permanezca con Mere y Norris y no los pierda de vista hasta que uno de nosotros vuelva. Intentaremos retornar cuanto antes, pero no se muevan hasta que se lo digamos y si tiene que retener a cierta personilla impaciente lo hace ¡la miraba a ella! seguro que su señor le ordenaría exactamente lo mismo.

Sin duda, señor.

Increíble.

No le dieron tiempo a contestar como le hubiera gustado ya que para cuando abrió la boca, ambos se alejaban a la carrera. Solo pudo lanzar una torva mirada al hombre que le observaba desde su altura con el ceño fruncido. ¡La miraba como si fuera una peligrosa fugitiva! Soltó el hatillo que aferraba con el vestido en su interior, que cayó en el suelo a sus pies.

No soy una insensata.

Por supuesto, señora.

¡No lo soy!

Sí, señora.

Soy una mujer templada y sosegada en una situación algo, inusual.

Por supuesto, señora.

Solo quiero asegurarme de que mi gruñón está sano y salvo.

Sí, señora.

Y mis hermanos, y los demás, claro.

Ajá, señora.

Vale, puede que esté algo enfadada, pero me autocontrolo.

En esta ocasión solo asintió. ¿Se habría cansado de parecerse a una cotorra?

¿No podríamos acercarnos un poquito para ver que tal va la cosa?

No, señora.

Ya estábamos otra vez con la tararira.

¿Ni un par de insignificantes pasitos?

Los inmensos brazos cruzados de Williams se tensaron, por lo que tiró hacía su segunda opción.

¿Norris?

A mi no me mires. Ya oíste a Doyle y tiene razón. Si algo te ocurriera tendríamos que rendir cuentas a John y antes que eso prefiero que te enfurruñes tú.

Qué rabia, demonios.

Entrecerró los ojos para mirar fijamente a ambos hombres intentando meterles el miedo en el cuerpo, con resultado nulo, por lo que optó por no perder más tiempo, afinar el oído por si escuchaba algún lejano alboroto y agrandar los ojos como las lechuzas para intentar ver en la oscura lejanía, pero para su desgracia veía como un topo y estaba como una tapia.

Dios, odiaba esperar.

Amor entre acertijos
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